Blog Taller de Literatura ACE

23 Marzo 2009

PALABRAS DE ORÁCULO, de Víctor Valero

Archivado en: Relato — Etiquetas: — ACE @ 17:24

A mí nadie me va a parar. No hay tiempo que perder, mis proyectos representan siempre algo grande y su consecución apremia. Sé luchar contra las adversidades, y muy tenazmente. Ahora mismo me toca enfrentarme a una de ellas concretada en una tenue voz como procedente del lugar donde se halla el infierno. Es una voz masculina, difusa, apenas inteligible pero suficientemente sonora como para perturbarme ligeramente. No, no me resulta demasiado turbadora, porque mi resistencia es más potente que este estímulo indeseable. Yo puedo con ella. No doblegaré ante una simple voz que me viene desde abajo. Al fin y al cabo, sólo se trata de la radio de mi vecina, que parece ser que no me tiene en consideración, pues ya son dos las ocasiones en que he tenido que llamarle la atención y, si bien ha sido instantáneamente obediente en tales casos, al poco vuelve a reincidir en la misma falta.

Pero yo lucho, tengo que continuar con mi tarea de escritor, estoy obligado a dar forma a lo que está por venir, anticiparme al futuro leyendo esas señales que me llegan como desde arriba. Esta vez, provienen del cielo, pero no son voces, no soy ningún esquizofrénico, ni ningún esquizoafectivo, ni me atenaza trastorno delirante alguno; no sufro, en definitiva, de alucinaciones auditivas… ¡Ni visuales, por dios! ¡Ya basta! yo no padezco ningún trastorno, ni psicótico ni de ninguna otra clase. No sé por qué diablos tengo que insistir tanto en este punto. Yo, simplemente, soy Escritor, y como tal mi deber es ejercer de visionario, y puedo hacerlo, por supuesto que puedo hacerlo, porque para tales desafíos estoy yo perfectamente dotado. Es, como lo llamarían algunos, mi destino. Mi tarea trascendental, matizaría yo.

Soy capaz de intuir en lontananza una forma imprecisa, una vaguedad de contornos ocultos que deberán ser remarcados -que no trazados- por mi pluma, traducidos a lenguaje para que puedan ser conocidos por todo aquel que tenga la fortuna de recalar en mis libros. Oculto. ¡Qué vocablo tan sugerente!, como esotérico, como obscuro, y yo ahí, enfrentado a lo insondable, ante la inmensa y ardua tarea de iluminar con mí don toda esa obscuridad, tan capacitado como estoy para detectar indicios escurridizos, qué digo, casi intangibles, y arrojar como si nada, con esa elegancia tan connatural a mi persona, estas interpretaciones unívocas, límpidas, definitivas, incontestables que solamente alguien de mi altura está llamado a ofrecer… y son pocos los que conozco, diría que ninguno más a parte de mí, honestamente hablando.

Yo soy Escritor, y como tal veo cosas que los demás no ven. No me refiero a cosas físicas como entidades y objetos que no existen en el mundo real, yo no soy ningún esquizofrénico, ningún trastornado, ningún enfermo mental. Hablo de realidades inmateriales. Cuestiones extremadamente sutiles son las que yo me propongo desentrañar, y lo consigo, de eso no cabe la menor duda. Proyecto la sensibilidad de mi mirada allí de donde proceden las señales y comienzo a trazar… No, a remarcar, porque yo no pongo nada de mi parte en la generación de esa realidad, ésta es la que es, y mi tarea se reduce a hacerla visible, a delinearla con la máxima fidelidad, a captarla con mi pluma tal como ella es en sí misma.
Es frágil, huidiza y notablemente tímida, yo siempre me aproximo a ella con gran mimo, no resulta fácil hacerla una primera caricia; cuando siente la ternura de mi tacto reconoce a este respetuoso escritor que soy y entonces sabe que no va a ser engañada, al contrario que hacen otros. Por eso ella no se deja acariciar tan fácilmente: porque la falsifican. Sí, ella conoce -y padece no saben cómo- la inclinación de la gente por falsearla, por serle infiel, por decir cosas de ella que no son ciertas, y lo lamenta en lo más profundo de su Ser. Su Ser, su En Sí Mismo, qué cosa tan pura, y cómo me mira cuando lo hace de frente… Me tiene completamente seducido, y por eso no puedo dejar de serle fiel, hablar de ella tal como a ella le gusta, no porque me deshaga en halagarla, muy al contrario: decir con obsesiva exactitud lo que ella es, describirla, eso es sencillamente lo que hago. Ella no escatima en dedicarme toda suerte de gestos y señales, de darme las indicaciones más precisas para que me aproxime cada vez más a su retrato perfecto. En infinitas formas le gusta a ella encarnarse, pero no materialmente, cuidado, sino hacerlo en un sentido espiritual, concretarse en conceptos y teorías que algún día serán conocidos por todos… pero solamente un privilegiado como yo podrá anticipadamente deleitarse con ese espíritu concretado que ha salido a pasearse, para mi regocijo, entre los circuitos neuronales con que lo pienso.

