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	<title>Blog Taller de Literatura ACE</title>
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	<description>Otro blog más de WordPress</description>
	<pubDate>Thu, 04 Jun 2009 16:29:37 +0000</pubDate>
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		<title>DESDUDEZ TÓXICA de Rosalía Rodriguez Pombo</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Jun 2009 16:29:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ACE</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>

		<category><![CDATA[Texto Taller ACE Online 2009]]></category>

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		<description><![CDATA[Busqué en la niebla y no te vi.
Oí en la noche y no escuché más que gemidos&#8230;
Escribí sobre blanco y no manché la hoja
Grité tu nombre y no apareciste
 
- ¿dónde estás?
- donde estaba antes- respondió el viento.-donde siempre estará, aunque no siempre sepas verla&#8230;
 
Me desnudé contra el miedo, y desde lo alto, sentí vértigo, aspiré [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Busqué en la niebla y no te vi.<br />
Oí en la noche y no escuché más que gemidos&#8230;<br />
Escribí sobre blanco y no manché la hoja<br />
Grité tu nombre y no apareciste<br />
 <br />
- ¿dónde estás?<br />
- donde estaba antes- respondió el viento.-donde siempre estará, aunque no siempre sepas verla&#8230;<br />
 <br />
Me desnudé contra el miedo, y desde lo alto, sentí vértigo, aspiré estrellas y solté humo. Me enfrenté a miradas, que solo vieron la desnudez tóxica sangrando por mi boca:<br />
Qué es el arte y diréis LIBERTAD<br />
Qué es amor, diréis libertad<br />
Qué es aspirar y diréis libertad<br />
Que es tocarla libertad,<br />
Qué es soñar, libertad,<br />
Qué es un cigarro después de otro, libertad,<br />
Qué es deseo, libertad.<br />
Qué es fugaz, libertad.<br />
Qué es esto.<br />
Qué soy<br />
Qué digo LIBERTAD</p>
<p>BUSCAR. Buscamos buscar. El azar no existe, es una de las formas que tenemos de encontrarnos o de separarnos, yo tenía que encontrarte como fuera……………………………………………</p>
<p> Tú, querida. Antigua amiga, vieja hechicera.<br />
Tú, eres Ella. Amarga y transeúnte.<br />
Por tu culpa, miento.<br />
Por tu culpa aghhhhh<br />
Por tu culpa expiro, aspiro, expiro, aspiro.<br />
Por tu culpa, como<br />
Por tu culpa dormida<br />
Por tu culpa Baudelaire.<br />
Por tu culpa mueren<br />
Por tu culpa muero<br />
Por tu culpa nazco<br />
Por tu culpa nerviosa<br />
Por tu culpa, Memorias de un Loco, lloro,<br />
Por tu culpa, puta.<br />
Por tu culpa rasgacielos<br />
Por tu culpa me araño<br />
Por tu culpa sangro<br />
Por tu culpa arranco cuerdas.<br />
Por tu culpa rota<br />
Por tu culpa aúllo.<br />
Por tu culpa observo<br />
Por tu culpa jeringuillas<br />
Por tu culpa camas sin casa<br />
Por tu culpa pies descalzos.<br />
Por tu culpa lluvia,<br />
Por tu culpa rayo.<br />
Por tu culpa eructo.<br />
Por tu culpa corro<br />
Por tu culpa siempre corro siempre<br />
Por tu culpa lloro<br />
Por tu culpa muerdo<br />
Por tu culpa rabia<br />
Por tu culpa atraposueños<br />
Por tu culpa mal<br />
Por tu culpa huyo<br />
Por tu culpa Norte<br />
Por tu culpa orvallo<br />
Por tu culpa viento<br />
Por tu culpa viento adentro<br />
Adentro. Cosido. Y Fuera,<br />
 A fuera silencio.</p>
<p>Por tu culpa me acuerdo del recuerdo:<br />
Con ocho años en el coche de mamá,<br />
Bajé la ventanilla del todo, y saque afuera la cabeza.<br />
Respiré la noche, y me penetró el viento.</p>
<p>Violada por el aire. Golpeándome el absurdo.<br />
Y yo presente. Allí presente. Levitando erguida contra el suelo.<br />
Y yo viéndolo todo. Soy todo recuerdo. Re-cuerdo-todo.<br />
Y todo por tu culpa.</p>
<p>Por tu culpa me columpio aleteando con los pies.<br />
Por tu culpa la foto del columpio frente de la playa.<br />
Por tu culpa tóxica.<br />
Por tu culpa vientre solo.<br />
Por tu culpa náusea.<br />
Por tu culpa mis manos se posaron frente a los pies del niño<br />
Que te parió en lágrima.<br />
Yo te recogí, ¿recuerdas? Te clavaste en la palma de mi mano,<br />
Tu aguja pinchó la epidermis, atravesaste las glándulas perforándome el lamento. Cortaste más adentro, te incrustaste al fondo. Y te siento allí, latiendo, y huyo, con miedo…pero ya estás dentro. Ya-estás-dentro.<br />
Huyo arriba, huyo, al lugar bello y decadente. Donde los niños tiritan  en formol. En la plaza juega el  hambre.<br />
Y nosotros dentro.<br />
Lo vemos todo en pantalla panorámica.<br />
Madres heroinómanas aúllan tu ausencia. Quieren que vuelvas.<br />
Vuelve, zorra.<br />
Ven a visitarnos,<br />
Pero tú no tienes nombre. Como yo, y el y ella. A ti solo te pronuncian para aliviarte tu dolor. Solo te suspiro, para que vuelvas. Aunque ya no puedes. Ya no estás, no estuviste, ausente.<br />
Yo te grito, para arrancarme la pasión ingrata, yo te grito para que puedas oírme. Por tu culpa, por tu gran culpa, camino en soledad. Por tu culpa, lamo la herida rota del cristal. Por tu culpa me encierro tras la puerta a cantar, por tu culpa te gritamos, LIBERTAD.<br />
Qué es el arte y diréis LIBERTAD<br />
Qué es amor, diréis libertad<br />
Qué es aspirar y diréis libertad<br />
Que es tocarla libertad,<br />
Qué es soñar, libertad,<br />
Qué es un cigarro después de otro, libertad,<br />
Qué es deseo, libertad.<br />
Qué es fugaz, libertad.<br />
Qué es esto.<br />
Qué soy<br />
Qué digo LIBERTAD<br />
BUSCAR. Buscamos buscar. El azar no existe, es una de las formas que tenemos de encontrarnos o de separarnos, yo tenía que encontrarte como fuera……………………………………………</p>
<p>El otro día alguien dijo que se debería de leer la poesía tal cual la escribes. Es decir, leerla en el mismo estado en el que la creas. Leer extasiada, leer lejos, leer oscura, leer sangrando, leer nerviosa, leer  de pie, leer en ¿libertad?</p>
<p>Y dije no es posible.</p>
<p>Pero tampoco es posible un sueño y soñamos.<br />
Tampoco es posible la perfección y amamos.<br />
Tampoco existe, y la nombramos.</p>
<p> </p>
<p>Tú, querida. Antigua amiga, vieja hechicera.<br />
Tú, eres Ella. Amarga y transeúnte.<br />
Por tu culpa, miento.<br />
Por tu culpa aghhhhh<br />
Por tu culpa expiro, aspiro, expiro, aspiro.<br />
Por tu culpa, como<br />
Por tu culpa dormida<br />
Por tu culpa Baudelaire.<br />
Por tu culpa mueren<br />
Por tu culpa muero<br />
Por tu culpa nazco<br />
Por tu culpa nerviosa<br />
Por tu culpa, memorias de un loco, lloro,<br />
Por tu culpa, puta.<br />
Por tu culpa rasgacielos<br />
Por tu culpa me araño<br />
Por tu culpa sangro<br />
Por tu culpa arranco cuerdas.<br />
Por tu culpa rota<br />
Por tu culpa aúllo.<br />
Por tu culpa observo<br />
Por tu culpa jeringuillas<br />
Por tu culpa camas sin casa<br />
Por tu culpa pies descalzos.<br />
Por tu culpa lluvia,<br />
Por tu culpa rayo.<br />
Por tu culpa eructo.<br />
Por tu culpa corro<br />
Por tu culpa siempre corro siempre<br />
Por tu culpa lloro<br />
Por tu culpa muerdo<br />
Por tu culpa rabia<br />
Por tu culpa atraposueños<br />
Por tu culpa mal<br />
Por tu culpa huyo<br />
Por tu culpa Norte<br />
Por tu culpa orvallo<br />
Por tu culpa viento<br />
Por tu culpa viento adentro<br />
Adentro. Cosido. Y Fuera,<br />
Afuera, Silencio.</p>
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		<title>POR EJEMPLO, de Walter Mondragón</title>
		<link>http://www.acescritores.com/blog/?p=156</link>
		<comments>http://www.acescritores.com/blog/?p=156#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 30 Mar 2009 17:00:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ACE</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>

		<category><![CDATA[Texto Taller ACE Online 2009]]></category>

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		<description><![CDATA[Ella se levanta con el sol de la aurora
a alimentar el fuego en la cocina
a espantar con su escoba el polvo de la casa
a ver la calle mientras riega sus matas.
Las astromelias de la entrada
echan sus flores como besos todo el año,
trapea los pisos, brilla los muebles,
oye la radio y polemiza sobre las noticias
y todavía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ella se levanta con el sol de la aurora<br />
a alimentar el fuego en la cocina<br />
a espantar con su escoba el polvo de la casa<br />
a ver la calle mientras riega sus matas.<br />
Las astromelias de la entrada<br />
echan sus flores como besos todo el año,<br />
trapea los pisos, brilla los muebles,<br />
oye la radio y polemiza sobre las noticias<br />
y todavía tiene tiempo para el baño diario<br />
con agua de mar y limón zwinglia<br />
que le sirve para sus venas várices,<br />
y para peinarse ante el cristal de roca<br />
del preciado tocador de madera<br />
&#8220;de ahora mil años&#8221; herencia de su madre<br />
que le costó cincuenta pesos a su padre<br />
(junto a la cama que estrenaron la noche de la boda<br />
en su estancia del campo)<br />
Sale a la tienda, saluda a las vecinas,<br />
vuelve, alza el teléfono, sabe de la familia<br />
o recibe visitas mientras hace el café<br />
y lucha con las hormigas el azúcar,<br />
pone las ollas al fogón,<br />
prepara la comida,<br />
lava ropa, aplancha, repone algún botón, hace labores,<br />
y hace<br />
y hace<br />
y hace<br />
y es una maquinita todo el día<br />
hasta cuando la noche la sorprende<br />
sin terminar de hacer lo que tenía&#8230;<br />
y entre protestas y rezos se acuesta<br />
y lueñe duerme,<br />
hasta las dos o tres cuando las ganas<br />
de orinar la despiertan&#8230;<br />
lo cual es una excusa para ella<br />
seguir despierta orando<br />
(las cuentas de su camándula lucen tibias)<br />
y esperar entre el triste miedo y la alegre esperanza<br />
el nuevo día.</p>
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		<title>PALABRAS DE ORÁCULO, de Víctor Valero</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Mar 2009 17:24:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ACE</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Relato]]></category>

