El ruido del bajante ponía música de fondo a una asamblea de vecinos cabreados. El local social, estaba iluminado por un par de bombillas que brillaban con una intensidad escasa y dañina, alargando y desdibujando sombras airadas, ocultando identidades. Los cigarrillos, fumados con la profusión de una final de la Champions, y el polvillo proveniente del cemento del suelo, concedían un cierto aspecto bohemio y alimentaba los enfisemas.
“¡Esto no puede seguir así, si lo permitimos irá a peor, tenemos que hacer algo!”, dijo rotundo con un torrente de voz que recordaba su pasado sindicalista el presidente de la Comunidad de propietarios, haciendo reinar sobre la sala un silencio molesto que puso sobre la mesa la pregunta más vieja del mundo de los roedores.
De nuevo, el ruido del bajante nos devolvió a la realidad de la existencia ineludible del vecino del primero y los murmullos asaltaron las complicidades cercanas y denunciaron primero comedidos y luego desmedidos, las responsabilidades de terceros. Y mientras salían de la asamblea el hueco de la escalera hizo de altavoz de un deseo que nadie tenía el valor de materializar.
Las vueltas de llave marcaron el final del día y el comienzo oscuro de una costumbre reciente, de un trasiego incesante, de una música estridente repleta de risas felinas que podíamos olfatear, inmóviles, tras nuestras puertas acorazadas. El día amaneció sin traer una nueva esperanza, sólo los restos de una fiesta a la que habíamos asistido involuntariamente como invitados de piedra.
El barrio se despertaba perezoso y por no querer quitarse el sueño se negaba a abandonar el pijama hasta bien entrada la tarde, mostrando en las calles, en su diario desfile de “moda-cama” su gusto por el color y su rebelión ante cualquier norma preestablecida más allá de las fronteras del barrio. Confundidos entre las batas y las pantuflas, algunos individuos caminaban solitarios, encorvados bajo un peso invisible; como zombies despertados a destiempo, exhibían miradas oscuras que mostraban su deseo de volver a la noche y al sueño. Mientras tanto, ante la indiferencia general, un coche se conducía invisible, con manos de juguete asiendo el volante. En la misma acera y al grito de “Jenni, ven aquí pa ca” una señora de vientre prominente, sacaba a su hija de la escuela devorando algo más que el nombre, proponiendo una “performance” cotidiana de regaños y aspavientos, en una escala de decibelios más altos que los permitidos por cualquier autoridad municipal.
Cuando por la tarde volví a mi casa, un grito agudo atravesó las paredes del edificio, incrustándose en la piel erizada de quienes lo escuchamos. Salí a la puerta en un gesto que cada vez era más temerario. Los escasos vecinos que coincidimos en nuestra curiosidad nos miramos desde la puerta entreabierta, mostrándonos cautos, intentando ver en las reacciones del resto una señal para actuar.
Cabizbajo volví a meterme en casa, y subí el volumen del televisor para crear mi propio mundo privado, con mis propias reglas; un universo de plasma y conexiones sin hilos de 50 metros cuadrados y dos habitaciones en los confines de una ciudad cada día más lejana. Y visualmente me empapé de las implicaciones políticas de los diversos estatutos, comprendiendo que eran instrumentos maquiavélicos que lograban romper la convivencia, y me conciencié de los sacrificios que debíamos hacer, todos, para mantener la buena marcha de la economía, y cómo el desafío de la productividad era la asignatura pendiente e ineludible de todos y cada uno de nosotros; y me escandalicé cuando Israel bombardeó en represalia de alguna represalia algún lugar en Palestina, y tuve que poner la radio toda la noche para evitar escuchar una lágrima que perforaba mi pared.El amanecer aportó un silencio que tenía algo de trágico y buscando el sonido de lo cotidiano me lancé a una calle todavía habitada por espectros de miradas desafiantes que aconsejaban la distancia (la suficiente para señalar que no tienes miedo y la necesaria para no provocar un enfrentamiento). En la parada del autobús me encontré con un vecino; trabajador prejubilado de Astilleros, Ramiro era el chapucero oficial de la comunidad, tras los saludos y una mirada en todas direcciones empezamos a comentar lo que pasaba en el bloque.
Nuestro edificio se va pareciendo cada vez más a una casa encantada, sólo se escuchan aullidos, dijo con mordacidad socarrona, pero para mí esto se va a acabar, yo cuando pueda me largo. No jodas que tú también te vas a ir, le respondí. Pues tú ya tardas, esto sólo puede ir a peor y ya viste en la asamblea, nos puede más el acojone.
El resto de mi monologo voluntarista fue una perorata en torno a la necesidad de permanecer unidos, que aún creyéndomelo, sonaba a discurso manido, a esfuerzo vano y sin recompensa. Mi vecino aguantó con una educación estoica, pero inmune a cualquier teoría sin resultados prácticos a que acabase mi disertación, y sentenció: “Yo no lo veo así. Creo que tenemos que aceptar que hemos perdido”.