Es por eso que puedo asegurar que nadie se equivoca al llamarme oráculo, con lo que quieren decir que soy un gran escritor. Yo nunca sé, al principio, a qué clase de ser informe me estoy enfrentando, lo sé sólo después de un tiempo, cuando ya deja de manifestarse como esa entidad sombría y sin contornos que era para perfilarse, con la impagable destreza de mi pluma, en una de esas infinitas formas concretas que toma esta realidad que yo tanto amo. Pasión por conocerla y retratarla, eso es lo que me moviliza. Con verdadera entrega me doy a la escritura de su ser, esculpiendo a cada línea, con cada fragmento de texto, escrupulosamente todos y cada uno de sus rasgos. Ella se dejará ver algún día para el que la quiera mirar, y para el que no lo quiera, también. Esa realidad concreta se impondrá para todos cuando llegue su momento. Sin embargo, al ser mi tarea adelantarme a los acontecimientos, yo podré conocerla antes que nadie, y aquel que por feliz coincidencia abra a tiempo el libro donde haya yo atrapado con palabras mis visiones podrá asimismo asombrarse de lo que está por venir y salir beneficiado en igual medida que yo, por el simple hecho de tener conocimiento por anticipado del mismísimo futuro.

Porque si lo que viene es un horror, si amenaza con ser insoportable lo que viene, jugaremos con ventaja al poder programar nuestra huída antes que ninguno.

LA MÍSTICA DEL ARTE, de José Javier Chavero

Archivado en: Relato — Etiquetas: — ACE @ 17:05

A mi el arte me pone, y no lo digo en un sentido metafórico o intelectual. Desde pequeña sentí una atracción singular hacia las historias plasmadas sobre el lienzo o la roca. Las veladas ojeando las láminas de la Enciclopedia de Historia del Arte Salvat eran muy especiales, sentada en el regazo de mi padre, en el cobijo de su calor y de su olor, le escuchaba comentar las imágenes con voz grave y tranquila, respondiendo sonriente a cada una de las escenas que mi caprichoso dedo índice señalaba. Los cuadros religiosos, a pesar de sus recatadas túnicas, lograban transmitirme una tensión interior, un deseo de los protagonistas por alcanzar lo inalcanzable, por ir más allá de ellos mismos. Los mitológicos por el contrario, voluptuosos en sus formas, mostraban dioses muy humanos, de carnes temblorosas y pasiones airadas a punto de consumarse.