		<category><![CDATA[Texto Taller ACE Online 2009]]></category>

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		<description><![CDATA[A mí nadie me va a parar. No hay tiempo que perder, mis proyectos representan siempre algo grande y su consecución apremia. Sé luchar contra las adversidades, y muy tenazmente. Ahora mismo me toca enfrentarme a una de ellas concretada en una tenue voz como procedente del lugar donde se halla el infierno. Es una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A mí nadie me va a parar. No hay tiempo que perder, mis proyectos representan siempre algo grande y su consecución apremia. Sé luchar contra las adversidades, y muy tenazmente. Ahora mismo me toca enfrentarme a una de ellas concretada en una tenue voz como procedente del lugar donde se halla el infierno. Es una voz masculina, difusa, apenas inteligible pero suficientemente sonora como para perturbarme ligeramente. No, no me resulta demasiado turbadora, porque mi resistencia es más potente que este estímulo indeseable. Yo puedo con ella. No doblegaré ante una simple voz que me viene desde abajo. Al fin y al cabo, sólo se trata de la radio de mi vecina, que parece ser que no me tiene en consideración, pues ya son dos las ocasiones en que he tenido que llamarle la atención y, si bien ha sido instantáneamente obediente en tales casos, al poco vuelve a reincidir en la misma falta.</p>
<p>Pero yo lucho, tengo que continuar con mi tarea de escritor, estoy obligado a dar forma a lo que está por venir, anticiparme al futuro leyendo esas señales que me llegan como desde arriba. Esta vez, provienen del cielo, pero no son voces, no soy ningún esquizofrénico, ni ningún esquizoafectivo, ni me atenaza trastorno delirante alguno; no sufro, en definitiva, de alucinaciones auditivas&#8230; ¡Ni visuales, por dios! ¡Ya basta! yo no padezco ningún trastorno, ni psicótico ni de ninguna otra clase. No sé por qué diablos tengo que insistir tanto en este punto. Yo, simplemente, soy Escritor, y como tal mi deber es ejercer de visionario, y puedo hacerlo, por supuesto que puedo hacerlo, porque para tales desafíos estoy yo perfectamente dotado. Es, como lo llamarían algunos, mi destino. Mi tarea trascendental, matizaría yo.</p>
<p>Soy capaz de intuir en lontananza una forma imprecisa, una vaguedad de contornos ocultos que deberán ser remarcados -que no trazados- por mi pluma, traducidos a lenguaje para que puedan ser conocidos por todo aquel que tenga la fortuna de recalar en mis libros. Oculto. ¡Qué vocablo tan sugerente!, como esotérico, como obscuro, y yo ahí, enfrentado a lo insondable, ante la inmensa y ardua tarea de iluminar con mí don toda esa obscuridad, tan capacitado como estoy para detectar indicios escurridizos, qué digo, casi intangibles, y arrojar como si nada, con esa elegancia tan connatural a mi persona, estas interpretaciones unívocas, límpidas, definitivas, incontestables que solamente alguien de mi altura está llamado a ofrecer&#8230; y son pocos los que conozco, diría que ninguno más a parte de mí, honestamente hablando.</p>
<p>Yo soy Escritor, y como tal veo cosas que los demás no ven. No me refiero a cosas físicas como entidades y objetos que no existen en el mundo real, yo no soy ningún esquizofrénico, ningún trastornado, ningún enfermo mental. Hablo de realidades inmateriales. Cuestiones extremadamente sutiles son las que yo me propongo desentrañar, y lo consigo, de eso no cabe la menor duda. Proyecto la sensibilidad de mi mirada allí de donde proceden las señales y comienzo a trazar&#8230; No, a remarcar, porque yo no pongo nada de mi parte en la generación de esa realidad, ésta es la que es, y mi tarea se reduce a hacerla visible, a delinearla con la máxima fidelidad, a captarla con mi pluma tal como ella es en sí misma.<br />
Es frágil, huidiza y notablemente tímida, yo siempre me aproximo a ella con gran mimo, no resulta fácil hacerla una primera caricia; cuando siente la ternura de mi tacto reconoce a este respetuoso escritor que soy y entonces sabe que no va a ser engañada, al contrario que hacen otros. Por eso ella no se deja acariciar tan fácilmente: porque la falsifican. Sí, ella conoce -y padece no saben cómo- la inclinación de la gente por falsearla, por serle infiel, por decir cosas de ella que no son ciertas, y lo lamenta en lo más profundo de su Ser. Su Ser, su En Sí Mismo, qué cosa tan pura, y cómo me mira cuando lo hace de frente&#8230; Me tiene completamente seducido, y por eso no puedo dejar de serle fiel, hablar de ella tal como a ella le gusta, no porque me deshaga en halagarla, muy al contrario: decir con obsesiva exactitud lo que ella es, describirla, eso es sencillamente lo que hago. Ella no escatima en dedicarme toda suerte de gestos y señales, de darme las indicaciones más precisas para que me aproxime cada vez más a su retrato perfecto. En infinitas formas le gusta a ella encarnarse, pero no materialmente, cuidado, sino hacerlo en un sentido espiritual, concretarse en conceptos y teorías que algún día serán conocidos por todos&#8230; pero solamente un privilegiado como yo podrá anticipadamente deleitarse con ese espíritu concretado que ha salido a pasearse, para mi regocijo, entre los circuitos neuronales con que lo pienso.</p>
<p>Es por eso que puedo asegurar que nadie se equivoca al llamarme oráculo, con lo que quieren decir que soy un gran escritor. Yo nunca sé, al principio, a qué clase de ser informe me estoy enfrentando, lo sé sólo después de un tiempo, cuando ya deja de manifestarse como esa entidad sombría y sin contornos que era para perfilarse, con la impagable destreza de mi pluma, en una de esas infinitas formas concretas que toma esta realidad que yo tanto amo. Pasión por conocerla y retratarla, eso es lo que me moviliza. Con verdadera entrega me doy a la escritura de su ser, esculpiendo a cada línea, con cada fragmento de texto, escrupulosamente todos y cada uno de sus rasgos. Ella se dejará ver algún día para el que la quiera mirar, y para el que no lo quiera, también. Esa realidad concreta se impondrá para todos cuando llegue su momento. Sin embargo, al ser mi tarea adelantarme a los acontecimientos, yo podré conocerla antes que nadie, y aquel que por feliz coincidencia abra a tiempo el libro donde haya yo atrapado con palabras mis visiones podrá asimismo asombrarse de lo que está por venir y salir beneficiado en igual medida que yo, por el simple hecho de tener conocimiento por anticipado del mismísimo futuro.</p>
<p>Porque si lo que viene es un horror, si amenaza con ser insoportable lo que viene, jugaremos con ventaja al poder programar nuestra huída antes que ninguno.</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>¿PUEDE LA PALABRA DECIR LA VIDA?, de Víctor Valero</title>
		<link>http://www.acescritores.com/blog/?p=139</link>
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		<pubDate>Mon, 23 Mar 2009 17:11:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ACE</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Ensayo]]></category>

		<category><![CDATA[Texto Taller ACE Online 2009]]></category>

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		<description><![CDATA[Al atardecer estuve recorriendo las calles sinuosas y angostas de un desconocido barrio de la ciudad. Me impresionaron algunas escenas que normalmente suelen pasar desapercibidas, aunque cuando uno está predispuesto puede encontrar en ellas un goce inesperado. Se componían de balcones, macetas y flores, fachadas desangeladas, espacios de vida recortados por el encuadre de las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Al atardecer estuve recorriendo las calles sinuosas y angostas de un desconocido barrio de la ciudad. Me impresionaron algunas escenas que normalmente suelen pasar desapercibidas, aunque cuando uno está predispuesto puede encontrar en ellas un goce inesperado. Se componían de balcones, macetas y flores, fachadas desangeladas, espacios de vida recortados por el encuadre de las ventanas, reflejos de la débil luz del sol y el sol mismo antes de ocultarse dispuesto en el fondo del pasillo de cielo dibujado por dos edificios paralelos. Pude percibir algunos olores al mismo tiempo que transcurrían las imágenes, y oír el susurro de cosas inanimadas.<br />
Ahora llega el momento de querer expresar todo eso que he vivido&#8230; y comienzan las dificultades. Para empezar, esto que ya he dicho no me sirve para nada, no refleja en absoluto lo que en realidad ocurrió mientras yo tuve aquella experiencia. No encuentro palabras que refieran a las cosas mismas que yo vi y oí. Sólo en mi memoria puedo seguir recreándome en esos momentos, y no sé por cuanto tiempo. Por más que formule esa vivencia de modos cada vez distintos no logro atraparla con el lenguaje. Podría decirse que estoy experimentando la insuficiencia de la palabra para hablar de la vida; en realidad pienso en esa crisis del lenguaje vivida y tan ejemplarmente expresada por algunos literatos, sobre todo centroeuropeos, a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Claudio Magris, en quien me inspiro para desarrollar las ideas que siguen, da cuenta de este hecho en El anillo de Clarisse, donde recorre e interpreta magistralmente algunas de las obras más destacadas en ese sentido de estos autores -entre otros, de Robert Musil:</p>
<p> </p>
<p>&#8220;El signo no es sólo insuficiente, sino también engañoso, es un truco para domesticar, adormecer y apresar en &#8220;alguna operación ingeniosa&#8221; &#8220;algo que está por encima de la razón, algo salvaje y destructivo&#8221; [...] Como para Nietzsche, también para Musil el signo convencional y petrificado por la clasificación conceptual ha fosilizado naturaleza y vida, las ha embalsamado en el mecanismo de la institución social. [...] Törless habla de la &#8220;segunda vida de las cosas, secreta y huidiza&#8221;, de &#8220;una vida que no se expresa con las palabras y que sin embargo es su vida&#8221;. [...] El sexto sentido de Törless está atrofiado, sirve sólo para hacerle entender que la realidad habla y que él no puede captarla; estas &#8220;palabras&#8221; no son epifanías de las cosas, sino mandatos o indicaciones: transmiten oscuros mensajes impersonales del fluir vital, no ya nítidos perfiles del objeto. Cuando Törless intenta esclarecer por sí mismo la turbia ebullición de su sensualidad, descubre que &#8220;las palabras no lo expresaban, porque no es tan terrible como parece en las palabras; es algo mudo&#8230; un apretón de la garganta, un pensamiento apenas perceptible, y sólo si uno insiste en quererlo decir con palabras se exterioriza así; pero entonces es totalmente distinto, como en una inmensa ampliación, donde no sólo se ve más claro, sino que se ven también cosas que no están ahí&#8230;&#8221;</p>
<p> </p>
<p>Parecería que estos escritores son capaces de sentir nítidamente el acto de perversión que se comete cuando se acude a las palabras para intentar expresar la experiencia vivida. Las palabras de que se dispone evocan cada una de ellas la particular imagen -o imágenes- a la que están vinculadas. Al usar un vocablo concreto estamos trayendo a nuestra mente al mismo tiempo un concepto o una imagen que nunca puede identificarse de modo exacto con la vivencia -o parte de ella- que queremos expresar, y por lo tanto, invariablemente, nos vemos en la tesitura de ajustar ésta a la imagen evocada por nuestra palabra. Toda palabra a la que recurro añade, incorpora elementos extraños, recorta, moldea y modela la experiencia original. En este proceso de adaptación en el que ajustamos lo vivido a la expresión -al concepto- se lleva a cabo la perversión del significado auténtico del fenómeno experimentado, reconduciéndolo, forzándolo y adaptándolo a las imágenes de que disponemos. La crisis de la palabra nacería de la desgarradora consciencia de este falseamiento de la propia experiencia que se ha tenido del mundo cuando se lo intenta decir. Una vez dicha tal o cual experiencia necesariamente se habrá cometido un acto de perversión con respecto a ella, no hay salida: lo auténtico se presenta como irreductible -a ninguna representación o idea previas-, como indecible.</p>