Los meses seguían pasando confirmando una tónica general que nos aislaba cada vez más, incluso de nosotros mismos. Habíamos convertido la entrada y salida de nuestro hogar en un jugar al escondite que evitaba el innumerable elenco de máscaras que se cruzaban en los pasillos y que, con las manos siempre en los bolsillos, mezclaban en la mirada: desafío, miedo y desesperación a partes iguales. Sus rostros cambiantes se hicieron fugazmente conocidos.
En la asamblea general de propietarios del 2º semestre Ramiro ya no estaba. El local social seguía la deriva de nuestras propias vidas haciéndose cada vez más hueco, combinando a partes iguales el silencio de un salón cada vez más vacío con la chocante presencia del verborreico abogado del vecino del primero, el cual lograba dar al salón el aspecto de discoteca tercermundista gracias a los reflejos de su traje azul cobalto de seda. Esta vez el consentimiento, más que el asentimiento o el convencimiento fue unánime y finalmente el ascensor no se arreglaría.
Primero mis padres, luego mis estudios en la universidad, después mi mujer y mi hija, más tarde el trabajo y ahora mis vecinos. Abandono, esa era mi constante. Durante toda mi vida me había visto obligado a un periplo transhumante, donde el lugar era una variable menor, donde cualquier interés, por muy ajeno que fuese, tenía mayor fuerza que mi propio deseo. Era una realidad que también se podía aplicar a un barrio donde la policía era un solitario coche mañanero, la justicia una amenaza más o menos velada y las instituciones un reducido grupo de personas con vocación y sin recursos. La sensación común era que el resto de la ciudad nos mostraba despectivos un cartel de “reservado el derecho de admisión”.
Un día me encontré la puerta de mi vecino reventada, pasado un tiempo la puerta simplemente desapareció, el piso quedó emparedado, oculto tras el ladrillo, comunicándose ahora con otros pisos en un laberinto improvisado. Uno a uno, poco a poco, el resto de los vecinos se fueron marchando y el cartel que anunciaba su venta pronto desaparecía como la propia puerta, que pasaba a alimentar la hoguera que de noche ardía frente al portal. En su lugar quedaba un prolongado pasillo donde ya nadie se asomaba. El bloque se convirtió en una fortaleza con una puerta de entrada y otra de salida, “habilitada” entre los pilares del antiguo salón del bajo D.
Un día me encontré mi puerta abierta. Me habían robado, tan sólo quedaba el cerco de polvo dejado por mis aparatos electrónicos, una auténtica huella dactilar prueba de su origen y mi propiedad. Llamé a la policía, la cual tomó unas notas rápidas y extraoficialmente me aconsejó que me fuera, confirmando que existen leyes no escritas y jueces sin toga.
Las miradas de mis “nuevos vecinos” se hicieron más explicitas y me invitaban, sin tapujos, a buscar pastos más verdes en otros lugares donde hubiese menos lobos. Mi reacción, contrariamente a lo que pensaba, fue la de rememorar las películas del oeste, donde los inmigrantes reclamaban su derecho a la tierra y a la propia existencia con una Biblia en una mano y un rifle en la otra. No sé porqué extraño mecanismo mental me imbuí de esa mentalidad de frontera, lo cierto es que comencé a hacer de mi casa un pequeño bunker, con la íntima conciencia de que las guerras las ganan quienes tienen más decisión, más coherencia y más desesperación o tal vez, por el simple reconocimiento de que sin trabajo, ni familia no tenía donde ir.
Durante semanas mi casa se transformó en un almacén lleno de garrafas de agua, comida en lata, linternas, velas, gas, etc. Incluso compré una navajita suiza, que por su versatilidad se hizo mi amiga inseparable. Puse una puerta de metal y en las ventanas las rejas distorsionaban la mirada, haciéndome dudar más de una vez sobre mi decisión de ser un prisionero en vida. También renové mi licencia de caza y mi escopeta dormía conmigo.
El asedio comenzó con una guerra psicológica donde de día y de noche escuchaba las idas y venidas de un bloque que nunca dormía y donde sólo algunos disparos ocasionales concedían unas horas de silencio. Aferrado a mi escopeta, escuchaba tenso como golpeaban las paredes, el techo, la puerta, incluso el suelo de mi casa sin motivo aparente. El último éxito hip hop de un equipo estereo bass boot con sensorun a toda hostia me despertaba sobresaltado de mis duermevelas escasos. Maldiciéndoles a gritos reafirmaba mi decisión con la misma fuerza con que apretaba mi escopeta. Aguanté durante semanas y el telediario me contaba la vida que no había vivido, que un día más había pasado. Después me cortaron el agua y la luz, y las noches de ruido se convirtieron en mi día y los días se sucedieron sin fiestas, en una monotonía que acaba por desear que los golpes, los gritos o la música me devolvieran a la vida. Su paciencia y la mía exigían un movimiento o un desenlace.