Ese pasatiempo infantil se convirtió en algo más profundo cuando el viaje de fin de curso eligió Roma como destino. Si bien tuve que separarme del tumultuoso devaneo hormonal de mis compañeros para poder disfrutar de la ciudad, la soledad me proporcionó la ocasión de respirar historia por los cuatro costados, de disfrutar de un banquete para los ojos. Sin saber dónde mirar primero, ni que lugar elegir para quedarme un poco más, mariposeaba azarosa por entre cuadros y estatuas, claustros y ruinas, parques y calles bulliciosas que ignoraban la modestia de un arco románico situado pocos metros más arriba. En esa excitación feliz me encontraba cuando empezó a llover, una de esas típicas tormentas de junio que mezclan calor y humedad a partes iguales, haciéndote exudar vapor de agua. El refugio más cercano era la iglesia de San Pietro in Vincoli. Allí, alojada en un ala poco visible, se podían contemplar los restos del megalómano sueño del Papa Julio II, un sepulcro de enormes dimensiones pensado para presidir San Pedro y que termino arrinconado e inacabado, presidiendo el lateral de una iglesia de segunda categoría. Lo más curioso es que la iglesia era conocida no por ser depositaría de los restos del pontífice sino por albergar una de las obras maestras del arte del renacimiento.

El Moisés de Miguel Ángel se me fue apareciendo de perfil, mostrando unos músculos en tensión que parecían sancionar con testosterona las admoniciones apocalípticas del cura en la misa. Me aproximé con precaución, rodeándolo; cuando por fin pude ver su terrible mirada no pude evitar dar un paso hacia atrás. Empapada y sofocada por esa lluvia veraniega me senté para contemplarlo mejor, coloqué el bolso a mi lado y sujeté mi pequeño paraguas entre las piernas para así apoyar la barbilla. Su mirada variaba de la comprensión a la ira según inclinase mis caderas hacia delante o hacia atrás. Volví a repetir el movimiento varias veces y el paraguas hacía de tope de mi balanceo; luego sentí una sensación extraña que recorrió con un escalofrío todo mi cuerpo y me acerqué lentamente hasta las pupilas horadadas del profeta, haciendo que mi pelvis arquease el paraguas hasta casi romperlo; luego el movimiento se fue haciendo progresiva y uniformemente acelerado, casi convulsivo; entonces eché la cabeza hacia atrás y la linterna de la cúpula lanzó un rayo de sol cálido, tamizado por las pinturas de la bóveda donde se representaba el ascenso de la virgen a los cielos, entonces el cura dijo Amen, yo exhale un gritito que salía desde el fondo de mi alma y me desmayé.

Aparte de un pequeño revuelo y una visita al hospital, tres puntos en la cabeza serían desde entonces los testigos mudos de mi primera experiencia mística. Así que me volví profundamente devota, y no había día ni fiesta de guardar que no acudiese a una iglesia (siempre con mi paraguas, incluso en verano) a admirar la dorada profusión barroca y el minimalismo repetido de unos fórmulas sagradas elevadas al universo. He de confesar que a veces, asistí hasta a tres y cuatro misas en un solo día, lo cual me hacía terminar exhausta, así que decidí autorregularme y no seguir la misa, más que una vez al día.

Sin embargo, el austero formato de la religión católica, su estricto control social y la tradición inmovilista de sus ritos me constreñía, y me hizo decantarme por las iglesias evangélicas, donde nadie tiene complejos en cantar y agitar sus cuerpos al ritmo de la música.

Las voces de los fieles evangélicos reverberaban en la iglesia como un eco místico, y cuando alzaba las manos podía, con las yemas de los dedos, captar la vibración y hacerla descender por todo mi cuerpo. No puedo negar que fueron los años más felices de mi vida, incluso terminaron por acolchar mi asiento en la iglesia, debido a que mis continuas y aparatosas caídas solían interrumpir el servicio para acabar en urgencias. Finalmente, y a pesar de mi aureola de santidad, las recriminaciones más o menos veladas del cura y de otros fieles, acabaron por persuadirme para abandonar la iglesia; aunque de fondo se encontraba un profundo desacuerdo sobre lo divino. Es verdad que la vida es un valle de lágrimas, porque yo misma he llorado más de una vez durante mis éxtasis, pero no lograba entender por qué la gente no sentía lo mismo que yo, y adornaba de gravedad y contrición el episodio feliz del encuentro con el creador. Así que no encontrando comprensión ni amparo en ninguna iglesia, me dediqué a visitar todos los eventos religiosos que pude encontrar.

