Blog Taller de Literatura ACE

25 Febrero 2009

LA MADRE, de Valentín Pérez

Archivado en: Relato — Etiquetas: — ACE @ 17:52

Las nubes habían aparecido empapadas en vino, en el licor agridulce del ocaso, mientras el sol se escondía tras verdinegras tierras de olivo y una estela dorada le seguía en la huida de un escenario abandonado a su suerte. La noche, que se acercaba lenta, lo iría ocupando con pasos callados de animal cansado, ennegreciendo el alto cielo que sirve de tramoya a lo sueños, a las penas y a las ilusiones de los habitantes de aquel pueblo.

Y en esas horas de transición, de delirio de un ocaso que proyecta sobre la vida su color cálido, su anaranjado tono somnoliento sobre casa blancas de cercos grises; a sus puertas se sientan las mujeres cargadas de ocio por la hora, por la edad, a compartir tiempos lejanos. Recuerdan vivencias que quedaron en la memoria en pequeños retazos de imágenes deslavazadas, restauradas, precisamente, por estas charlas al atardecer; hasta el punto de no saber cuáles son imágenes del recuerdo y cuáles de una imaginación excitada ante los relatos de rememoraciones ajenas.

Pero estas mujeres, en el semicírculo formado con sus sillas a cada puerta, parecen formar una única memoria sobre la que recostar una densa existencia recompuesta cada tarde. Rebuscan lejanos detalles que afloran a unos labios o a otros para continuar entre todas desmadejando la historia de una vida común en estas mismas calles.

Y a estas misma calles hoy, como todos los días, se asoma La Madre. Aparta el grueso visillo oscuro que cubre su puerta y deja, mientras sale con paso lento e inseguro, hendirse levemente en la oscuridad de su casa la moribunda luz del día.

Sus manos, cuyas venas producen un relieve de montes en su piel oscura, se confunden con el respaldo de la silla sobre cuya anea se sienta -¡Despacio, Madre!-, agarrándose primero con ambas manos como si montara animal indócil al que es preciso calmar para que no huya al abrupto contacto con el hombre.

Ya sentada comienza a destilar en sus ojos el suave jugo de su llanto que brota lento para cruzar su rostro por el camino bien conocido de los surcos de su piel; camino creado por lágrimas de tanto tiempo. Recorren las lágrimas su piel dejando una estela húmeda como los recuerdos dejan, por los cauces de la memoria, un reguero de imágenes de un dolor antiguo, y siempre renovado, que aprieta cada tarde la redonda figura de sus ojos hasta liquidar el dolor de cada día.

Al llegar al abismo del final de su rostro aguardan las lágrimas aún un instante, como si necesitaran un último recuerdo doloroso, antes de caer en un salto rápido e imperceptible a humedecer los pliegues oscuros de su regazo. Siguen otras lágrimas como estrellas fugaces del cansado cosmos de sus ojos mientras en el tapiz de su memoria se dibujan y desdibujan rápidamente imágenes del pasado.

Sus finos labios aparecen descoloridos, casi borrados, apretados fuertemente por el silencio de su dolor que los muestra pálidos en la oscuridad de la piel que los encierra. Su nariz diminuta apenas se adivina en su lugar entre el dédalo de arrugas de la edad, y el pelo recogido simula una pequeña luna blanca aderezada de manchas grises, como mares de la propia luna que ya se vislumbra entre miles de palpitaciones luminosas de una noche que se hermana, confundiéndose, con el eterno vestido negro de La Madre, con sus botines negros, con su piel negra por los años, y hasta con el alma negra del dolor.