<p> </p>
<p>Dando un paso más, por otra parte, se podría decir que la crisis se extiende más allá de las vivencias subjetivas, esas que aluden, por ejemplo, al canto de los pájaros mientras se respira el aire fresco del amanecer o a la luz del sol de poniente difuminándose sobre los balcones de una fachada de otro siglo. Por eso, se siente uno incapaz, asimismo, de hablar de cosas tan aparentemente definidas y diferenciadas como un puente de piedra o un ciprés porque sospecha que al designarlas y pretender atribuirles propiedades las fija como algo estable indefinidamente, como habiendo encontrado la forma definitiva y propia de la cosa referida. Sería bueno seguir la sugerencia que hace Magris a propósito de Balthesser -personaje creado por Richard von Schaukal-, quien &#8220;contrapone a la rigidez leñosa de los conceptos la ductilidad y elasticidad de las cosas, que él quiere salvar de ser encasilladas en definiciones&#8221;. Aquellos escritores saben que las cosas mudan, que lo que los objetos les sugieren se transforma ininterrumpidamente. Basta que pase el tiempo, haya cambios en nosotros -quizá en algunas de nuestras identidades- y el mundo concreto de las cosas habrá cambiado. Pero tampoco tiene que, necesariamente, pasar mucho tiempo pues en un mismo momento -casi instantáneamente- se puede ver, ahora una cosa, y al instante otra muy diferente. Son conscientes de los mil rostros que ocultan los objetos, de la connatural multiplicidad de versiones potenciales que cada uno de ellos posee en estado latente y que podrían ser captadas por nuestros ojos al mirar una misma cosa sucesivas veces, y por eso no quieren encerrar nada en una simple imagen contingente, una de tantas como podrían ocurrírsenos aquí y ahora, pues se estaría cometiendo la estupidez de reducir y fijar en una idea toda la riqueza latente de ese objeto indeterminado dejándolo atrapado y asfixiado -ahogado- en la imagen. Magris, siguiendo el pensamiento del personaje de Franz Blei, Heliogábalo, lo expresa con agudeza y elocuencia ejemplares:</p>
<p> </p>
<p>&#8220;La vida no es denkbar, no es pensable, es irreductible a las categorías del pensamiento y a cualquier sistema filosófico, no puede ser reificada en ninguna clasificación intelectual que la convierta en objeto de reflexión. [...] Ningún universal ha de aprisionar el puro transcurso vital, ningún sentido recóndito tiene derecho a subordinar y reprimir lo inmediato, ningún valor ha de dominar al presente y sus potencialidades abiertas en todas direcciones. Heliogábalo rehúsa hasta el recuerdo, que impone a la experiencia del instante un significado unilateral, inadecuado al salvaje desenfreno de su pulso; no quiere sacrificar la flor al fruto e inventa continuamente nuevos dioses, porque cada instante tiene su dios, es decir su calidad de absoluto. Heliogábalo rechaza la &#8220;tiranía&#8221; del pensamiento, debida a que éste se sitúa por encima de la inmediatez y la pierde; niega el &#8220;valor&#8221; y el &#8220;sentido más profundo&#8221; que quieren imponerse al devenir, desecha cualquier opinión acerca de la vida. Esta es siempre &#8220;el fin de la vida&#8221;, que no dura lo suficiente para que haya tiempo de meditar acerca de ella. No existe reflexión, pues falta su objeto: como sabía Lord Chandos -personaje de Hofmannsthal-, cuando el pensamiento se detiene en un momento de la existencia éste ya ha volado, y el momento no es jamás aquel momento, sino siempre otro. Para Heliogábalo lo que depasa el instante es una abstracción, pues no existe jamás en realidad; las contradicciones y antítesis se inutilizan por sí solas, puesto que apelan a principios que van más allá del presente y en consecuencia no existen; la vida es sinnlos, carente de un sentido o una esencia que no se resuelven en la mera existencia, fugitiva e impredicable.&#8221;</p>
<p> </p>
<p>Aún cabe hacer un último comentario sobre otra posible causa de la crisis de la palabra tal como la viven estos autores. En este caso nos desplazamos al terreno de la comunicación con el otro, donde se empieza a tener en cuenta a un posible destinatario de aquello que se quiere narrar, pues hasta ahora nos habíamos centrado en cómo el propio individuo sufría la insuficiencia de lo que decía acerca del mundo siendo él mismo a un tiempo emisor y receptor, sin haberse dado el momento de comunicárselo a nadie.</p>
<p> </p>
<p>Exagerando un poco, se podría decir que la epifanía experimentada es, esencialmente, un puñado de emociones, las cuales significarían el foco inagotable desde donde se nutren los mecanismos implicados en la generación de las frases que voy articulando para expresar lo vivido. Todo lo que digo es un intento de extraer literalmente las emociones sentidas y mostrárselas al otro en toda su desnudez e intensidad. En eso consiste mi verdadera intención comunicativa, en hacerle comprender exactamente lo mismo que yo experimenté, para lo cual no sólo necesitaré situarle en el escenario del fenómeno ofreciéndole representaciones -con toda la precisión que me sea posible- de lo que allí estaba ocurriendo sino también, y sobre todo, hacerle comprender exactamente lo que yo sentí, las emociones que dieron sentido a mi vivencia y por las cuales ésta cobró importancia para mí. He aquí el obstáculo insuperable. Lo que yo he sentido y quisiera comunicar es sencillamente imposible porque, justamente, mi deseo es en último término que el otro sienta lo mismo que yo y ninguna otra cosa. No me quiero conformar con que viva alguna clase de sucedáneo. Pero esto no puede ser. ¿Cómo hago yo para poner en palabras la experiencia de haberme despertado, después de un breve sueño, bajo la sombra fresca de los eucaliptos a la orilla de mi secreta laguna en tierra de Cáceres? ¿Cómo hablar de los olores húmedos que destilaban las hierbas y eucaliptos de la laguna entremezclados con los que procedían de los secos campos circundantes? Podríamos pensar que para que el otro pudiera sentir todo eso está la posibilidad de que ya antes haya tenido una experiencia parecida para que, desde ahí, pueda evocar lo que sintió él en su momento; sin embargo, eso siempre será, inevitablemente, otra cosa distinta. Aunque recordase algo que le evocase lo más parecido a mi propia experiencia, eso podría estar infinitamente lejos de lo que significó para mí esta última. Así pues, lo único que podré hacer será transmitirle mi entusiasmo y contagiarle mi sentimiento intentando llevar al límite mis capacidades expresivas -dicho en un sentido amplio, no sólo verbal-. Lo que no significa que haya logrado comunicarle con plenitud mi vivencia, traspasarle la epifanía que se me reveló: nada más lejos de la realidad. Como mucho, habré conseguido emocionarle, al lograr hacer que se recree con las representaciones que he despertado en su imaginación y al dejarse contagiar por mi excitación mientras intentaba expresarle todo aquello. De ningún modo habrá sido posible franquear la engañosa e insalvable pared de vidrio transparente que se encuentra entre nosotros. Entendido en un sentido pleno, no ha habido comunicación, sí ilusión de que la ha habido. Lo más auténtico de mi vivencia, la experiencia misma, ha quedado ineluctablemente apresada en mi interior. Aquello fue sólo para mí, algo que será absolutamente intransferible.</p>
<p> </p>
<p>Quizá un planteamiento tan radical como este último en lo tocante a la comunicación de vivencias subjetivas no nos deje opciones de considerar algún otro enfoque que nos permita ver el problema de un modo no tan pesimista. Sin embargo, si podemos intuir alguna grieta por donde penetra la luz en relación al planteamiento referido a la insatisfacción provocada por la incapacidad del lenguaje para expresar lo que hemos vivido, dejando a un lado, ahora, a un posible destinatario. Nos interesa, nuevamente, retomar el caso del que escribe para sí mismo y que no ve justa ni fielmente representado el momento vivido. Magris nos muestra el ejemplo de Robert Musil como escritor que, en un sentido notable aunque de manera intermitente, logra revertir su relación con el lenguaje adoptando en ocasiones una posición de confianza con respecto a éste, sentimiento que alcanza una vez dejadas atrás -hasta cierto punto- las experiencias plasmadas en sus obras de juventud, es decir una vez empezada su inacabada e inacabable El hombre sin atributos:</p>
<p> </p>
<p>&#8220;A menudo Musil afirma que lo inexpresable no adquiere su significado más que de los intentos anteriores de expresarlo. La palabra no es ya &#8220;devaluación&#8221; de lo vivido, sino su evocación, y adquiere la capacidad irónica de &#8220;aludir a lo que no puede ser transmitido&#8221;, como dice Beda Alleman. Si las palabras son simios que brincan entre las ramas, por otra parte también saben penetrar en el fondo oscuro de la vida, en ese abismo vacío, en esa pura negación que es el fundamento, el primum de la existencia que no permite mediación. [...]Ese fondo de la vida no es mediable; sus contradicciones son insolubles y permanentes. La poesía puede aludir a ellas, puede permitir el acceso a esa profundidad y hacer centellear su esplendor lóbrego, sin aventurarse en su interior. Moosbrugger y Clarisse, los dos &#8220;casos límite&#8221; del hombre, representan el intento extremo de enfrentarse directamente con esa maraña de oscuridad, el esfuerzo fetichista por llevar el lenguaje al plano mismo de la inmediatez, por hacerlo coincidir con lo inarticulado&#8221;.</p>
<p> </p>
<p>Quizá, por lo tanto, aún podamos salvar en alguna medida la insuficiencia del lenguaje en ese nivel en donde uno se dice las cosas vividas para sí. Un posible planteamiento para enfrentar este problema podría ser el que sigue. Al hablar de nuestras experiencias, atamos a cada una de las palabras que empleamos algún aspecto de lo percibido, y las teñimos además de la emotividad que despertó en nosotros aquello. Con las palabras de que dispongo sí es posible fijar lo vivido -para después evocarlo- sencillamente porque puedo asignarle a éstas una nueva dimensión o valor que antes no poseían. La palabra quedaría ahora impregnada de un afecto y sentido nuevos, pasando a formar parte de ese &#8220;tejido inconmensurable de connotación&#8221; (George Steiner) que posee el lenguaje de cada uno de modo exclusivo e intransferible. Este sería un modo de eludir el acto de perversión a que antes me refería pues ya no estaríamos permitiendo que las palabras impusiesen aquello que nos evocaban hasta entonces, forzándonos a adaptar la experiencia a esta evocación, y haciéndola, así, perder su esencia misma en el proceso. Ahora, en el mismo momento de convocar la palabra, seríamos nosotros quienes le impusiésemos a ella un nuevo sentido que vendría, no a sumarse a los que ya contenía, sino a trastornarlos de golpe, influyendo en ellos quizá radicalmente hasta el punto de transformarlos en algo muy distinto para adecuarse al recién llegado (sentido). El objetivo se habrá cumplido si lo que digo o escribo puede despertar en mí las imágenes y las emociones relativas al fenómeno que experimenté en su momento. Para mí, las palabras habrán adquirido nuevas connotaciones que reflejarán con exactitud las cosas referidas sencillamente porque habré volcado en ellas todo lo que viví; así, bastará con que pronuncie las palabras &#8220;mágicas&#8221; para que vuelva a revivir el momento referido. A partir de ahora, las palabras empleadas han quedado impregnadas de nuevos afectos y sentidos, y, precisamente, por el sólo hecho de haberlas usado para expresar aquello que pretendíamos.</p>
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		<title>DE TIMIDECES Y AMISTADES VERDADERAS, de Víctor Valero</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Mar 2009 17:10:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ACE</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Crónica]]></category>