Un día, los golpes en la pared empezaron a llegar de todas partes a la vez, y acorralado como un jabalí, me acurruqué en un rincón sin saber a que ruido amenazar primero, entonces la puerta me empezó a hablar y a moverse como un corazón palpitante, latiendo cada vez más deprisa y más violentamente, como si estuviese a punto de estallar. Y mi escopeta y yo teníamos miedo, y los dos nos decidimos a embestir y a gritar al unísono. Luego se hizo el silencio, no hubo gemidos, ni golpes, sólo pasos fugitivos. Volví a respirar y sentí mi pecho reclamando más aire, disfruté del olor acre de la pólvora que impregnaba la habitación, y por primera vez en mucho tiempo sonreí. Pasaron los días y aunque los golpes continuaban eran más esporádicos y sonaban menos convincentes, mi sonrisa planeaba sobre la casa y de cuando en cuando abría mi escopeta y volvía a saborear el perfume de ese momento de victoria.
Una noche pasaron una nota por debajo de la puerta, en ella me ofrecían 30.000 € si me marchaba; yo me reí, porque al precio que estaban los pisos era una ridiculez, y me sentí de pronto mareado y aunque estaba amaneciendo la oscuridad se instaló en mis ojos abiertos. Las velas encendidas tenían el mismo efecto sobre mí que sobre las polillas, marcándome un rumbo vacilante. Con pasos de gigante, me dirigí hacia la puerta mientras la música de los vecinos se transformaba en carta de ajuste en los altavoces distorsionados de mi cerebro. Intenté gritar mi rabia pero la R se quedó enredada en el paladar mientras la lengua descansaba impertérrita ante mi esfuerzo. El mar de mi estómago anunció tormenta, y truenos con tropezones salieron de mi boca; después caí al suelo y me arrastré dejando un reguero de babas y comida medio digerida, mientras que con la mano alargada intentaba agarrar el pomo de la salvación, luego me dormí como jamás había dormido.
Me desperté en medio de un campo, con un brazo roto y sin nada en los bolsillos, me habían robado las tarjetas de crédito agotando mi escasa cuenta bancaria. La policía dijo que no existía el número, ni el piso donde yo decía vivir. Tal vez fuera por mis ropas, o por las ojeras de mi largo e insomne encierro o por mi falta de documentos o por mis análisis de sangre que mostraban el rastro de drogas, el caso es que nadie creía mi historia.
¿Qué se puede hacer sin nada ni nadie? ¿Quién puede empezar desde cero a los cincuenta? Me convertí en otra criatura de la noche. Aullando, vagabundeaba en busca de carroña al ritmo de mis necesidades. Me enganché a todo tipo de drogas que adormecieran mi rabia y mi impotencia. Mi fiel amiga suiza, mi colmillo de acero, me procuraba el sustento diario en el cruce de su reflejo con miradas espantadas. Mientras tanto mi cuerpo adelgazaba y a mi mirada se incorporaba la desesperación por seguir dormido. Los lugares volvieron a no ser importantes.
Un día me desperté en un lugar muy familiar, era mi antigua casa; despintada, vomitada, consumida su esencia. Algunos restos de mis recuerdos yacían dispersos, rotos, sangrantes. El pasillo anunciaba el final del túnel y las habitaciones eran pequeñas estancias temporales hacia el final. Ahora el edificio no tenía puertas y las habitaciones se comunicaban unas con otras convergiendo hacia el centro neurálgico de la primera planta. Incluso las escaleras se habían integrado en esa increíble y única mansión de 7 pisos; una fortaleza de puertas vigiladas e historias enladrilladas, un lugar relajado donde yo podía volver a disfrutar de un espacio que era mío. Decidido a hacer de ese usufructo pasajero una propiedad permanente, busque al “vecino”. Por primera vez le vi, al menos de forma consciente. Vestido con un chándal de marca y bebiendo una bebida isotónica, estaba cargado de cadenas y su pelo recordaba los felpudos de bienvenida. Su “sofa trono”, se hallaba rodeado de un número increíble y variado de aparatos electrónicos; en las habitaciones contiguas, entre colchones hastiados, yacían desperdicios balbuceantes. Le vendí una cadenita de oro y después me uní al resto de lotófagos. Después de inhalar la promesa de la felicidad empecé a pensar como iba a cerrar mi círculo de fuego y mientras lo hacía noté como la idea rebotaba incansable en mi cabeza. Aprovechando la salida temporal de los cortesanos vencí la resistencia de mis miembros a obedecer. Tambaleándome me acerqué al gurú del sueño y le atravesé el cuello con mi navajita suiza. Mientras agonizaba incrédulo yo le contemplaba con una sonrisa ida y triunfante. Trastabillando, lleno de sangre, me dirigí a mi casa; detrás se oían gritos. Entre en mi casa reconquistada, me tumbé en mi cama y mientras los sicarios del “ex vecino” me acribillaban, yo sentía el aguijón de sus balas riendo sin dolor, disfrutando del acre perfume de la victoria.