Y, sin embargo, ninguno de los habitantes del pueblo, ni siquiera las mujeres que rememoran sus vidas a la última luz del día, cuando quizá sólo pasado les queda por compartir; poseen en el caudal de su memoria imagen alguna de aquella guerra, tal vez confundidos entre tantas otras. Aun así todos conocían la historia de los propios labios resecos de La Madre. Ella dibuja lentamente en el aire las imágenes de su relato para todo aquél que quiera escucharla sin prisa, pues La Madre narra despacio, con cuidado, recorriendo el árbol gigantesco de sus recuerdos desde profundas y muy lejanas raíces, perdiéndose por ramas grandes y chicas, siempre desandadas para recorrer otras y alcanzar así el punto más alto de su dolor. La Madre ahonda delicadamente en los corazones de sus hijos y de todos los que existieron cerca de ellos y cuenta cada detalle a sus oyentes que pueden ver crecer en su imaginación un universo de personajes lejanos que, sin embargo, parecen tocar con la punta de los dedos.

Conocían a los dos hijos de La Madre, tan distintos; el pequeño con su cabello crespo y oscuro como sus ojos siempre abiertos de par en par, acechantes en su carita redonda, morena, junto a la nariz sucia y a los labios gruesos de quien podía haber sido un gran amante. Y el mayor, de cabello largo y lacio, de largo rostro acabado en aquel gracioso mentón que tanta admiración levantara, tan pequeño como una avellana bajo sus finos labios rosados. Sus ojos tal vez nacieron oscuros como los de su hermano pero acabaron aclarándose por las lágrimas derramadas que contenían al sol un instante en sus pupilas. Así eran los hijos de La Madre, así los conocieron de sus labios todos los habitantes del pueblo maravillados por lo dispar de la belleza de los dos hermanos.

Sabían como el mayor, el de los ojos claros, escribía versos en cualquier papel que encontrara con su caligrafía garabateada, y sabían cómo aquellos versos dibujaban, abrazándola, la figura de una muchacha, también conocida de labios de La Madre, que comenzaba a nacer a las formas de mujer entre las que acabó perdiéndose como por un laberinto sin salida. Era recordada por La Madre descollando entra la flor de juventud de las compañeras de juego, envuelta en tela blanca de primavera, con sus largos cabellos, habitados por el sol, acariciando sus hombros delicados. Y aquel cuerpo infantil era cuidado como propio por una madre ya opulenta que alguna vez, confesaba, fue quizá tan hermosa como su hija. Quizás, decía, y lloraba sin lágrimas sintiéndose extraña en su nuevo cuerpo de mujer casada que nunca aceptó como suyo. Pero su hija acabó perdida en sus propias formas de mujer soñada, acabó perdiéndose en la locura que, ella sabía, su mirada hiriente producía en los hombres. Pero todo eso fue después, cuando se marchó del pueblo con un destino incierto; mucho después de que también los hijos de La Madre se marcharan.

Con quince años el mayor, con doce el pequeño; aquel que apandillara a todos los jóvenes del pueblo para iniciar la búsqueda de un tesoro que, la leyenda aseguraba, escondieron en los montes un puñado de ladrones antes de ser asesinados por decenas de soldados que los persiguieron sin tregua durante semanas, durmiendo sobre caballos que se perseguía unos a otros cargados de sueños de jinete. Los alcanzaron cuando el sol pujante desgarraba las formas oscuras de un noche ya moribunda y de la misma forma los soldados los mataron, desgarrándoles la vida, sin darles siquiera tiempo de ver llegar la muerte, aunque la hubieran sentido siempre cabalgando a su lado como fiel amante. Los soldados dejaron aquellos cadáveres insepultos y las almas que un tiempo habitaron aquellos cuerpos que comenzaban a fundirse con la tierra, vagan ahora por los montes protegiendo un tesoro imposible de apresar con inmateriales manos; por ello se oyen sus gemidos en la noche, sus gritos de desconsuelo por no poder poseer un tesoro del que tampoco son capaces de separarse.

Aquel joven de cabello rizado rastreó aquellas tierras llenándolas de ojos oscuros, testigos de su búsqueda, hasta que se cansó de perseguir un tesoro tan fantasma como quienes se suponían sus protectores. Pero se lanzó a una nueva aventura sólo por el placer de correr tras de algo, por perseguir una ilusión cuya persecución es, a veces, la propia felicidad.