		<category><![CDATA[Texto Taller ACE Online 2009]]></category>

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		<description><![CDATA[Sorprendido por un frío mortal propio de París en estas fechas pero que, hasta entonces, no había hecho aún su temida aparición, arrancó la noche camino a la Gare du Nord, donde habíamos quedado con el primo de mis dos acompañantes para tomar una cerveza antes de asistir a la fiesta a la que estábamos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sorprendido por un frío mortal propio de París en estas fechas pero que, hasta entonces, no había hecho aún su temida aparición, arrancó la noche camino a la Gare du Nord, donde habíamos quedado con el primo de mis dos acompañantes para tomar una cerveza antes de asistir a la fiesta a la que estábamos invitados. Se trataba de un joven actor que comienza ya a representar algún que otro papel interesante, como el de protagonista en un drama de Thomas Bernhard, cuyo estreno se haría la semana siguiente: &#8220;Almuerzo en casa de Ludwig Wittgenstein&#8221;, y donde él tendría la complicada tarea de interpretar al torturado filósofo austriaco. De hecho, ese día yo pude asistir al estreno, que se representó en el teatro más pequeño de París y, con seguridad, del mundo entero, o quizá no, pero mi experiencia fue desde luego como la de entrar, a través de una diminuta abertura, al interior de una viejísima, oscura y singular caja de zapatos, en cuyo extremo opuesto, apenas unos pocos centímetros del agujero de entrada, se haría revivir al mismísimo Wittgenstein. Y, ciertamente, eso fue lo que ocurrió, pues la ovación final me confirmó que los poquísimos espectadores -no obstante el aforo completo- que allí estaban congregados fueron también conscientes de la altura dramática que se había alcanzado en aquella misteriosamente acogedora ratonera, usurpada por y readaptada para los humanos. Por supuesto, su magnífica representación se vio favorecida por el ambiente tan irreal de este extraño y diminuto lugar pero, también, qué duda cabe, por el inquietante parecido fisonómico que guardaban ambos, representado y representante.<br />
El día que nos conocimos no pude conversar apenas con él, no tanto por mi torpe dominio de la lengua nativa como por sus esquivos ojos que nunca me miraban pero que hablaban traicioneramente de la timidez de su portador. Ya eso lo pude percibir en los primeros minutos cuando mi compañero le hizo saber, excitado por la coincidencia, que esa misma semana acababa yo de leer un jugoso libro autobiográfico del mismo autor de la obra en la que él participaba, Thomas Bernhard, titulado &#8220;El sobrino de Wittgenstein&#8221;, donde aquel cuenta la fascinante relación que mantuvo hasta su muerte con Paul Wittgenstein, sobrino del filósofo. La reacción del tipo se redujo a un rápido y nervioso asentimiento de cabeza, y sin abrir siquiera la boca, articuló un sonido interno del tipo &#8220;hum&#8221;, y al punto giró la cabeza para dar a entender a su primo que ya podía pasar a otra cosa. Esto no me lo tomé yo como un feo gesto personal pues, como pude confirmar más tarde, no se trataba más que de la incontenible hostilidad propia de los mejores tímidos en sus primeros minutos junto al extraño con el que se sienten obligados a conversar como por una especie de deber subjetivo de cortesía, o, sencillamente, porque así lo exige implícitamente la norma social. Por eso, poco después pude ser testigo de sus encomiables esfuerzos por establecer los primeros contactos con el otro tímido, que era yo mismo. Por mi parte, no me fue especialmente difícil disimular la tensión embadurnándola y enmascarándola con una fina capa de rígida y estúpida simpatía, dado que yo soy de esos que ya han pasado de fase y se encuentran en un nivel superior al haber abandonado la categoría del &#8220;tímido-hostil&#8221; para encontrar su sitio en la del &#8220;tímido-tontito&#8221; (Véase nota aclaratoria sobre ambas categorías al final del texto). Después de que los dos tímidos sufriéramos el tiempo más que suficiente, intentando mantener el tipo en nuestra insípida y fatigosa conversación, terminamos las cervezas en la brasserie al pie de donde se celebraba la fiesta y decidimos subir ya al lugar en que nos esperaba, como es costumbre en esta ciudad, el inminente proceso de embriaguez que habrían de provocarnos los diferentes buenos y malos vinos traídos aquella noche por cada uno de los invitados.<br />
Fuimos recibidos en una amplia entrada, de techos altos, en la que se encontraban unas quince personas en perfecto estado de embriaguez, y algunos más que probablemente también lo estaban a pesar de que no dieran apenas señales de ello, pues, en estas fiestas francesas, a veces hay ocultos maestros del disimulo en el arte del beber y estar bebido en mayor medida de lo que podría pensarse. Ya era más allá de medianoche y a estos sitios no se viene a perder el tiempo. La fiesta había comenzado hacía unas dos horas y las botellas de buen vino empezaban a escasear&#8230; Para ser honestos, diré que no hay dios que sepa distinguir aquí entre vinos buenos y malos pues, en Paris, la variedad de vinos, distribuida en comercios dispuestos cada 100 metros, es elevadísima, de modo que habría que darse con dedicación plena a la exploración de todo ese ingente material para llegar siquiera a elaborar una grosera tabla clasificatoria.<br />
La sala principal, que comunicaba inmediatamente con la entrada a la casa, se había acondicionado para que hiciera las veces de lo que sería el corazón de cualquier discoteca: la pista de baile. De esto no hablaré, pues es la misma cosa que ya todos conocemos, y la imagen que pueda yo ofrecer no será mejor que la que cada uno tenga ya en su cabeza, por propia experiencia. De hecho, en realidad, creo que no hay mucho más que contar de la fiesta en sí, pues ahora que lo pienso mejor no hay grandes cosas que la distingan de cualquier otra a la que hayamos asistido en Madrid, siempre que hubiera 60 personas, o más, y suficiente alcohol: gente muy borracha, siempre algún gamba, siempre algún discreto, también algún timidillo atravesado por el conflicto de un querer y no poder hablar, más tontito que hostil, y que destila por todos sus poros una tensión disimulada con mayor o menor éxito, cuando, al pasar a su lado, le miramos un instante con una sonrisa simpática.<br />
Bueno, también en ese tipo de fiestas te puedes cruzar -como a mí me ocurrió- con alguna pesada, por supuesto muy bebida, que se interesa por ti, y que te viene una y otra vez a decirte no se qué -porque no hay dios que la entienda en ese estado y en francés-, y te coge de la manita para sacarte a bailar, y tú le das un par de vueltas sobre su desajustado eje de rotación y le dices: &#8220;ala, ya, bonita&#8221;, pero, incombustible, ella insiste, y te vuelve a decir no sé qué en francés, o que &#8220;I want to kiss you&#8221;, así, en inglés, o que &#8220;I love you&#8221;, o que &#8220;quiero dormir contigo esta noche&#8221; (traduciendo ya al español), y que, de repente, te besa en los labios, y se te echa toda encima, y tú que la apartas entre sorprendido y divertido, sin poder evitar reírte de la situación, y entonces te coge de la mano otra vez, y te saca al balconcito (para que así sus compañeras de arquitectura -porque ella es arquitecta- no la vean, pues ellas saben que tiene su novio, que la espera en Nantes -a tres horas de Paris-, donde viven juntos), y entonces, allí, en el balconcito, se te pega mucho al oído y te susurra todo lo de antes, que &#8220;I want to kiss you&#8221;, que &#8220;está noche quiero dormir contigo&#8221;. Y, ahora, con su cuerpo frente al tuyo, se te empieza a arrimar mucho, demasiado, hasta que ambos cuerpos están muy apretados, y entonces un escalofrío de debilidad te atraviesa la médula, una debilidad que ya venías vislumbrando pero que no te querías reconocer, porque la francesita estaba borracha, bonita pero borracha, y tú te decías: &#8220;no, no, esto no son formas&#8221;, pero ahora la tienes ahí, apretada fuerte contra tu cuerpo, y no puedes evitar que el riego comience a fluir con ímpetu por ahí abajo, y te es imposible ya escapar al simple esquema estímulo-respuesta, y se te dispara el resorte, haciendo que el general tome el mando de la situación, enfilando imparable hacia arriba y ejecutando, con previsible éxito, su particular golpe de estado; mientras al mismo tiempo, corriendo en paralelo a este proceso, allí encima, entre vuestras cabezas, ella se lanza con implacable decisión hacia tus labios, permaneciendo tu voluntad ahora inoperativa, por causa de los demasiados recursos que se están movilizando por ahí abajo, y entonces te besa&#8230; Te está besando, y tú también a ella&#8230; Tú también la estás besando, porque quieres besarla, porque ahora sí quieres besarla ¿no, cabrón?<br />
En su boca se pueden apreciar la suma de diferentes alcoholes, de diferentes vinos buenos y malos, y en el furor del beso se siente la explosión de todos ellos, y, al instante, empiezan a sucederse explosiones una detrás de otra, en uno y en otro cuerpo, porque tú también estás embriagado, embriagado de los mismos alcoholes y pulsiones; pero entonces, de repente, ella te espeta: &#8220;seulement bisous, rien plus&#8221;, y tú le preguntas perplejo: &#8220;¿pero cómo que nada más? ¿sólo besitos?&#8221;, &#8220;Sí -te contesta convencida-, porque tengo novio y no puedo hacer nada más; quiero dormir contigo pero no vamos a hacer nada, sólo besitos y caricias, como dos buenos amigos, d´accord?&#8221;, y entonces tú, que también eres muy mimoso, que te gustan tanto y consideras tan autosuficientes y satisfactorios por sí mismos los besitos y las caricias, le dices que sí, que le acariciarás sus preciosos cabellos, que le besarás sus ardorosos labios, y que, después, dormiréis abrazaditos, prometiéndola que no va a pasar nada más, casi como entre dos íntimos y buenos amigos, o sea, entre quienes solamente puede, y debe, haber amor, pero nunca deseo&#8230; He aquí el repentino e inesperado comienzo de una verdadera amistad, de una amistad pura.<br />
Y así, después de unas cuantas promesas de amor virtuoso, arrastrados por el entusiasmo del momento, abandonamos sin tiempo que perder el humo y el griterío de la fiesta, con el alba pisándonos los talones, para tomar la línea cuatro de metro hacia Denfert-Rochereau, donde se hallaba mi apartamento. En el trayecto, como un completo adelanto de lo que habría de ocurrir una vez alcanzáramos la cama, no dejamos de abrazamos y de regalarnos caricias y besitos, y, a veces, ella, toda tierna, me repetía &#8220;tu me plais beaucoup, tu me plais beaucoup&#8221;, y yo, que apenas hablaba, le dirigía una mirada con ojillos maliciosos, y le sonreía.<br />
Por fin, llegamos al apartamento, y ella no tardó ni un segundo en desnudarse, pero al punto, con la misma celeridad, se ocultó toda entera bajo las sábanas como en señal de arrepentimiento, como quien buscara sustraerse por última vez, con un ademán vano y postrimero, al que ya era su destino. Temeroso yo mismo de la fatalidad que se barruntaba, con desconfianza perruna me acurruqué en el otro extremo de la cama, escondiéndome también entre las sábanas. Pero, a los pocos minutos, ¡ay! sobrevino la tragedia. Nosotros, los amigos que aspirábamos a la más alta pureza, sufrimos una feroz metamorfosis, y, repentinamente, se apoderó de nuestras almas el desenfreno más salvaje que hubiera podido imaginarse.<br />
Inmediatamente después de consumada aquella locura, y recobrada ya la lucidez, tomamos dolorosa conciencia de lo que acababa de ocurrir. ¡Oh, Dios mío, qué espanto! ¡Qué atrocidad! ¿Pero cómo habíamos podido rebasar nuestros límites de esa manera, acabar así con la pureza que nos unía y que daba sentido a nuestra relación? ¿Qué clase de amigos iríamos a ser a partir de ahora? Muy a nuestro pesar habíamos traicionado la prometida inocencia de nuestra reciente y virtuosa amistad para trocarla, de modo ilícito, por la bastarda impureza que habría de brotar necesariamente del arrebato entre los amantes. No supimos ser todo lo firmes y valientes que el pacto de &#8220;seulement bisous&#8221; exigía y ahora lo pagaríamos caro. Toda nuestra vileza había fulminado de un solo golpe y para siempre las condiciones de posibilidad de una amistad verdadera.<br />
Nota aclaratoria: distinción entre las categorías &#8220;tímido-tontito&#8221; y &#8220;tímido-hostil&#8221;.<br />
Lo característico del tímido-tontito es esa sospechosa simpatía rayana en lo ridículo y esas muecas forzadas aparentado una normalidad que no existe, mientras que por detrás de la fachada se agolpan y revuelven una anarquía de tensiones e impulsos de difícil contención que representan la verdadera realidad de lo que en ese cuerpo está ocurriendo, y que, irremediablemente, a pesar de los penosos esfuerzos desplegados en su contra, por momentos la situación se hace tan insostenible que algunos de ellos, y siempre a traición, escapando al acosado y debilitado control de su pseudo-dueño, en forma de espasmos, aspavientos, sudores y tragamientos de saliva, comienzan a delatarle lastimosamente, dejando entrever las miserias y fantasmas que éste pretendía ocultar no sólo a su interlocutor sino también a sí mismo.<br />
Por su parte, el tímido-hostil tampoco está el pobre hombre libre de menores sufrimientos aunque, obviamente, los vive de un modo algo distinto ya que éste no tiene la más mínima intención de caer bien o de mostrar simpatía alguna, y cuando un extraño se planta ante él -sea cual sea la situación- con el inocente ánimo de conversar sobre cualquier cosa, aquel bloquea la temible intrusión con su implacable escudo de hostilidad, provocando la perplejidad de su ignorante y fracasado interlocutor, y despertando instantáneamente una animadversión tal que hará imposible cualquier intento posterior, por parte del tímido, de enmendar lo sucedido.<br />
Invariablemente, en estas situaciones el tímido se siente verdaderamente mal de tan inseguro y tan incapacitado como se ve frente a aquel extraño, lo que le hace echar mano de todo su arsenal defensivo para lograr salvarse pero acarreando con ello indeseables consecuencias para sí mismo, pues será percibido irresistiblemente como un desafío y un ataque frontal por el que ya podemos llamar legítimamente el ofendido: el fracasado interlocutor no considera -y con razón- haber hecho nada malo que justifique el trato del todo fuera de lugar al que se le está sometiendo.<br />
La forma en cómo esa hostilidad se despliega tiene, al principio, algo de subrepticio, para después ir progresivamente haciéndose cada vez más evidente. Ese gesto de indiferencia, casi de desprecio, que me dedicó el actor a los pocos minutos de conocernos podría servir como primer ejemplo, aunque es importante hacer notar aquí que no estamos ante un perfecto tímido-hostil, ni mucho menos, sino ante alguien que ya viene mostrando estupendos progresos en el empinado trayecto hacía la siguiente meta: la de llegar a ser un admirable tímido-tontito. No obstante, justamente por ahí va la cosa para poder empezar a entender la referida y escurridiza hostilidad. A partir de cierto momento, todo ademán, el más mínimo gesto que se haga, cualquier movimiento teóricamente neutral, como encenderse un cigarrillo, o abrocharse un botón de la chaqueta, cualquier expresión del rostro, como una leve sonrisa, un asentimiento o una apenas perceptible reacción facial a un comentario, todo esto, aún ejecutado con el mayor de los disimulos, vendrá bañado como por un aire altamente sospechoso que, a medida que se sucedan los minutos, hará que la víctima (el interlocutor) comience a sentirse inquieta, a no sentirse bien sin saber todavía exactamente porqué: ese aire, por paradójico que parezca, al principio se percibe siempre como algo borroso y diluido en el ambiente, como si en aquel espacio donde se desarrolla la escena se respirase una atmosfera enrarecida o extrañamente pesada. Pero al punto&#8230; en efecto, algo huele mal y el foco de los hedores no tarda en ser identificado. Aquel sujeto enfrente de él no le inspira ninguna confianza: esa forma de mirar, el modo en cómo escucha y reacciona a sus comentarios, cómo fuma, cómo se mueve, la clase de cosas que dice -que son, por lo demás, escasas- y, en fin, ese mueca forzada que le ha dirigido cuando el -de antemano- fracasado interlocutor se ha atrevido a hacerle una pregunta trivial, y su respectiva respuesta cortante. Ahora sí puede ver nítidamente lo que ocurre. Todo en él empieza a parecer desagradable, profundamente desagradable, se hace incómodo permanecer muy cerca, su presencia destila desprecio: no sólo lo imparte, sino que solicita asimismo ser despreciado. Se siente uno impelido irresistiblemente a la antipatía y a la hostilidad para con él, pues no es otra cosa lo que se está recibiendo de su parte. E incluso, por momentos, tanto rechazo que uno genera como reacción defensiva, tanto envilecimiento para responder con suficiente capacidad a ese ser hostil que nos agrede insidiosamente, hace que uno se vea a sí mismo vil y sucio, y acabe por sentirse asqueado de todo eso y sólo desee salir huyendo de allí a la menor oportunidad. Tal es el efecto que puede provocar este tipo de tímidos. En cuanto se sepa que se tiene a uno delante lo mejor es esfumarse lo antes posible, de lo contrario nos podremos ver enredados, a las primeras de cambio, y para nuestra sorpresa, en su despreciable juego.</p>
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		<title>LA MÍSTICA DEL ARTE, de José Javier Chavero</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Mar 2009 17:05:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ACE</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Relato]]></category>

