Blog Taller de Literatura ACE

9 Febrero 2009

COMO UNA HISTORIA DE TERROR (Jon Bilbao; Madrid; Salto de Página, 2008), de María López Villarquide

Archivado en: Crítica — Etiquetas: — ACE @ 17:32

Sin ánimo de resultar obsesiva u obcecada en un tema que, por otra parte, bien es cierto que le he dedicado varios meses y otras tantas redacciones, resulta que este conjunto de relatos me ha gustado y me ha sorprendido a partes iguales, porque es siniestro y porque sobre “lo siniestro” siento un interés particular que se acrecienta en el plano de lo literario.

Son estos siete unos textos inquietantes, en los cuales la realidad abre camino a la angustia de sus personajes y la empatía del lector.

Llama especialmente mi atención el relato titulado “El hambre en los alrededores del lago”, que preciso y correcto me presenta algo cotidiano convertido en monstruoso. Personajes hábilmente perfilados, de los que se reconocen y se imaginan sin dificultad, llevados a situaciones extremas y terroríficas. La historia no desatiende la descripción de ambientes y la caricaturización de algunas de sus escenas (como la entrada y salida de personajes de la tienda de ultramarinos del barrio) siendo el resultado un entramado magnífico de personalidades variadas, que coinciden sin embargo en un pueblo solitario, en donde descansa un lago y alguien cría palomas mensajeras, desesperadamente.

Es quizás este aislamiento del individuo lo que aúna como leitmotiv cada uno de los textos de esta recopilación: un motivo recurrente en la pintura de sus protagonistas, quienes terminan siendo tan carismáticos como extraños. Así sucede no sólo a los personajes del relato antes mencionado, sino también a los singulares amantes de “Prolegómenos”, el esperpéntico vecino de “El ladrón de lencería” o el jefe incomprendido del sucinto cuentecillo titulado “La rata”, por citar algunos ejemplos.

Asimismo, recalcarles que si me aventuro a considerar especialmente hábil el trazado de personalidades en cada uno de estos relatos seleccionados, es por la intensidad con que dichas descripciones son capaces de calar en mi imaginación (y estoy segura de que no lo harán menos en un lector no tan familiarizado ni predispuesto a percibir rasgos siniestros como puedo estarlo yo, si se me permite el comentario).

Aplaudo la elección de parejas contrapuestas para añadir desconcierto a alguna que otra historia, como sucede claramente en “Después de nosotros, el diluvio”, porque: que la gente se caiga mal es una cosa, pero que se tenga que “soportar” con disimulo a alguien “insoportable” es otra bien distinta, pues los viajes son para disfrutar.

Estoy casi segura de que si releo este libro volveré a experimentar la atractiva extrañeza que me invadió la primera vez, o puede que no, porque el terror no siempre va asociado a lo siniestro[1].

 
[1] “Lo siniestro señala aquella suerte de espantoso que afecta a las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás” [Freud, S. Lo siniestro, 1919. Ed. americana por primera vez en español en Buenos Aires; 1943].

NADIE SABE (Kore-eda Hirokazu, 2005), de María López Villarquide

Archivado en: Crítica — Etiquetas: — ACE @ 17:27

Alguien dijo una vez que Velázquez había sido capaz de pintar la luz y el aire en sus cuadros, que Las hilanderas era el único cuadro capaz de reflejar el polvillo que flota en la atmósfera cuando es atravesada por un rayo de sol. Creo que es cierto. Ahora podría añadir que directores de cine como Kore-eda Hirokazu hacen algo parecido en sus películas, pero con el tiempo.
Nadie sabe refleja el paso del tiempo en las imágenes rodadas de sus protagonistas.
Hace dieciséis años, un suceso heló la sangre al director de este filme y se puso en marcha para elaborar una historia y convertirla en película. El tema de los niños que viven clandestinamente en Japón acabó viendo la luz en forma de guión quince años más tarde.
Hermosa película. Valiente retrato de una infancia descompuesta por culpa de un adulto irresponsable, inconsciente, inconsecuente… Nadie sabe da al espectador una lección acerca de la ternura: el mundo de los niños olvidado en el mundo de los mayores; se vuelca la atención sobre Akira y sus hermanos, abandonados y condenados a sobrevivir en un espacio en el que no existen para nadie.
Y el tiempo pasa. Como las plantas que crecen más allá de los barrotes de la alcantarilla, Akira, un adulto artificial, hace que sus hermanos germinen fuera del espacio que los esconde de la ciudad de Tokio, más allá de un apartamento de 41 metros cuadrados e inevitablemente conducidos a un final lamentable y conmovedor (ante La tumba de las luciérnagas, los espectadores más aficionados al cine de animación ya se habían dejado lamentar y conmover por Miyazaki, pero esto es otra historia).
Asimismo, puede que un solo plano de esta película transmita más información que media hora de cualquier “falso documental” de los que proliferan en el panorama occidental actual, porque puede que la carga emocional pese más que los acontecimientos que levantan una historia sobre la nada, aunque se trate de acontecimientos reales. Nadie sabe pesa tras haberla visto, y no porque cuente cosas especiales: porque hace que el espectador pueda verlas, mientras cambian porque pasa el tiempo, como todo el mundo sabe que hizo Velázquez con la luz.

Gestionado con WordPress