Sí, aquellos muchachos fueron, como asegura La Madre, lo mejor de los vástagos del pueblo. El pequeño por su constante alegría, por sus fantasías contagiosas que acababan por anegar las almas de todos hasta obligarlos a participar en el mundo nebuloso de su ilusión. El mayor era, en cambio, el único que sabía leer y escribir. Aprendió sólo, nadie sabe de qué forma, en aquellos viejos libros que su padre dejara en el mismo arcón en el que los encontrara muchos años antes, cuando aún era navegante por otras aguas o tal vez, como algunos maldijeron, filibustero de mares fríos.

Pasando con cuidado las láminas de luna de pálidas hojas leía aquellos libros a todo el que se lo pedía -aunque muchos sospechaban que tan sólo inventaba- en las horas en que el tiempo se queda colgado entre el día y la noche y uno no sabe qué hacer. Escribía también rimas a todas las jóvenes que guardaban como un tesoro aquellos papeles emborronados que no entendía, pero que disfrutaban oyéndole recitar, con el céfiro apacible de su voz, los versos al retazo de cielo de tu mirada, al ritmo alegre del alud de tu risa; pero ningunos tan hermosos como los que escribía a su amada secreta cuya identidad, sólo conocida por él y La Madre, ocultaba bajo un mar de encendidas palabras de amor.

Pero todo eso fue antes de que el pueblo se inundara con el eco espeso de una nueva guerra, antes de que al pueblo llegara un puñado de soldados, malvestidos con el frío de jirones de sus ropas, para cargar en una vieja carreta a todo el que podía sujetar un arma. Quedaron, envueltos en el aire húmedo de sus llantos, las mujeres, los niños que casi no alcanzaban a agarrarse a las faldas de sus madres, y los viejos que ni siquiera servían para ser matados en una nueva guerra que apenas duraba unos meses se acababa para volver a empezar, aunque dijeran que era otra, la misma guerra una y otra vez.

Ahora todos conocían la historia casi tan bien como la propia Madre, incluso el joven pintor había acertado a retratar a los dos muchachos gracias a la increíble evocación de aquella mujer que parecía haber vaciado cada estancia de su memoria para contener todos los recuerdos referentes a sus dos hijos. Ella cree verlos volver cuando mira esos lienzos de colores cálidos que aprieta fuertemente contra su pecho, como a cada uno de sus hijos cuando regresaban de sus ilusiones para asirse a la realidad de una madre capaz de interpretar los balbuceos de su dolor. Sin embargo, todos sabían cómo marcharon en aquella carreta aserrada por el viento, tirada por una extraña osamenta recubierta con una oscura manta deshilachada que resultó ser la piel de un viejo caballo, también veterano de tantas guerras, lleno de moscas y de cansancio. Así marcharon y no volvieron como no volvieron ninguno de los que subieron a esa u otra carreta, abandonando los esbozados futuros de sus vidas a los pies de quienes lloraban su partida, como un equipaje olvidado.

Desde entonces quedó La Madre llorando en silencio en los ocasos de cada día, cumpliendo así el rito del dolor con suaves lágrimas que caen una tras otra acariciando con cariño su rostro de oscura luna derramada.

Y mientras, se acaba el tiempo de charlar al atardecer; la noche ha terminado por rellenar cada hueco del pueblo y las mujeres se retiran con la memoria revivida, con un fuego de recuerdo ardiendo en sus cabezas, y entran en sus casas arrastrando sus sillas de anea.

A La Madre, en cambio, se la ve con los ojos cerrados, con una lágrima solitaria recorriendo su piel antigua; una última lágrima de despedida que surge bajo sus párpados caídos y baja lentamente en obligados meandros hasta caer en su regazo como ella misma, La Madre, en el regazo de la muerte.