		<category><![CDATA[Texto Taller ACE Online 2009]]></category>

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		<description><![CDATA[A mi el arte me pone, y no lo digo en un sentido metafórico o intelectual. Desde pequeña sentí una atracción singular hacia las historias plasmadas sobre el lienzo o la roca. Las veladas ojeando las láminas de la Enciclopedia de Historia del Arte Salvat eran muy especiales, sentada en el regazo de mi padre, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A mi el arte me pone, y no lo digo en un sentido metafórico o intelectual. Desde pequeña sentí una atracción singular hacia las historias plasmadas sobre el lienzo o la roca. Las veladas ojeando las láminas de la Enciclopedia de Historia del Arte Salvat eran muy especiales, sentada en el regazo de mi padre, en el cobijo de su calor y de su olor, le escuchaba comentar las imágenes con voz grave y tranquila, respondiendo sonriente a cada una de las escenas que mi caprichoso dedo índice señalaba. Los cuadros religiosos, a pesar de sus recatadas túnicas, lograban transmitirme una tensión interior, un deseo de los protagonistas por alcanzar lo inalcanzable, por ir más allá de ellos mismos. Los mitológicos por el contrario, voluptuosos en sus formas, mostraban dioses muy humanos, de carnes temblorosas y pasiones airadas a punto de consumarse.</p>
<p>Ese pasatiempo infantil se convirtió en algo más profundo cuando el viaje de fin de curso eligió Roma como destino. Si bien tuve que separarme del tumultuoso devaneo hormonal de mis compañeros para poder disfrutar de la ciudad, la soledad me proporcionó la ocasión de respirar historia por los cuatro costados, de disfrutar de un banquete para los ojos. Sin saber dónde mirar primero, ni que lugar elegir para quedarme un poco más, mariposeaba azarosa por entre cuadros y estatuas, claustros y ruinas, parques y calles bulliciosas que ignoraban la modestia de un arco románico situado pocos metros más arriba. En esa excitación feliz me encontraba cuando empezó a llover, una de esas típicas tormentas de junio que mezclan calor y humedad a partes iguales, haciéndote exudar vapor de agua. El refugio más cercano era la iglesia de San Pietro in Vincoli. Allí, alojada en un ala poco visible, se podían contemplar los restos del megalómano sueño del Papa Julio II, un sepulcro de enormes dimensiones pensado para presidir San Pedro y que termino arrinconado e inacabado, presidiendo el lateral de una iglesia de segunda categoría. Lo más curioso es que la iglesia era conocida no por ser depositaría de los restos del pontífice sino por albergar una de las obras maestras del arte del renacimiento.</p>
<p>El Moisés de Miguel Ángel se me fue apareciendo de perfil, mostrando unos músculos en tensión que parecían sancionar con testosterona las admoniciones apocalípticas del cura en la misa. Me aproximé con precaución, rodeándolo; cuando por fin pude ver su terrible mirada no pude evitar dar un paso hacia atrás. Empapada y sofocada por esa lluvia veraniega me senté para contemplarlo mejor, coloqué el bolso a mi lado y sujeté mi pequeño paraguas entre las piernas para así apoyar la barbilla. Su mirada variaba de la comprensión a la ira según inclinase mis caderas hacia delante o hacia atrás. Volví a repetir el movimiento varias veces y el paraguas hacía de tope de mi balanceo; luego sentí una sensación extraña que recorrió con un escalofrío todo mi cuerpo y me acerqué lentamente hasta las pupilas horadadas del profeta, haciendo que mi pelvis arquease el paraguas hasta casi romperlo; luego el movimiento se fue haciendo progresiva y uniformemente acelerado, casi convulsivo; entonces eché la cabeza hacia atrás y la linterna de la cúpula lanzó un rayo de sol cálido, tamizado por las pinturas de la bóveda donde se representaba el ascenso de la virgen a los cielos, entonces el cura dijo Amen, yo exhale un gritito que salía desde el fondo de mi alma y me desmayé.</p>
<p>Aparte de un pequeño revuelo y una visita al hospital, tres puntos en la cabeza serían desde entonces los testigos mudos de mi primera experiencia mística. Así que me volví profundamente devota, y no había día ni fiesta de guardar que no acudiese a una iglesia (siempre con mi paraguas, incluso en verano) a admirar la dorada profusión barroca y el minimalismo repetido de unos fórmulas sagradas elevadas al universo. He de confesar que a veces, asistí hasta a tres y cuatro misas en un solo día, lo cual me hacía terminar exhausta, así que decidí autorregularme y no seguir la misa, más que una vez al día.</p>
<p>Sin embargo, el austero formato de la religión católica, su estricto control social y la tradición inmovilista de sus ritos me constreñía, y me hizo decantarme por las iglesias evangélicas, donde nadie tiene complejos en cantar y agitar sus cuerpos al ritmo de la música.</p>
<p>Las voces de los fieles evangélicos reverberaban en la iglesia como un eco místico, y cuando alzaba las manos podía, con las yemas de los dedos, captar la vibración y hacerla descender por todo mi cuerpo. No puedo negar que fueron los años más felices de mi vida, incluso terminaron por acolchar mi asiento en la iglesia, debido a que mis continuas y aparatosas caídas solían interrumpir el servicio para acabar en urgencias. Finalmente, y a pesar de mi aureola de santidad, las recriminaciones más o menos veladas del cura y de otros fieles, acabaron por persuadirme para abandonar la iglesia; aunque de fondo se encontraba un profundo desacuerdo sobre lo divino. Es verdad que la vida es un valle de lágrimas, porque yo misma he llorado más de una vez durante mis éxtasis, pero no lograba entender por qué la gente no sentía lo mismo que yo, y adornaba de gravedad y contrición el episodio feliz del encuentro con el creador. Así que no encontrando comprensión ni amparo en ninguna iglesia, me dediqué a visitar todos los eventos religiosos que pude encontrar.</p>
<p>Un día de Semana Santa, en un pequeño pueblo de Cádiz un cristo crucificado fue la última imagen que vi. Se movía hacia mi con paso firme, al ritmo de unos tambores estruendosos y de unas cornetas estridentes que lograban apartar cualquier pensamiento que no fuese su mirada de vidrio, intemporal y sufriente de pasión. Ni siquiera mi fiel paraguas pudo ayudarme y caí golpeándome la cabeza contra un bolardo. El suelo acolchado con flores se empapó rápidamente en un rojo intenso, poniendo alfombra roja al misterio, mi cuerpo yaciente en cruz era un espejo femenino del señor, mi último suspiro sonó a Saeta Tal vez por todo eso y por mis pasados éxtasis ya no soy carne, ahora yo misma soy arte, soy una fría estatua con nombre de Santa.</p>
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		<title>CRÓNICAS DE FRONTERA, de José Javier Chavero</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Mar 2009 16:57:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ACE</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Relato]]></category>

		<category><![CDATA[Texto Taller ACE Online 2009]]></category>

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		<description><![CDATA[El ruido del bajante ponía música de fondo a una asamblea de vecinos cabreados. El local social, estaba iluminado por un par de bombillas que brillaban con una intensidad escasa y dañina, alargando y desdibujando sombras airadas, ocultando identidades. Los cigarrillos, fumados con la profusión de una final de la Champions, y el polvillo proveniente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El ruido del bajante ponía música de fondo a una asamblea de vecinos cabreados. El local social, estaba iluminado por un par de bombillas que brillaban con una intensidad escasa y dañina, alargando y desdibujando sombras airadas, ocultando identidades. Los cigarrillos, fumados con la profusión de una final de la Champions, y el polvillo proveniente del cemento del suelo, concedían un cierto aspecto bohemio y alimentaba los enfisemas.<br />
&#8220;¡Esto no puede seguir así, si lo permitimos irá a peor, tenemos que hacer algo!&#8221;, dijo rotundo con un torrente de voz que recordaba su pasado sindicalista el presidente de la Comunidad de propietarios, haciendo reinar sobre la sala un silencio molesto que puso sobre la mesa la pregunta más vieja del mundo de los roedores.<br />
De nuevo, el ruido del bajante nos devolvió a la realidad de la existencia ineludible del vecino del primero y los murmullos asaltaron las complicidades cercanas y denunciaron primero comedidos y luego desmedidos, las responsabilidades de terceros. Y mientras salían de la asamblea el hueco de la escalera hizo de altavoz de un deseo que nadie tenía el valor de materializar.<br />
Las vueltas de llave marcaron el final del día y el comienzo oscuro de una costumbre reciente, de un trasiego incesante, de una música estridente repleta de risas felinas que podíamos olfatear, inmóviles, tras nuestras puertas acorazadas. El día amaneció sin traer una nueva esperanza, sólo los restos de una fiesta a la que habíamos asistido involuntariamente como invitados de piedra.<br />
El barrio se despertaba perezoso y por no querer quitarse el sueño se negaba a abandonar el pijama hasta bien entrada la tarde, mostrando en las calles, en su diario desfile de &#8220;moda-cama&#8221; su gusto por el color y su rebelión ante cualquier norma preestablecida más allá de las fronteras del barrio. Confundidos entre las batas y las pantuflas, algunos individuos caminaban solitarios, encorvados bajo un peso invisible; como zombies despertados a destiempo, exhibían miradas oscuras que mostraban su deseo de volver a la noche y al sueño. Mientras tanto, ante la indiferencia general, un coche se conducía invisible, con manos de juguete asiendo el volante. En la misma acera y al grito de &#8220;Jenni, ven aquí pa ca&#8221; una señora de vientre prominente, sacaba a su hija de la escuela devorando algo más que el nombre, proponiendo una &#8220;performance&#8221; cotidiana de regaños y aspavientos, en una escala de decibelios más altos que los permitidos por cualquier autoridad municipal.<br />
Cuando por la tarde volví a mi casa, un grito agudo atravesó las paredes del edificio, incrustándose en la piel erizada de quienes lo escuchamos. Salí a la puerta en un gesto que cada vez era más temerario. Los escasos vecinos que coincidimos en nuestra curiosidad nos miramos desde la puerta entreabierta, mostrándonos cautos, intentando ver en las reacciones del resto una señal para actuar.<br />
Cabizbajo volví a meterme en casa, y subí el volumen del televisor para crear mi propio mundo privado, con mis propias reglas; un universo de plasma y conexiones sin hilos de 50 metros cuadrados y dos habitaciones en los confines de una ciudad cada día más lejana. Y visualmente me empapé de las implicaciones políticas de los diversos estatutos, comprendiendo que eran instrumentos maquiavélicos que lograban romper la convivencia, y me conciencié de los sacrificios que debíamos hacer, todos, para mantener la buena marcha de la economía, y cómo el desafío de la productividad era la asignatura pendiente e ineludible de todos y cada uno de nosotros; y me escandalicé cuando Israel bombardeó en represalia de alguna represalia algún lugar en Palestina, y tuve que poner la radio toda la noche para evitar escuchar una lágrima que perforaba mi pared.El amanecer aportó un silencio que tenía algo de trágico y buscando el sonido de lo cotidiano me lancé a una calle todavía habitada por espectros de miradas desafiantes que aconsejaban la distancia (la suficiente para señalar que no tienes miedo y la necesaria para no provocar un enfrentamiento). En la parada del autobús me encontré con un vecino; trabajador prejubilado de Astilleros, Ramiro era el chapucero oficial de la comunidad, tras los saludos y una mirada en todas direcciones empezamos a comentar lo que pasaba en el bloque.<br />