Un día de Semana Santa, en un pequeño pueblo de Cádiz un cristo crucificado fue la última imagen que vi. Se movía hacia mi con paso firme, al ritmo de unos tambores estruendosos y de unas cornetas estridentes que lograban apartar cualquier pensamiento que no fuese su mirada de vidrio, intemporal y sufriente de pasión. Ni siquiera mi fiel paraguas pudo ayudarme y caí golpeándome la cabeza contra un bolardo. El suelo acolchado con flores se empapó rápidamente en un rojo intenso, poniendo alfombra roja al misterio, mi cuerpo yaciente en cruz era un espejo femenino del señor, mi último suspiro sonó a Saeta Tal vez por todo eso y por mis pasados éxtasis ya no soy carne, ahora yo misma soy arte, soy una fría estatua con nombre de Santa.

CRÓNICAS DE FRONTERA, de José Javier Chavero

Archivado en: Relato — Etiquetas: — ACE @ 16:57

El ruido del bajante ponía música de fondo a una asamblea de vecinos cabreados. El local social, estaba iluminado por un par de bombillas que brillaban con una intensidad escasa y dañina, alargando y desdibujando sombras airadas, ocultando identidades. Los cigarrillos, fumados con la profusión de una final de la Champions, y el polvillo proveniente del cemento del suelo, concedían un cierto aspecto bohemio y alimentaba los enfisemas.
“¡Esto no puede seguir así, si lo permitimos irá a peor, tenemos que hacer algo!”, dijo rotundo con un torrente de voz que recordaba su pasado sindicalista el presidente de la Comunidad de propietarios, haciendo reinar sobre la sala un silencio molesto que puso sobre la mesa la pregunta más vieja del mundo de los roedores.
De nuevo, el ruido del bajante nos devolvió a la realidad de la existencia ineludible del vecino del primero y los murmullos asaltaron las complicidades cercanas y denunciaron primero comedidos y luego desmedidos, las responsabilidades de terceros. Y mientras salían de la asamblea el hueco de la escalera hizo de altavoz de un deseo que nadie tenía el valor de materializar.
Las vueltas de llave marcaron el final del día y el comienzo oscuro de una costumbre reciente, de un trasiego incesante, de una música estridente repleta de risas felinas que podíamos olfatear, inmóviles, tras nuestras puertas acorazadas. El día amaneció sin traer una nueva esperanza, sólo los restos de una fiesta a la que habíamos asistido involuntariamente como invitados de piedra.
El barrio se despertaba perezoso y por no querer quitarse el sueño se negaba a abandonar el pijama hasta bien entrada la tarde, mostrando en las calles, en su diario desfile de “moda-cama” su gusto por el color y su rebelión ante cualquier norma preestablecida más allá de las fronteras del barrio. Confundidos entre las batas y las pantuflas, algunos individuos caminaban solitarios, encorvados bajo un peso invisible; como zombies despertados a destiempo, exhibían miradas oscuras que mostraban su deseo de volver a la noche y al sueño. Mientras tanto, ante la indiferencia general, un coche se conducía invisible, con manos de juguete asiendo el volante. En la misma acera y al grito de “Jenni, ven aquí pa ca” una señora de vientre prominente, sacaba a su hija de la escuela devorando algo más que el nombre, proponiendo una “performance” cotidiana de regaños y aspavientos, en una escala de decibelios más altos que los permitidos por cualquier autoridad municipal.
Cuando por la tarde volví a mi casa, un grito agudo atravesó las paredes del edificio, incrustándose en la piel erizada de quienes lo escuchamos. Salí a la puerta en un gesto que cada vez era más temerario. Los escasos vecinos que coincidimos en nuestra curiosidad nos miramos desde la puerta entreabierta, mostrándonos cautos, intentando ver en las reacciones del resto una señal para actuar.