Las ancianas la vieron dejar caer un brazo, la vieron reclinar la cabeza sobre un hombro, y vieron como la vida que aún le quedaba se alejaba en aquella postrera lágrima del dolor de una pérdida.

Y todos comprendieron que estaba muerte, La Madre.

HAIKUS, de Walter Mondragón

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I

Ocurre un crimen
los guardias se apresuran
a inculpar a alguien.

II

Las heliconias;
bordes flores intensas,
como muchachas.

III

Vuelve el invierno:
el río enfurecido,
arrancó el puente.

IV

Libro en mano
señaló el camino
el gran maestro.

V

La mariposa,
en los mares del aire
velero airoso.

10 Febrero 2009

EL SUERO DEL DOCTOR VARANESCU 2, de Pedro Gomez

Archivado en: Relato — Etiquetas: — ACE @ 23:08

 

Bucarest, 7 de Octubre de 1980.

Hoy he recibido por escrito la confirmación de mi traslado. La muerte del doctor Varanescu ha dejado al equipo médico, en el que me incluyo, sumido en una profunda ansiedad. Si antes estábamos sobrecargados de trabajo, ahora es mucho peor y hay quienes enlazan unos turnos con otros, sin encontrar una compensación económica a tanto esfuerzo.
Algo no funciona y por si la escasez de personal no fuera suficiente, las paredes se caen en algunas partes del viejo edificio, atacadas por una humedad que cobra especial virulencia en esta época del año.
Al entrar en el que, a partir de ahora será mi nuevo emplazamiento, lo que en los hospitales norteamericanos suelen llamar con cierto sentido del humor la morgue, es decir, el depósito y la sala de autopsias, he notado más que nunca el olor del yeso hidratado y me ha bastado mirar al techo para localizar enseguida dos manchas enormes con los característicos contornos de salitre que, año tras año, dejan su huella en un ineludible calendario.
Sobre la mesa reposa ya el cuerpo del primer -y espero que único- cliente del día. Un tal 725/80, varón, 1′80, 85 kg, caucásico, pelo rubio y ojos grises. Su hígado dejó de funcionar y el tipo entró en un coma hepático que se prolongó casi cuatro meses. He de extraer el órgano para posterior estudio anatomopatológico y realizar las pruebas rutinarias de control.
Al acabar mi trabajo suturo con cuidado todas las incisiones e introduzco el cuerpo en su cámara, tras anotar en una etiqueta su número de registro y algunos otros datos personales. Cuelgo la etiqueta en el pulgar de su pie derecho y cierro.
Lamento mucho la suciedad que nos rodea. No me parece serio trabajar sobre un suelo lleno de manchas oscuras, pero estoy cansado de decirlo, así que no voy a cometer el error de perder mi precioso tiempo haciéndolo una vez más. En los quirófanos es más importante cuidar la higiene y también allí da asco entrar.
Creo que hoy no va a venir nadie más, así que aprovecho para repasar algunas de las notas de trabajo del doctor Varanescu.
Cuando le sorprendió la muerte realizaba diversas investigaciones sobre el rechazo en órganos trasplantados. Su prestigio como cirujano le convirtió en pionero de algunas técnicas avanzadas para la reutilización de vísceras humanas, aunque muchos dijeron que sus procedimientos no eran muy adecuados por cuanto se había valido de algunos pacientes a los que directamente había utilizado como conejillos de indias.
Nunca pudo demostrarse este hecho, si bien es cierto -y lo compruebo al analizar sus notas de campo-, mantenía una relación muy directa con los laboratorios farmacológicos para la experimentación de un suero reanimador-conservador cuyos efectos debió juzgar decisivos para su trabajo. Este suero denominado ASC-1 impide la proliferación de microorganismos en los tejidos muertos, conservando los cadáveres -siempre según sus apuntes-, de un modo que no dudaría en calificar de prodigioso.
La aplicación del ASC-1 parece además beneficiosa en órganos recién extraídos para aumentar el tiempo disponible hasta su nueva reimplantación.
Curioso. Me gustaría llevarme las notas, pero como supongo que las altas instancias sanitarias las están buscando y que no tardarán en caer por aquí para recuperarlas, prefiero evitarme el mal trago de tener que darles explicaciones.
Aquí están esas notas y aquí seguirán hasta que se las lleven.