Nuestro edificio se va pareciendo cada vez más a una casa encantada, sólo se escuchan aullidos, dijo con mordacidad socarrona, pero para mí esto se va a acabar, yo cuando pueda me largo. No jodas que tú también te vas a ir, le respondí. Pues tú ya tardas, esto sólo puede ir a peor y ya viste en la asamblea, nos puede más el acojone.<br />
El resto de mi monologo voluntarista fue una perorata en torno a la necesidad de permanecer unidos, que aún creyéndomelo, sonaba a discurso manido, a esfuerzo vano y sin recompensa. Mi vecino aguantó con una educación estoica, pero inmune a cualquier teoría sin resultados prácticos a que acabase mi disertación, y sentenció: &#8220;Yo no lo veo así. Creo que tenemos que aceptar que hemos perdido&#8221;.<br />
Los meses seguían pasando confirmando una tónica general que nos aislaba cada vez más, incluso de nosotros mismos. Habíamos convertido la entrada y salida de nuestro hogar en un jugar al escondite que evitaba el innumerable elenco de máscaras que se cruzaban en los pasillos y que, con las manos siempre en los bolsillos, mezclaban en la mirada: desafío, miedo y desesperación a partes iguales. Sus rostros cambiantes se hicieron fugazmente conocidos.<br />
En la asamblea general de propietarios del 2º semestre Ramiro ya no estaba. El local social seguía la deriva de nuestras propias vidas haciéndose cada vez más hueco, combinando a partes iguales el silencio de un salón cada vez más vacío con la chocante presencia del verborreico abogado del vecino del primero, el cual lograba dar al salón el aspecto de discoteca tercermundista gracias a los reflejos de su traje azul cobalto de seda. Esta vez el consentimiento, más que el asentimiento o el convencimiento fue unánime y finalmente el ascensor no se arreglaría.<br />
Primero mis padres, luego mis estudios en la universidad, después mi mujer y mi hija, más tarde el trabajo y ahora mis vecinos. Abandono, esa era mi constante. Durante toda mi vida me había visto obligado a un periplo transhumante, donde el lugar era una variable menor, donde cualquier interés, por muy ajeno que fuese, tenía mayor fuerza que mi propio deseo. Era una realidad que también se podía aplicar a un barrio donde la policía era un solitario coche mañanero, la justicia una amenaza más o menos velada y las instituciones un reducido grupo de personas con vocación y sin recursos. La sensación común era que el resto de la ciudad nos mostraba despectivos un cartel de &#8220;reservado el derecho de admisión&#8221;.<br />
Un día me encontré la puerta de mi vecino reventada, pasado un tiempo la puerta simplemente desapareció, el piso quedó emparedado, oculto tras el ladrillo, comunicándose ahora con otros pisos en un laberinto improvisado. Uno a uno, poco a poco, el resto de los vecinos se fueron marchando y el cartel que anunciaba su venta pronto desaparecía como la propia puerta, que pasaba a alimentar la hoguera que de noche ardía frente al portal. En su lugar quedaba un prolongado pasillo donde ya nadie se asomaba. El bloque se convirtió en una fortaleza con una puerta de entrada y otra de salida, &#8220;habilitada&#8221; entre los pilares del antiguo salón del bajo D.<br />
Un día me encontré mi puerta abierta. Me habían robado, tan sólo quedaba el cerco de polvo dejado por mis aparatos electrónicos, una auténtica huella dactilar prueba de su origen y mi propiedad. Llamé a la policía, la cual tomó unas notas rápidas y extraoficialmente me aconsejó que me fuera, confirmando que existen leyes no escritas y jueces sin toga.<br />
Las miradas de mis &#8220;nuevos vecinos&#8221; se hicieron más explicitas y me invitaban, sin tapujos, a buscar pastos más verdes en otros lugares donde hubiese menos lobos. Mi reacción, contrariamente a lo que pensaba, fue la de rememorar las películas del oeste, donde los inmigrantes reclamaban su derecho a la tierra y a la propia existencia con una Biblia en una mano y un rifle en la otra. No sé porqué extraño mecanismo mental me imbuí de esa mentalidad de frontera, lo cierto es que comencé a hacer de mi casa un pequeño bunker, con la íntima conciencia de que las guerras las ganan quienes tienen más decisión, más coherencia y más desesperación o tal vez, por el simple reconocimiento de que sin trabajo, ni familia no tenía donde ir.<br />
Durante semanas mi casa se transformó en un almacén lleno de garrafas de agua, comida en lata, linternas, velas, gas, etc. Incluso compré una navajita suiza, que por su versatilidad se hizo mi amiga inseparable. Puse una puerta de metal y en las ventanas las rejas distorsionaban la mirada, haciéndome dudar más de una vez sobre mi decisión de ser un prisionero en vida. También renové mi licencia de caza y mi escopeta dormía conmigo.<br />
El asedio comenzó con una guerra psicológica donde de día y de noche escuchaba las idas y venidas de un bloque que nunca dormía y donde sólo algunos disparos ocasionales concedían unas horas de silencio. Aferrado a mi escopeta, escuchaba tenso como golpeaban las paredes, el techo, la puerta, incluso el suelo de mi casa sin motivo aparente. El último éxito hip hop de un equipo estereo bass boot con sensorun a toda hostia me despertaba sobresaltado de mis duermevelas escasos. Maldiciéndoles a gritos reafirmaba mi decisión con la misma fuerza con que apretaba mi escopeta. Aguanté durante semanas y el telediario me contaba la vida que no había vivido, que un día más había pasado. Después me cortaron el agua y la luz, y las noches de ruido se convirtieron en mi día y los días se sucedieron sin fiestas, en una monotonía que acaba por desear que los golpes, los gritos o la música me devolvieran a la vida. Su paciencia y la mía exigían un movimiento o un desenlace.<br />
Un día, los golpes en la pared empezaron a llegar de todas partes a la vez, y acorralado como un jabalí, me acurruqué en un rincón sin saber a que ruido amenazar primero, entonces la puerta me empezó a hablar y a moverse como un corazón palpitante, latiendo cada vez más deprisa y más violentamente, como si estuviese a punto de estallar. Y mi escopeta y yo teníamos miedo, y los dos nos decidimos a embestir y a gritar al unísono. Luego se hizo el silencio, no hubo gemidos, ni golpes, sólo pasos fugitivos. Volví a respirar y sentí mi pecho reclamando más aire, disfruté del olor acre de la pólvora que impregnaba la habitación, y por primera vez en mucho tiempo sonreí. Pasaron los días y aunque los golpes continuaban eran más esporádicos y sonaban menos convincentes, mi sonrisa planeaba sobre la casa y de cuando en cuando abría mi escopeta y volvía a saborear el perfume de ese momento de victoria.<br />
Una noche pasaron una nota por debajo de la puerta, en ella me ofrecían 30.000 € si me marchaba; yo me reí, porque al precio que estaban los pisos era una ridiculez, y me sentí de pronto mareado y aunque estaba amaneciendo la oscuridad se instaló en mis ojos abiertos. Las velas encendidas tenían el mismo efecto sobre mí que sobre las polillas, marcándome un rumbo vacilante. Con pasos de gigante, me dirigí hacia la puerta mientras la música de los vecinos se transformaba en carta de ajuste en los altavoces distorsionados de mi cerebro. Intenté gritar mi rabia pero la R se quedó enredada en el paladar mientras la lengua descansaba impertérrita ante mi esfuerzo. El mar de mi estómago anunció tormenta, y truenos con tropezones salieron de mi boca; después caí al suelo y me arrastré dejando un reguero de babas y comida medio digerida, mientras que con la mano alargada intentaba agarrar el pomo de la salvación, luego me dormí como jamás había dormido.<br />
Me desperté en medio de un campo, con un brazo roto y sin nada en los bolsillos, me habían robado las tarjetas de crédito agotando mi escasa cuenta bancaria. La policía dijo que no existía el número, ni el piso donde yo decía vivir. Tal vez fuera por mis ropas, o por las ojeras de mi largo e insomne encierro o por mi falta de documentos o por mis análisis de sangre que mostraban el rastro de drogas, el caso es que nadie creía mi historia.<br />
¿Qué se puede hacer sin nada ni nadie? ¿Quién puede empezar desde cero a los cincuenta? Me convertí en otra criatura de la noche. Aullando, vagabundeaba en busca de carroña al ritmo de mis necesidades. Me enganché a todo tipo de drogas que adormecieran mi rabia y mi impotencia. Mi fiel amiga suiza, mi colmillo de acero, me procuraba el sustento diario en el cruce de su reflejo con miradas espantadas. Mientras tanto mi cuerpo adelgazaba y a mi mirada se incorporaba la desesperación por seguir dormido. Los lugares volvieron a no ser importantes.<br />
Un día me desperté en un lugar muy familiar, era mi antigua casa; despintada, vomitada, consumida su esencia. Algunos restos de mis recuerdos yacían dispersos, rotos, sangrantes. El pasillo anunciaba el final del túnel y las habitaciones eran pequeñas estancias temporales hacia el final. Ahora el edificio no tenía puertas y las habitaciones se comunicaban unas con otras convergiendo hacia el centro neurálgico de la primera planta. Incluso las escaleras se habían integrado en esa increíble y única mansión de 7 pisos; una fortaleza de puertas vigiladas e historias enladrilladas, un lugar relajado donde yo podía volver a disfrutar de un espacio que era mío. Decidido a hacer de ese usufructo pasajero una propiedad permanente, busque al &#8220;vecino&#8221;. Por primera vez le vi, al menos de forma consciente. Vestido con un chándal de marca y bebiendo una bebida isotónica, estaba cargado de cadenas y su pelo recordaba los felpudos de bienvenida. Su &#8220;sofa trono&#8221;, se hallaba rodeado de un número increíble y variado de aparatos electrónicos; en las habitaciones contiguas, entre colchones hastiados, yacían desperdicios balbuceantes. Le vendí una cadenita de oro y después me uní al resto de lotófagos. Después de inhalar la promesa de la felicidad empecé a pensar como iba a cerrar mi círculo de fuego y mientras lo hacía noté como la idea rebotaba incansable en mi cabeza. Aprovechando la salida temporal de los cortesanos vencí la resistencia de mis miembros a obedecer. Tambaleándome me acerqué al gurú del sueño y le atravesé el cuello con mi navajita suiza. Mientras agonizaba incrédulo yo le contemplaba con una sonrisa ida y triunfante. Trastabillando, lleno de sangre, me dirigí a mi casa; detrás se oían gritos. Entre en mi casa reconquistada, me tumbé en mi cama y mientras los sicarios del &#8220;ex vecino&#8221; me acribillaban, yo sentía el aguijón de sus balas riendo sin dolor, disfrutando del acre perfume de la victoria.</p>
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		<title>LA MADRE, de Valentín Pérez</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Feb 2009 17:52:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ACE</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Relato]]></category>