Cabizbajo volví a meterme en casa, y subí el volumen del televisor para crear mi propio mundo privado, con mis propias reglas; un universo de plasma y conexiones sin hilos de 50 metros cuadrados y dos habitaciones en los confines de una ciudad cada día más lejana. Y visualmente me empapé de las implicaciones políticas de los diversos estatutos, comprendiendo que eran instrumentos maquiavélicos que lograban romper la convivencia, y me conciencié de los sacrificios que debíamos hacer, todos, para mantener la buena marcha de la economía, y cómo el desafío de la productividad era la asignatura pendiente e ineludible de todos y cada uno de nosotros; y me escandalicé cuando Israel bombardeó en represalia de alguna represalia algún lugar en Palestina, y tuve que poner la radio toda la noche para evitar escuchar una lágrima que perforaba mi pared.El amanecer aportó un silencio que tenía algo de trágico y buscando el sonido de lo cotidiano me lancé a una calle todavía habitada por espectros de miradas desafiantes que aconsejaban la distancia (la suficiente para señalar que no tienes miedo y la necesaria para no provocar un enfrentamiento). En la parada del autobús me encontré con un vecino; trabajador prejubilado de Astilleros, Ramiro era el chapucero oficial de la comunidad, tras los saludos y una mirada en todas direcciones empezamos a comentar lo que pasaba en el bloque.
Nuestro edificio se va pareciendo cada vez más a una casa encantada, sólo se escuchan aullidos, dijo con mordacidad socarrona, pero para mí esto se va a acabar, yo cuando pueda me largo. No jodas que tú también te vas a ir, le respondí. Pues tú ya tardas, esto sólo puede ir a peor y ya viste en la asamblea, nos puede más el acojone.
El resto de mi monologo voluntarista fue una perorata en torno a la necesidad de permanecer unidos, que aún creyéndomelo, sonaba a discurso manido, a esfuerzo vano y sin recompensa. Mi vecino aguantó con una educación estoica, pero inmune a cualquier teoría sin resultados prácticos a que acabase mi disertación, y sentenció: “Yo no lo veo así. Creo que tenemos que aceptar que hemos perdido”.
Los meses seguían pasando confirmando una tónica general que nos aislaba cada vez más, incluso de nosotros mismos. Habíamos convertido la entrada y salida de nuestro hogar en un jugar al escondite que evitaba el innumerable elenco de máscaras que se cruzaban en los pasillos y que, con las manos siempre en los bolsillos, mezclaban en la mirada: desafío, miedo y desesperación a partes iguales. Sus rostros cambiantes se hicieron fugazmente conocidos.
En la asamblea general de propietarios del 2º semestre Ramiro ya no estaba. El local social seguía la deriva de nuestras propias vidas haciéndose cada vez más hueco, combinando a partes iguales el silencio de un salón cada vez más vacío con la chocante presencia del verborreico abogado del vecino del primero, el cual lograba dar al salón el aspecto de discoteca tercermundista gracias a los reflejos de su traje azul cobalto de seda. Esta vez el consentimiento, más que el asentimiento o el convencimiento fue unánime y finalmente el ascensor no se arreglaría.
Primero mis padres, luego mis estudios en la universidad, después mi mujer y mi hija, más tarde el trabajo y ahora mis vecinos. Abandono, esa era mi constante. Durante toda mi vida me había visto obligado a un periplo transhumante, donde el lugar era una variable menor, donde cualquier interés, por muy ajeno que fuese, tenía mayor fuerza que mi propio deseo. Era una realidad que también se podía aplicar a un barrio donde la policía era un solitario coche mañanero, la justicia una amenaza más o menos velada y las instituciones un reducido grupo de personas con vocación y sin recursos. La sensación común era que el resto de la ciudad nos mostraba despectivos un cartel de “reservado el derecho de admisión”.