* * *

Bucarest, 8 de Octubre de 1980.

Todavía no han venido a por el 725/80. Tampoco a por los apuntes del doctor Varanescu. Los trámites burocráticos hacen cada día más imprevisible el comportamiento de las instituciones.
Destapo la cámara del 725/80. El óxido se desliza entre las bisagras de la puerta. Espero comenzar a percibir el olor desagradable del cadáver, ya que las condiciones de humedad no son las óptimas para su conservación.
Como ilustración de lo que digo, baste mencionar el hecho de que hoy han tenido que colocar una palangana debajo de la mancha del techo, la cual ha acabado transformándose en gotera. La cañería que pasa por ese punto procedente de los servicios es algo así como una extremidad gangrenada.
Me lo tomo con humor y les digo a mis compañeros que la Dirección ha decidido ponerme hilo musical mientras trabajo, el “glup”, “glup” insistente y machacón de las gotas, al caer en la palangana.
Para mi sorpresa, el 725/80 aún no huele. Incluso me atrevería a decir que tiene mejor aspecto que ayer. No me gusta bromear con esto, pero reconozco que hay algo de cómico en los cambios de aspecto de un cadáver.
Hoy estoy de retén. A las 11′20 a.m. llaman del quirófano de urgencias y he de apresurarme y subir para ayudar en una intervención abdominal. Me despido de mi amigo 725/80 y voy hacia el ala de urgencias.
Dos horas después estoy de vuelta y la mujer a la que intervenimos ha pasado a ser mi cliente 726/80.
La intervención no fue muy bien.
El caso era complicado: una peritonitis aguda que nos llegó demasiado tarde.
Procedo a la necropsia.

* * *

Bucarest, 9 de Octubre de 1980.

El 725/80 aún no ha sido retirado. Esto está colmando mi paciencia. Destapo la cámara y examino el cadáver. Continúa conservando un aspecto saludable. Mis pensamientos jocosos se disipan al observar un hecho extraordinario e inquietante: ¡los cierres de la intervención post-mortem han comenzado a cicatrizar!
Sitúo el cuerpo sobre la mesa para un análisis más detallado. Retiro la sutura de una de las disecciones y compruebo que, en efecto, ésta ha cicatrizado por completo y en mucho menos tiempo del que lo haría en un sujeto vivo.
Me traen el 727/80. Hembra, 96 años, 1′48, 40 kg. Debo despejar la mesa, así que introduzco al 725/80 en su cámara. Por el momento no quiero hablar con nadie de mi descubrimiento. Antes prefiero saber un poco mejor qué está sucediendo.

* * *

Bucarest, 10 de Octubre de 1980.

El 725/80 aún no ha sido retirado. Le he quitado todas las suturas y observo que apenas han quedado unas mínimas cicatrices. Creo que debo comunicar el hecho a la dirección antes de que se lleven el cuerpo. Podría tratase de algún extraño fenómeno de muerte aparente y no quisiera que este pobre sujeto despertara en el interior de su propio ataúd.
Lo único que parece obvio es que durante los últimos días no ha recibido alimento alguno, con lo que de seguir existiendo en él algún sucedáneo de la vida, intuyo no habrá de ser por mucho tiempo.
Examino a fondo su historial. Se emplearon todas las técnicas de reanimación del protocolo, pero no fue posible hacer nada por él. Parece un caso bastante claro y no entiendo muy bien por qué razón le mantuvieron vivo todo ese tiempo.
Al fin alguien llega para retirar el cadáver. No se trata de los servicios funerarios sino de dos celadores quienes dicen haber recibido instrucciones para llevarlo a quirófano.
No entiendo nada. Mañana preguntaré.