		<category><![CDATA[Texto Taller ACE Online 2009]]></category>

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		<description><![CDATA[Las nubes habían aparecido empapadas en vino, en el licor agridulce del ocaso, mientras el sol se escondía tras verdinegras tierras de olivo y una estela dorada le seguía en la huida de un escenario abandonado a su suerte. La noche, que se acercaba lenta, lo iría ocupando con pasos callados de animal cansado, ennegreciendo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Las nubes habían aparecido empapadas en vino, en el licor agridulce del ocaso, mientras el sol se escondía tras verdinegras tierras de olivo y una estela dorada le seguía en la huida de un escenario abandonado a su suerte. La noche, que se acercaba lenta, lo iría ocupando con pasos callados de animal cansado, ennegreciendo el alto cielo que sirve de tramoya a lo sueños, a las penas y a las ilusiones de los habitantes de aquel pueblo.</p>
<p>Y en esas horas de transición, de delirio de un ocaso que proyecta sobre la vida su color cálido, su anaranjado tono somnoliento sobre casa blancas de cercos grises; a sus puertas se sientan las mujeres cargadas de ocio por la hora, por la edad, a compartir tiempos lejanos. Recuerdan vivencias que quedaron en la memoria en pequeños retazos de imágenes deslavazadas, restauradas, precisamente, por estas charlas al atardecer; hasta el punto de no saber cuáles son imágenes del recuerdo y cuáles de una imaginación excitada ante los relatos de rememoraciones ajenas.</p>
<p>Pero estas mujeres, en el semicírculo formado con sus sillas a cada puerta, parecen formar una única memoria sobre la que recostar una densa existencia recompuesta cada tarde. Rebuscan lejanos detalles que afloran a unos labios o a otros para continuar entre todas desmadejando la historia de una vida común en estas mismas calles.</p>
<p>Y a estas misma calles hoy, como todos los días, se asoma La Madre. Aparta el grueso visillo oscuro que cubre su puerta y deja, mientras sale con paso lento e inseguro, hendirse levemente en la oscuridad de su casa la moribunda luz del día.</p>
<p>Sus manos, cuyas venas producen un relieve de montes en su piel oscura, se confunden con el respaldo de la silla sobre cuya anea se sienta -¡Despacio, Madre!-, agarrándose primero con ambas manos como si montara animal indócil al que es preciso calmar para que no huya al abrupto contacto con el hombre.</p>
<p>Ya sentada comienza a destilar en sus ojos el suave jugo de su llanto que brota lento para cruzar su rostro por el camino bien conocido de los surcos de su piel; camino creado por lágrimas de tanto tiempo. Recorren las lágrimas su piel dejando una estela húmeda como los recuerdos dejan, por los cauces de la memoria, un reguero de imágenes de un dolor antiguo, y siempre renovado, que aprieta cada tarde la redonda figura de sus ojos hasta liquidar el dolor de cada día.</p>
<p>Al llegar al abismo del final de su rostro aguardan las lágrimas aún un instante, como si necesitaran un último recuerdo doloroso, antes de caer en un salto rápido e imperceptible a humedecer los pliegues oscuros de su regazo. Siguen otras lágrimas como estrellas fugaces del cansado cosmos de sus ojos mientras en el tapiz de su memoria se dibujan y desdibujan rápidamente imágenes del pasado.</p>
<p>Sus finos labios aparecen descoloridos, casi borrados, apretados fuertemente por el silencio de su dolor que los muestra pálidos en la oscuridad de la piel que los encierra. Su nariz diminuta apenas se adivina en su lugar entre el dédalo de arrugas de la edad, y el pelo recogido simula una pequeña luna blanca aderezada de manchas grises, como mares de la propia luna que ya se vislumbra entre miles de palpitaciones luminosas de una noche que se hermana, confundiéndose, con el eterno vestido negro de La Madre, con sus botines negros, con su piel negra por los años, y hasta con el alma negra del dolor.</p>
<p>Y, sin embargo, ninguno de los habitantes del pueblo, ni siquiera las mujeres que rememoran sus vidas a la última luz del día, cuando quizá sólo pasado les queda por compartir; poseen en el caudal de su memoria imagen alguna de aquella guerra, tal vez confundidos entre tantas otras. Aun así todos conocían la historia de los propios labios resecos de La Madre. Ella dibuja lentamente en el aire las imágenes de su relato para todo aquél que quiera escucharla sin prisa, pues La Madre narra despacio, con cuidado, recorriendo el árbol gigantesco de sus recuerdos desde profundas y muy lejanas raíces, perdiéndose por ramas grandes y chicas, siempre desandadas para recorrer otras y alcanzar así el punto más alto de su dolor. La Madre ahonda delicadamente en los corazones de sus hijos y de todos los que existieron cerca de ellos y cuenta cada detalle a sus oyentes que pueden ver crecer en su imaginación un universo de personajes lejanos que, sin embargo, parecen tocar con la punta de los dedos.</p>
<p>Conocían a los dos hijos de La Madre, tan distintos; el pequeño con su cabello crespo y oscuro como sus ojos siempre abiertos de par en par, acechantes en su carita redonda, morena, junto a la nariz sucia y a los labios gruesos de quien podía haber sido un gran amante. Y el mayor, de cabello largo y lacio, de largo rostro acabado en aquel gracioso mentón que tanta admiración levantara, tan pequeño como una avellana bajo sus finos labios rosados. Sus ojos tal vez nacieron oscuros como los de su hermano pero acabaron aclarándose por las lágrimas derramadas que contenían al sol un instante en sus pupilas. Así eran los hijos de La Madre, así los conocieron de sus labios todos los habitantes del pueblo maravillados por lo dispar de la belleza de los dos hermanos.</p>
<p>Sabían como el mayor, el de los ojos claros, escribía versos en cualquier papel que encontrara con su caligrafía garabateada, y sabían cómo aquellos versos dibujaban, abrazándola, la figura de una muchacha, también conocida de labios de La Madre, que comenzaba a nacer a las formas de mujer entre las que acabó perdiéndose como por un laberinto sin salida. Era recordada por La Madre descollando entra la flor de juventud de las compañeras de juego, envuelta en tela blanca de primavera, con sus largos cabellos, habitados por el sol, acariciando sus hombros delicados. Y aquel cuerpo infantil era cuidado como propio por una madre ya opulenta que alguna vez, confesaba, fue quizá tan hermosa como su hija. Quizás, decía, y lloraba sin lágrimas sintiéndose extraña en su nuevo cuerpo de mujer casada que nunca aceptó como suyo. Pero su hija acabó perdida en sus propias formas de mujer soñada, acabó perdiéndose en la locura que, ella sabía, su mirada hiriente producía en los hombres. Pero todo eso fue después, cuando se marchó del pueblo con un destino incierto; mucho después de que también los hijos de La Madre se marcharan.</p>
<p>Con quince años el mayor, con doce el pequeño; aquel que apandillara a todos los jóvenes del pueblo para iniciar la búsqueda de un tesoro que, la leyenda aseguraba, escondieron en los montes un puñado de ladrones antes de ser asesinados por decenas de soldados que los persiguieron sin tregua durante semanas, durmiendo sobre caballos que se perseguía unos a otros cargados de sueños de jinete. Los alcanzaron cuando el sol pujante desgarraba las formas oscuras de un noche ya moribunda y de la misma forma los soldados los mataron, desgarrándoles la vida, sin darles siquiera tiempo de ver llegar la muerte, aunque la hubieran sentido siempre cabalgando a su lado como fiel amante. Los soldados dejaron aquellos cadáveres insepultos y las almas que un tiempo habitaron aquellos cuerpos que comenzaban a fundirse con la tierra, vagan ahora por los montes protegiendo un tesoro imposible de apresar con inmateriales manos; por ello se oyen sus gemidos en la noche, sus gritos de desconsuelo por no poder poseer un tesoro del que tampoco son capaces de separarse.</p>
<p>Aquel joven de cabello rizado rastreó aquellas tierras llenándolas de ojos oscuros, testigos de su búsqueda, hasta que se cansó de perseguir un tesoro tan fantasma como quienes se suponían sus protectores. Pero se lanzó a una nueva aventura sólo por el placer de correr tras de algo, por perseguir una ilusión cuya persecución es, a veces, la propia felicidad.</p>
<p>Sí, aquellos muchachos fueron, como asegura La Madre, lo mejor de los vástagos del pueblo. El pequeño por su constante alegría, por sus fantasías contagiosas que acababan por anegar las almas de todos hasta obligarlos a participar en el mundo nebuloso de su ilusión. El mayor era, en cambio, el único que sabía leer y escribir. Aprendió sólo, nadie sabe de qué forma, en aquellos viejos libros que su padre dejara en el mismo arcón en el que los encontrara muchos años antes, cuando aún era navegante por otras aguas o tal vez, como algunos maldijeron, filibustero de mares fríos.</p>
<p>Pasando con cuidado las láminas de luna de pálidas hojas leía aquellos libros a todo el que se lo pedía -aunque muchos sospechaban que tan sólo inventaba- en las horas en que el tiempo se queda colgado entre el día y la noche y uno no sabe qué hacer. Escribía también rimas a todas las jóvenes que guardaban como un tesoro aquellos papeles emborronados que no entendía, pero que disfrutaban oyéndole recitar, con el céfiro apacible de su voz, los versos al retazo de cielo de tu mirada, al ritmo alegre del alud de tu risa; pero ningunos tan hermosos como los que escribía a su amada secreta cuya identidad, sólo conocida por él y La Madre, ocultaba bajo un mar de encendidas palabras de amor.</p>
<p>Pero todo eso fue antes de que el pueblo se inundara con el eco espeso de una nueva guerra, antes de que al pueblo llegara un puñado de soldados, malvestidos con el frío de jirones de sus ropas, para cargar en una vieja carreta a todo el que podía sujetar un arma. Quedaron, envueltos en el aire húmedo de sus llantos, las mujeres, los niños que casi no alcanzaban a agarrarse a las faldas de sus madres, y los viejos que ni siquiera servían para ser matados en una nueva guerra que apenas duraba unos meses se acababa para volver a empezar, aunque dijeran que era otra, la misma guerra una y otra vez.</p>
<p>Ahora todos conocían la historia casi tan bien como la propia Madre, incluso el joven pintor había acertado a retratar a los dos muchachos gracias a la increíble evocación de aquella mujer que parecía haber vaciado cada estancia de su memoria para contener todos los recuerdos referentes a sus dos hijos. Ella cree verlos volver cuando mira esos lienzos de colores cálidos que aprieta fuertemente contra su pecho, como a cada uno de sus hijos cuando regresaban de sus ilusiones para asirse a la realidad de una madre capaz de interpretar los balbuceos de su dolor. Sin embargo, todos sabían cómo marcharon en aquella carreta aserrada por el viento, tirada por una extraña osamenta recubierta con una oscura manta deshilachada que resultó ser la piel de un viejo caballo, también veterano de tantas guerras, lleno de moscas y de cansancio. Así marcharon y no volvieron como no volvieron ninguno de los que subieron a esa u otra carreta, abandonando los esbozados futuros de sus vidas a los pies de quienes lloraban su partida, como un equipaje olvidado.</p>
<p>Desde entonces quedó La Madre llorando en silencio en los ocasos de cada día, cumpliendo así el rito del dolor con suaves lágrimas que caen una tras otra acariciando con cariño su rostro de oscura luna derramada.</p>
<p>Y mientras, se acaba el tiempo de charlar al atardecer; la noche ha terminado por rellenar cada hueco del pueblo y las mujeres se retiran con la memoria revivida, con un fuego de recuerdo ardiendo en sus cabezas, y entran en sus casas arrastrando sus sillas de anea.</p>
<p>A La Madre, en cambio, se la ve con los ojos cerrados, con una lágrima solitaria recorriendo su piel antigua; una última lágrima de despedida que surge bajo sus párpados caídos y baja lentamente en obligados meandros hasta caer en su regazo como ella misma, La Madre, en el regazo de la muerte.</p>
<p>Las ancianas la vieron dejar caer un brazo, la vieron reclinar la cabeza sobre un hombro, y vieron como la vida que aún le quedaba se alejaba en aquella postrera lágrima del dolor de una pérdida.</p>
<p>Y todos comprendieron que estaba muerte, La Madre.</p>
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		<title>HAIKUS, de Walter Mondragón</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Feb 2009 17:11:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ACE</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Haiku]]></category>