Un día me encontré la puerta de mi vecino reventada, pasado un tiempo la puerta simplemente desapareció, el piso quedó emparedado, oculto tras el ladrillo, comunicándose ahora con otros pisos en un laberinto improvisado. Uno a uno, poco a poco, el resto de los vecinos se fueron marchando y el cartel que anunciaba su venta pronto desaparecía como la propia puerta, que pasaba a alimentar la hoguera que de noche ardía frente al portal. En su lugar quedaba un prolongado pasillo donde ya nadie se asomaba. El bloque se convirtió en una fortaleza con una puerta de entrada y otra de salida, “habilitada” entre los pilares del antiguo salón del bajo D.
Un día me encontré mi puerta abierta. Me habían robado, tan sólo quedaba el cerco de polvo dejado por mis aparatos electrónicos, una auténtica huella dactilar prueba de su origen y mi propiedad. Llamé a la policía, la cual tomó unas notas rápidas y extraoficialmente me aconsejó que me fuera, confirmando que existen leyes no escritas y jueces sin toga.
Las miradas de mis “nuevos vecinos” se hicieron más explicitas y me invitaban, sin tapujos, a buscar pastos más verdes en otros lugares donde hubiese menos lobos. Mi reacción, contrariamente a lo que pensaba, fue la de rememorar las películas del oeste, donde los inmigrantes reclamaban su derecho a la tierra y a la propia existencia con una Biblia en una mano y un rifle en la otra. No sé porqué extraño mecanismo mental me imbuí de esa mentalidad de frontera, lo cierto es que comencé a hacer de mi casa un pequeño bunker, con la íntima conciencia de que las guerras las ganan quienes tienen más decisión, más coherencia y más desesperación o tal vez, por el simple reconocimiento de que sin trabajo, ni familia no tenía donde ir.
Durante semanas mi casa se transformó en un almacén lleno de garrafas de agua, comida en lata, linternas, velas, gas, etc. Incluso compré una navajita suiza, que por su versatilidad se hizo mi amiga inseparable. Puse una puerta de metal y en las ventanas las rejas distorsionaban la mirada, haciéndome dudar más de una vez sobre mi decisión de ser un prisionero en vida. También renové mi licencia de caza y mi escopeta dormía conmigo.
El asedio comenzó con una guerra psicológica donde de día y de noche escuchaba las idas y venidas de un bloque que nunca dormía y donde sólo algunos disparos ocasionales concedían unas horas de silencio. Aferrado a mi escopeta, escuchaba tenso como golpeaban las paredes, el techo, la puerta, incluso el suelo de mi casa sin motivo aparente. El último éxito hip hop de un equipo estereo bass boot con sensorun a toda hostia me despertaba sobresaltado de mis duermevelas escasos. Maldiciéndoles a gritos reafirmaba mi decisión con la misma fuerza con que apretaba mi escopeta. Aguanté durante semanas y el telediario me contaba la vida que no había vivido, que un día más había pasado. Después me cortaron el agua y la luz, y las noches de ruido se convirtieron en mi día y los días se sucedieron sin fiestas, en una monotonía que acaba por desear que los golpes, los gritos o la música me devolvieran a la vida. Su paciencia y la mía exigían un movimiento o un desenlace.
Un día, los golpes en la pared empezaron a llegar de todas partes a la vez, y acorralado como un jabalí, me acurruqué en un rincón sin saber a que ruido amenazar primero, entonces la puerta me empezó a hablar y a moverse como un corazón palpitante, latiendo cada vez más deprisa y más violentamente, como si estuviese a punto de estallar. Y mi escopeta y yo teníamos miedo, y los dos nos decidimos a embestir y a gritar al unísono. Luego se hizo el silencio, no hubo gemidos, ni golpes, sólo pasos fugitivos. Volví a respirar y sentí mi pecho reclamando más aire, disfruté del olor acre de la pólvora que impregnaba la habitación, y por primera vez en mucho tiempo sonreí. Pasaron los días y aunque los golpes continuaban eran más esporádicos y sonaban menos convincentes, mi sonrisa planeaba sobre la casa y de cuando en cuando abría mi escopeta y volvía a saborear el perfume de ese momento de victoria.