* * *

Bucarest, 11 de Octubre de 1980.

Observo que el 725/80 ha sido devuelto a su nicho junto con una nota interior del Director en la que se me ruega que lo mantenga allí por algún tiempo.
Examino el cuerpo. Presenta suturas en la caja torácica. Empiezo a tener sospechas muy fundadas de que alguien está utilizando este cadáver de un modo más bien poco justificable. Desprendo las suturas y compruebo cómo la membrana pleural ha sido igualmente cosida.
Levanto las costuras y siento un mareo extraño. En apenas un instante me he dado cuenta de que los párpados se han movido y ha acudido a mi mente tal cúmulo de horribles pensamientos que he debido sujetarme en las amarillentas paredes para no caer al suelo.
Presa de cierto pánico, realizo varias pruebas para saber si hay vida en este pobre hombre, respecto al cual empiezo a sentir un indefinible espíritu de solidaridad.
No cabe duda: está muerto. No obstante, sus tejidos han recuperado algún color y no he olvidado que sus heridas cicatrizaron mucho después de ser extendido el certificado en el que se aseguraba su deceso.
Termino de quitar los últimos puntos. Uno de sus pulmones presenta un extraño color. No, no es un pulmón. El pulmón ha sido extraído y en su lugar han colocado una prótesis quizás para garantizar que las contracciones de los tejidos -las cuales se aprecian como de una violencia inusual-, remarquen la ausencia del órgano.
También falta el músculo cardial.
Cierro el cuerpo. Me gustaría pedirle perdón, pues tengo la sensación de que de algún modo le he hecho sufrir.
Subo al departamento de Cirugía Cardiovascular y en el camino me encuentro a una compañera de Pediatría. En realidad más que compañera, se trata de una auténtica amiga.
No estudiamos la carrera juntos, pero coincidimos en varias becas para post-grados, algunas de ellas fuera del país. Por la forma en que me mira, es evidente que quiere decirme algo.
El hospital ha sido rodeado por la policía debido a un reciente ingreso. Presiento que ella desea hablarme de eso. Aquí, sólo cuando existe auténtica confianza entre dos personas -como es el caso de mi amiga la pediatra y yo-, se establece un flujo más o menos regular en el intercambio de información no estrictamente profesional. A veces y para ciertos casos, ni siquiera es suficiente con una amistad íntima.
Tomamos el ascensor.
- ¿Dónde vas?
- A cardiovascular… ¿Tú?
- Un piso antes que el tuyo.
Ella marca su planta y el ascensor, viejo y escasamente seguro, comienza a temblar mientras asciende.
- ¿Has visto todo este lío?
- Ya… Hay policía por todas partes.
- Ayer ingresaron a alguien. Alguien… ya sabes.
- ¿A quién?
- No está muy claro. Necesitaba un trasplante… Esta es mi planta. Luego te veo.
Pulso la mía y reflexiono. La palabra trasplante martillea en mi cabeza, musical e inquietante, como el leit motiv de una pesadilla.
Entro disimuladamente en el archivo de historiales de la planta. Me he dado cuenta de que el acceso a uno de los pasillos está flanqueado por más guardias de mirada fría. He debido vencer el miedo para no actuar de un modo sospechoso y seguir adelante en mi modesta investigación.
Busco entre los historiales de los últimos pacientes ingresados, uno con fecha del día anterior que haya recibido un trasplante. No me es difícil encontrarlo ya que no se hace este tipo de intervención todos los días.
Verifico: corazón y pulmón izquierdo.
Alguien se acerca y percibo que va a abrir la puerta de un momento a otro. Como no me da tiempo a salir sin ser visto, trato de ser natural, devuelvo el historial a su sitio y saco otro al azar.
Es un miembro del equipo de Cirugía Cardiovascular. Desliza su mirada por encima de mi hombro e identifica, casi inmediatamente, el historial que tengo entre las manos.
- Si mal no recuerdo, ese salió de aquí hace un año. ¿Qué es lo que quieres saber de él?
- Nada importante. Estoy haciendo una estadística sobre algunos fármacos.
El cirujano se encoge de hombros. Se ha creído lo que le he dicho, aunque no por ello comprende muy bien qué me propongo.
- Como quieras. Si necesitas saber algo más, pregúntame a mí. Yo le traté, así que es posible que aún conserve algunas notas en mi diario.
- Gracias.
Guardo el expediente y abandono la planta.