		<category><![CDATA[Texto Taller ACE Online 2009]]></category>

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		<description><![CDATA[I
Ocurre un crimen
los guardias se apresuran
a inculpar a alguien.
II
Las heliconias;
bordes flores intensas,
como muchachas.
III
Vuelve el invierno:
el río enfurecido,
arrancó el puente.
IV
Libro en mano
señaló el camino
el gran maestro.
V
La mariposa,
en los mares del aire
velero airoso.
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>I</p>
<p>Ocurre un crimen<br />
los guardias se apresuran<br />
a inculpar a alguien.</p>
<p>II</p>
<p>Las heliconias;<br />
bordes flores intensas,<br />
como muchachas.</p>
<p>III</p>
<p>Vuelve el invierno:<br />
el río enfurecido,<br />
arrancó el puente.</p>
<p>IV</p>
<p>Libro en mano<br />
señaló el camino<br />
el gran maestro.</p>
<p>V</p>
<p>La mariposa,<br />
en los mares del aire<br />
velero airoso.</p>
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		<title>EL SUERO DEL DOCTOR VARANESCU 2, de Pedro Gomez</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Feb 2009 23:08:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ACE</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Relato]]></category>

		<category><![CDATA[Texto Taller ACE Online 2009]]></category>

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		<description><![CDATA[ 
Bucarest, 7 de Octubre de 1980.
Hoy he recibido por escrito la confirmación de mi traslado. La muerte del doctor Varanescu ha dejado al equipo médico, en el que me incluyo, sumido en una profunda ansiedad. Si antes estábamos sobrecargados de trabajo, ahora es mucho peor y hay quienes enlazan unos turnos con otros, sin encontrar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: left;"> </p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt; text-align: left;"><span style="font-size: small; font-family: Times New Roman;">Bucarest, 7 de Octubre de 1980.</span></p>
<p>Hoy he recibido por escrito la confirmación de mi traslado. La muerte del doctor Varanescu ha dejado al equipo médico, en el que me incluyo, sumido en una profunda ansiedad. Si antes estábamos sobrecargados de trabajo, ahora es mucho peor y hay quienes enlazan unos turnos con otros, sin encontrar una compensación económica a tanto esfuerzo.<br />
Algo no funciona y por si la escasez de personal no fuera suficiente, las paredes se caen en algunas partes del viejo edificio, atacadas por una humedad que cobra especial virulencia en esta época del año.<br />
Al entrar en el que, a partir de ahora será mi nuevo emplazamiento, lo que en los hospitales norteamericanos suelen llamar con cierto sentido del humor la morgue, es decir, el depósito y la sala de autopsias, he notado más que nunca el olor del yeso hidratado y me ha bastado mirar al techo para localizar enseguida dos manchas enormes con los característicos contornos de salitre que, año tras año, dejan su huella en un ineludible calendario.<br />
Sobre la mesa reposa ya el cuerpo del primer -y espero que único- cliente del día. Un tal 725/80, varón, 1&#8242;80, 85 kg, caucásico, pelo rubio y ojos grises. Su hígado dejó de funcionar y el tipo entró en un coma hepático que se prolongó casi cuatro meses. He de extraer el órgano para posterior estudio anatomopatológico y realizar las pruebas rutinarias de control.<br />
Al acabar mi trabajo suturo con cuidado todas las incisiones e introduzco el cuerpo en su cámara, tras anotar en una etiqueta su número de registro y algunos otros datos personales. Cuelgo la etiqueta en el pulgar de su pie derecho y cierro.<br />
Lamento mucho la suciedad que nos rodea. No me parece serio trabajar sobre un suelo lleno de manchas oscuras, pero estoy cansado de decirlo, así que no voy a cometer el error de perder mi precioso tiempo haciéndolo una vez más. En los quirófanos es más importante cuidar la higiene y también allí da asco entrar.<br />
Creo que hoy no va a venir nadie más, así que aprovecho para repasar algunas de las notas de trabajo del doctor Varanescu.<br />
Cuando le sorprendió la muerte realizaba diversas investigaciones sobre el rechazo en órganos trasplantados. Su prestigio como cirujano le convirtió en pionero de algunas técnicas avanzadas para la reutilización de vísceras humanas, aunque muchos dijeron que sus procedimientos no eran muy adecuados por cuanto se había valido de algunos pacientes a los que directamente había utilizado como conejillos de indias.<br />
Nunca pudo demostrarse este hecho, si bien es cierto -y lo compruebo al analizar sus notas de campo-, mantenía una relación muy directa con los laboratorios farmacológicos para la experimentación de un suero reanimador-conservador cuyos efectos debió juzgar decisivos para su trabajo. Este suero denominado ASC-1 impide la proliferación de microorganismos en los tejidos muertos, conservando los cadáveres -siempre según sus apuntes-, de un modo que no dudaría en calificar de prodigioso.<br />
La aplicación del ASC-1 parece además beneficiosa en órganos recién extraídos para aumentar el tiempo disponible hasta su nueva reimplantación.<br />
Curioso. Me gustaría llevarme las notas, pero como supongo que las altas instancias sanitarias las están buscando y que no tardarán en caer por aquí para recuperarlas, prefiero evitarme el mal trago de tener que darles explicaciones.<br />
Aquí están esas notas y aquí seguirán hasta que se las lleven.</p>
<p>* * *</p>
<p>Bucarest, 8 de Octubre de 1980.</p>
<p>Todavía no han venido a por el 725/80. Tampoco a por los apuntes del doctor Varanescu. Los trámites burocráticos hacen cada día más imprevisible el comportamiento de las instituciones.<br />
Destapo la cámara del 725/80. El óxido se desliza entre las bisagras de la puerta. Espero comenzar a percibir el olor desagradable del cadáver, ya que las condiciones de humedad no son las óptimas para su conservación.<br />
Como ilustración de lo que digo, baste mencionar el hecho de que hoy han tenido que colocar una palangana debajo de la mancha del techo, la cual ha acabado transformándose en gotera. La cañería que pasa por ese punto procedente de los servicios es algo así como una extremidad gangrenada.<br />
Me lo tomo con humor y les digo a mis compañeros que la Dirección ha decidido ponerme hilo musical mientras trabajo, el &#8220;glup&#8221;, &#8220;glup&#8221; insistente y machacón de las gotas, al caer en la palangana.<br />
Para mi sorpresa, el 725/80 aún no huele. Incluso me atrevería a decir que tiene mejor aspecto que ayer. No me gusta bromear con esto, pero reconozco que hay algo de cómico en los cambios de aspecto de un cadáver.<br />
Hoy estoy de retén. A las 11&#8242;20 a.m. llaman del quirófano de urgencias y he de apresurarme y subir para ayudar en una intervención abdominal. Me despido de mi amigo 725/80 y voy hacia el ala de urgencias.<br />
Dos horas después estoy de vuelta y la mujer a la que intervenimos ha pasado a ser mi cliente 726/80.<br />
La intervención no fue muy bien.<br />
El caso era complicado: una peritonitis aguda que nos llegó demasiado tarde.<br />
Procedo a la necropsia.</p>
<p>* * *</p>
<p>Bucarest, 9 de Octubre de 1980.</p>
<p>El 725/80 aún no ha sido retirado. Esto está colmando mi paciencia. Destapo la cámara y examino el cadáver. Continúa conservando un aspecto saludable. Mis pensamientos jocosos se disipan al observar un hecho extraordinario e inquietante: ¡los cierres de la intervención post-mortem han comenzado a cicatrizar!<br />
Sitúo el cuerpo sobre la mesa para un análisis más detallado. Retiro la sutura de una de las disecciones y compruebo que, en efecto, ésta ha cicatrizado por completo y en mucho menos tiempo del que lo haría en un sujeto vivo.<br />
Me traen el 727/80. Hembra, 96 años, 1&#8242;48, 40 kg. Debo despejar la mesa, así que introduzco al 725/80 en su cámara. Por el momento no quiero hablar con nadie de mi descubrimiento. Antes prefiero saber un poco mejor qué está sucediendo.</p>
<p>* * *</p>
<p>Bucarest, 10 de Octubre de 1980.</p>
<p>El 725/80 aún no ha sido retirado. Le he quitado todas las suturas y observo que apenas han quedado unas mínimas cicatrices. Creo que debo comunicar el hecho a la dirección antes de que se lleven el cuerpo. Podría tratase de algún extraño fenómeno de muerte aparente y no quisiera que este pobre sujeto despertara en el interior de su propio ataúd.<br />
Lo único que parece obvio es que durante los últimos días no ha recibido alimento alguno, con lo que de seguir existiendo en él algún sucedáneo de la vida, intuyo no habrá de ser por mucho tiempo.<br />
Examino a fondo su historial. Se emplearon todas las técnicas de reanimación del protocolo, pero no fue posible hacer nada por él. Parece un caso bastante claro y no entiendo muy bien por qué razón le mantuvieron vivo todo ese tiempo.<br />
Al fin alguien llega para retirar el cadáver. No se trata de los servicios funerarios sino de dos celadores quienes dicen haber recibido instrucciones para llevarlo a quirófano.<br />
No entiendo nada. Mañana preguntaré.</p>
<p>* * *</p>
<p>Bucarest, 11 de Octubre de 1980.</p>
<p>Observo que el 725/80 ha sido devuelto a su nicho junto con una nota interior del Director en la que se me ruega que lo mantenga allí por algún tiempo.<br />
Examino el cuerpo. Presenta suturas en la caja torácica. Empiezo a tener sospechas muy fundadas de que alguien está utilizando este cadáver de un modo más bien poco justificable. Desprendo las suturas y compruebo cómo la membrana pleural ha sido igualmente cosida.<br />
Levanto las costuras y siento un mareo extraño. En apenas un instante me he dado cuenta de que los párpados se han movido y ha acudido a mi mente tal cúmulo de horribles pensamientos que he debido sujetarme en las amarillentas paredes para no caer al suelo.<br />
Presa de cierto pánico, realizo varias pruebas para saber si hay vida en este pobre hombre, respecto al cual empiezo a sentir un indefinible espíritu de solidaridad.<br />
No cabe duda: está muerto. No obstante, sus tejidos han recuperado algún color y no he olvidado que sus heridas cicatrizaron mucho después de ser extendido el certificado en el que se aseguraba su deceso.<br />
Termino de quitar los últimos puntos. Uno de sus pulmones presenta un extraño color. No, no es un pulmón. El pulmón ha sido extraído y en su lugar han colocado una prótesis quizás para garantizar que las contracciones de los tejidos -las cuales se aprecian como de una violencia inusual-, remarquen la ausencia del órgano.<br />
También falta el músculo cardial.<br />
Cierro el cuerpo. Me gustaría pedirle perdón, pues tengo la sensación de que de algún modo le he hecho sufrir.<br />
Subo al departamento de Cirugía Cardiovascular y en el camino me encuentro a una compañera de Pediatría. En realidad más que compañera, se trata de una auténtica amiga.<br />
No estudiamos la carrera juntos, pero coincidimos en varias becas para post-grados, algunas de ellas fuera del país. Por la forma en que me mira, es evidente que quiere decirme algo.<br />
El hospital ha sido rodeado por la policía debido a un reciente ingreso. Presiento que ella desea hablarme de eso. Aquí, sólo cuando existe auténtica confianza entre dos personas -como es el caso de mi amiga la pediatra y yo-, se establece un flujo más o menos regular en el intercambio de información no estrictamente profesional. A veces y para ciertos casos, ni siquiera es suficiente con una amistad íntima.<br />
Tomamos el ascensor.<br />
- ¿Dónde vas?<br />
- A cardiovascular&#8230; ¿Tú?<br />
- Un piso antes que el tuyo.<br />
Ella marca su planta y el ascensor, viejo y escasamente seguro, comienza a temblar mientras asciende.<br />
- ¿Has visto todo este lío?<br />
- Ya&#8230; Hay policía por todas partes.<br />
- Ayer ingresaron a alguien. Alguien&#8230; ya sabes.<br />
- ¿A quién?<br />
- No está muy claro. Necesitaba un trasplante&#8230; Esta es mi planta. Luego te veo.<br />
Pulso la mía y reflexiono. La palabra trasplante martillea en mi cabeza, musical e inquietante, como el leit motiv de una pesadilla.<br />
Entro disimuladamente en el archivo de historiales de la planta. Me he dado cuenta de que el acceso a uno de los pasillos está flanqueado por más guardias de mirada fría. He debido vencer el miedo para no actuar de un modo sospechoso y seguir adelante en mi modesta investigación.<br />
Busco entre los historiales de los últimos pacientes ingresados, uno con fecha del día anterior que haya recibido un trasplante. No me es difícil encontrarlo ya que no se hace este tipo de intervención todos los días.<br />
Verifico: corazón y pulmón izquierdo.<br />
Alguien se acerca y percibo que va a abrir la puerta de un momento a otro. Como no me da tiempo a salir sin ser visto, trato de ser natural, devuelvo el historial a su sitio y saco otro al azar.<br />
Es un miembro del equipo de Cirugía Cardiovascular. Desliza su mirada por encima de mi hombro e identifica, casi inmediatamente, el historial que tengo entre las manos.<br />
- Si mal no recuerdo, ese salió de aquí hace un año. ¿Qué es lo que quieres saber de él?<br />
- Nada importante. Estoy haciendo una estadística sobre algunos fármacos.<br />
El cirujano se encoge de hombros. Se ha creído lo que le he dicho, aunque no por ello comprende muy bien qué me propongo.<br />
- Como quieras. Si necesitas saber algo más, pregúntame a mí. Yo le traté, así que es posible que aún conserve algunas notas en mi diario.<br />
- Gracias.<br />
Guardo el expediente y abandono la planta.</p>
<p>* * *</p>
<p>Bucarest, 12 de Octubre de 1980.</p>
<p>Se confirman mis sospechas.<br />
Se están utilizando cadáveres para aprovechar sus órganos entre los miembros de la élite dirigente. Mi pregunta es: ¿Cuáles son las consecuencias exactas de la aplicación del suero ASC-1 del doctor Varanescu? ¿Sigue existiendo en los cuerpos alguna capacidad para sentir? Estos dos temores me atenazan.<br />
Me es imposible olvidar los párpados del 725/80. Pude percibir en ellos una ligera vibración que espero fuese sólo la consecuencia de un movimiento reflejo.<br />
Abro la cámara y veo que han vuelto a sacar el cadáver. Mi reacción inmediata es acudir a la recepción del centro y buscar en el libro de intervenciones si hay algún trasplante programado para hoy.<br />
Ninguno. En un primer momento pienso que todo este extraño tráfico de órganos se lleva en secreto y que por esa razón la intervención no se registra en el correspondiente libro, pero al pasar algunas páginas hacia atrás descubro que la operación del alto funcionario sí está registrada.<br />
Hablo con varias personas responsables y todos me aseguran que no está prevista ninguna intervención de trasplante para el día de hoy, aunque ya se sabe que esa especialidad es imprevisible. Me informo entre los celadores si alguien ha retirado al 725/80, suponiendo que finalmente el cuerpo ha sido entregado en la funeraria. Ninguno puede decirme nada del 725/80 por lo que miro en el libro de salidas, donde tampoco figura.<br />
De nuevo estoy en la morgue, abro la cámara y encuentro al 725/80. En su sitio. Esto es de locos. ¿Quién se dedica a sacar cadáveres del depósito y a volver a dejarlos allí después de darles un paseo?<br />
Viendo su rostro me doy cuenta de que la cara del 725/80 muestra una extraña sonrisa. Tiene sangre en la boca. Aún levemente líquida, sin coagulación. Quizás se ha producido una hemorragia interna, pues la sustancia con la que el cadáver ha sido tratado es altamente anticoagulante. Limpio sus labios y descubro algo entre sus dientes. Un fragmento de tejido. Lo introduzco en un bote para posterior análisis.<br />
Entran en ese instante al 728/80, hembra, 21 años, 1&#8242;70, 56 kg. Su abdomen está literalmente destrozado, como si una fiera hubiese devorado sus entrañas. Junto a los celadores viene un inspector médico. Me dice que debo realizar un informe completo para determinar qué o quién pudo realizar los desgarros. Le pregunto dónde han encontrado el cuerpo y el inspector aguarda la salida de los celadores antes de responder.<br />
- Aquí, doctor&#8230; En este hospital. Naturalmente, esto es algo que no debe saberse.<br />
- Pero&#8230;<br />
- Si hay algún animal suelto o han sido las ratas, intentaremos que no vuelva a ocurrir, pero lo más importante es que no se sepa nunca lo que ha sucedido.<br />
Comienzo la autopsia en presencia del inspector. Los desgarros responden en efecto a las dentelladas de algún animal, pero no exactamente una rata.<br />
- Los dientes de una rata son demasiado finos para hacer esto&#8230;<br />
Sobre la piel descubrimos con nitidez la marca de un mordisco que no llegó a culminar en desgarro. El arco dental ha dejado una huella de siete centímetros en su parte más ancha y una separación de tres y medio en los puntos de mayor profundidad.<br />
Empiezo a sentirme mal.<br />
- ¿Qué le ocurre?<br />
- Tres centímetros y medio de separación en los puntos de mayor penetración&#8230; Fíjese bien en las huellas: cuatro incisivos, dos caninos, cuatro premolares y seis molares.<br />
- ¿Está intentando decirme que se trata de una mordedura humana?<br />
- No hay ninguna duda.<br />
Examino el fragmento que extraje de la boca del 725/80, lo saco del bote y a simple vista me doy cuenta de que pertenece a una parte de tejido intestinal del 728/80. Solicito comparativa a laboratorio donde me confirman tal expectativa.</p>
<p>* * *</p>
<p>Bucarest, 13 de Octubre de 1980.</p>
<p>Al fin he logrado hablar con el Director. Le explico que por mi trabajo me mantengo al corriente de las extrañas intervenciones de trasplante que se están efectuando en el hospital y trato de hacerle ver que los organismos de los cuales extraen las vísceras trasplantables no están totalmente muertos, así como mi más absoluta convicción de que el cuerpo 725/80 ha salido de su nicho, ha buscado un cuerpo indefenso -el de una joven paciente en post-operatorio- y se ha alimentado literalmente de él.<br />
El director me mira como si estuviese ante un loco; lamenta mis insinuaciones sobre los trasplantes y manifiesta que mi tesis es completamente absurda. Ni siquiera reconoce que el suero del doctor Varanescu para la conservación de tejidos esté siendo utilizado.<br />
- Además&#8230; Si todo esto fuera cierto, ¿no encuentra extraño que un cuerpo humano sometido a la permanente extracción de sus vísceras no intente escapar de aquí, si realmente dispone de esa capacidad locomotriz que usted le atribuye?<br />
- No sé&#8230; Quizás responde a una conducta primaria. Buscar alimento y volver al nido. El nicho, en este caso.<br />
- En mi opinión creo que necesita usted unas vacaciones. Lamentablemente, las necesidades del servicio me impiden dárselas. Su trabajo en la morgue le está perjudicando psicológicamente. Es normal, no todo el mundo está preparado para algo tan duro&#8230; Creo que voy a cambiarle de departamento. Será lo mejor.</p>
<p>* * *</p>
<p>No fue lo mejor, pero quizás sí lo más lógico.<br />
De no haber hecho intento alguno por investigar estos sucesos, seguramente habría seguido trabajando en pediatría, junto a mi amiga y habría podido ser feliz incluso.<br />
Mi primer error fue seguir haciendo investigaciones por libre y el segundo confiarle a ella el resultado de las mismas. Debía haber accedido a considerar el hecho con la misma indiferencia de algunos otros compañeros que estaban en el secreto.<br />
Me comporté de un modo humanamente estúpido al creerme mejor que ellos, como quizás lo hizo el propio doctor Varanescu al comprobar que el fruto de sus investigaciones no estaba siendo utilizado de un modo deontológicamente aceptable.<br />
La consecuencia es que hoy, pasado más de un mes, he sido nuevamente destinado al depósito, pero esta vez en calidad de cliente. Del dedo gordo de mi pie izquierdo cuelga una etiqueta con el número 792/80.<br />
Cada tres o cuatro días vienen los celadores, me llevan a quirófano y una vez allí empiezan a extraer una nueva víscera. El suero del doctor Varanescu actúa a través del sistema nervioso. Por esta razón no separan los órganos del sujeto hasta que van a ser utilizados y por esta razón también, el cerebro sigue vivo, sintiendo cada una de las incisiones, pensando y recordando.<br />
Cuando en el transcurso de la extracción el cuerpo atado a la mesa de operaciones se convulsiona, ellos aseguran que se trata sólo de movimientos reflejos, fruto de la inervación del sistema periférico sobre algunos músculos.<br />
Aunque ya no me es posible discutirlo con mis colegas, me gustaría hacerles ver su error. Es cierto que el cerebro no recibe sangre, pero imagino que el propio suero sustituye esta necesidad.<br />
Si no fuese así, ¿por qué estaría yo pensando en todo esto? Seguramente ellos dirían que son pensamientos maquinales e inconexos, igual que mis movimientos, los que me incitarían a salir del nicho y buscar carne fresca cada cierto tiempo, si no fuera porque esta vez han tomado la precaución de atarme de pies y manos.<br />
Por cierto, he comprendido que el 725/80 jamás volvió por su propio pie, sino que fue repuesto a la fuerza en su nicho. Aquél espectáculo se comenta con frecuencia entre el restringido personal que accede hasta mí.<br />
Eso no significa que esté sufriendo. A veces sí y a veces no, como en la vida misma. Tengo hambre y sed. Deseos que espero ver saciados algún día.<br />
La joven compañera que me sustituye, piensa exactamente como yo. Por eso suele hablarme cuando estamos a solas. Lo hace con su mejor intención, para consolarme, yo lo se, pero&#8230; a pesar de ello, al ver su delicada yugular a través de la escasa apertura de mis párpados, siento un incontenible deseo de que se decida a dar el paso y suelte los correajes que me mantienen inmóvil.<br />
Se que, más tarde o más temprano, acabará haciéndolo.<br />
Bucarest, 15 de Noviembre de 1980.</p>
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