Una noche pasaron una nota por debajo de la puerta, en ella me ofrecían 30.000 € si me marchaba; yo me reí, porque al precio que estaban los pisos era una ridiculez, y me sentí de pronto mareado y aunque estaba amaneciendo la oscuridad se instaló en mis ojos abiertos. Las velas encendidas tenían el mismo efecto sobre mí que sobre las polillas, marcándome un rumbo vacilante. Con pasos de gigante, me dirigí hacia la puerta mientras la música de los vecinos se transformaba en carta de ajuste en los altavoces distorsionados de mi cerebro. Intenté gritar mi rabia pero la R se quedó enredada en el paladar mientras la lengua descansaba impertérrita ante mi esfuerzo. El mar de mi estómago anunció tormenta, y truenos con tropezones salieron de mi boca; después caí al suelo y me arrastré dejando un reguero de babas y comida medio digerida, mientras que con la mano alargada intentaba agarrar el pomo de la salvación, luego me dormí como jamás había dormido.
Me desperté en medio de un campo, con un brazo roto y sin nada en los bolsillos, me habían robado las tarjetas de crédito agotando mi escasa cuenta bancaria. La policía dijo que no existía el número, ni el piso donde yo decía vivir. Tal vez fuera por mis ropas, o por las ojeras de mi largo e insomne encierro o por mi falta de documentos o por mis análisis de sangre que mostraban el rastro de drogas, el caso es que nadie creía mi historia.
¿Qué se puede hacer sin nada ni nadie? ¿Quién puede empezar desde cero a los cincuenta? Me convertí en otra criatura de la noche. Aullando, vagabundeaba en busca de carroña al ritmo de mis necesidades. Me enganché a todo tipo de drogas que adormecieran mi rabia y mi impotencia. Mi fiel amiga suiza, mi colmillo de acero, me procuraba el sustento diario en el cruce de su reflejo con miradas espantadas. Mientras tanto mi cuerpo adelgazaba y a mi mirada se incorporaba la desesperación por seguir dormido. Los lugares volvieron a no ser importantes.
Un día me desperté en un lugar muy familiar, era mi antigua casa; despintada, vomitada, consumida su esencia. Algunos restos de mis recuerdos yacían dispersos, rotos, sangrantes. El pasillo anunciaba el final del túnel y las habitaciones eran pequeñas estancias temporales hacia el final. Ahora el edificio no tenía puertas y las habitaciones se comunicaban unas con otras convergiendo hacia el centro neurálgico de la primera planta. Incluso las escaleras se habían integrado en esa increíble y única mansión de 7 pisos; una fortaleza de puertas vigiladas e historias enladrilladas, un lugar relajado donde yo podía volver a disfrutar de un espacio que era mío. Decidido a hacer de ese usufructo pasajero una propiedad permanente, busque al “vecino”. Por primera vez le vi, al menos de forma consciente. Vestido con un chándal de marca y bebiendo una bebida isotónica, estaba cargado de cadenas y su pelo recordaba los felpudos de bienvenida. Su “sofa trono”, se hallaba rodeado de un número increíble y variado de aparatos electrónicos; en las habitaciones contiguas, entre colchones hastiados, yacían desperdicios balbuceantes. Le vendí una cadenita de oro y después me uní al resto de lotófagos. Después de inhalar la promesa de la felicidad empecé a pensar como iba a cerrar mi círculo de fuego y mientras lo hacía noté como la idea rebotaba incansable en mi cabeza. Aprovechando la salida temporal de los cortesanos vencí la resistencia de mis miembros a obedecer. Tambaleándome me acerqué al gurú del sueño y le atravesé el cuello con mi navajita suiza. Mientras agonizaba incrédulo yo le contemplaba con una sonrisa ida y triunfante. Trastabillando, lleno de sangre, me dirigí a mi casa; detrás se oían gritos. Entre en mi casa reconquistada, me tumbé en mi cama y mientras los sicarios del “ex vecino” me acribillaban, yo sentía el aguijón de sus balas riendo sin dolor, disfrutando del acre perfume de la victoria.

Entradas más antiguas »

Gestionado con WordPress