* * *

Bucarest, 12 de Octubre de 1980.

Se confirman mis sospechas.
Se están utilizando cadáveres para aprovechar sus órganos entre los miembros de la élite dirigente. Mi pregunta es: ¿Cuáles son las consecuencias exactas de la aplicación del suero ASC-1 del doctor Varanescu? ¿Sigue existiendo en los cuerpos alguna capacidad para sentir? Estos dos temores me atenazan.
Me es imposible olvidar los párpados del 725/80. Pude percibir en ellos una ligera vibración que espero fuese sólo la consecuencia de un movimiento reflejo.
Abro la cámara y veo que han vuelto a sacar el cadáver. Mi reacción inmediata es acudir a la recepción del centro y buscar en el libro de intervenciones si hay algún trasplante programado para hoy.
Ninguno. En un primer momento pienso que todo este extraño tráfico de órganos se lleva en secreto y que por esa razón la intervención no se registra en el correspondiente libro, pero al pasar algunas páginas hacia atrás descubro que la operación del alto funcionario sí está registrada.
Hablo con varias personas responsables y todos me aseguran que no está prevista ninguna intervención de trasplante para el día de hoy, aunque ya se sabe que esa especialidad es imprevisible. Me informo entre los celadores si alguien ha retirado al 725/80, suponiendo que finalmente el cuerpo ha sido entregado en la funeraria. Ninguno puede decirme nada del 725/80 por lo que miro en el libro de salidas, donde tampoco figura.
De nuevo estoy en la morgue, abro la cámara y encuentro al 725/80. En su sitio. Esto es de locos. ¿Quién se dedica a sacar cadáveres del depósito y a volver a dejarlos allí después de darles un paseo?
Viendo su rostro me doy cuenta de que la cara del 725/80 muestra una extraña sonrisa. Tiene sangre en la boca. Aún levemente líquida, sin coagulación. Quizás se ha producido una hemorragia interna, pues la sustancia con la que el cadáver ha sido tratado es altamente anticoagulante. Limpio sus labios y descubro algo entre sus dientes. Un fragmento de tejido. Lo introduzco en un bote para posterior análisis.
Entran en ese instante al 728/80, hembra, 21 años, 1′70, 56 kg. Su abdomen está literalmente destrozado, como si una fiera hubiese devorado sus entrañas. Junto a los celadores viene un inspector médico. Me dice que debo realizar un informe completo para determinar qué o quién pudo realizar los desgarros. Le pregunto dónde han encontrado el cuerpo y el inspector aguarda la salida de los celadores antes de responder.
- Aquí, doctor… En este hospital. Naturalmente, esto es algo que no debe saberse.
- Pero…
- Si hay algún animal suelto o han sido las ratas, intentaremos que no vuelva a ocurrir, pero lo más importante es que no se sepa nunca lo que ha sucedido.
Comienzo la autopsia en presencia del inspector. Los desgarros responden en efecto a las dentelladas de algún animal, pero no exactamente una rata.
- Los dientes de una rata son demasiado finos para hacer esto…
Sobre la piel descubrimos con nitidez la marca de un mordisco que no llegó a culminar en desgarro. El arco dental ha dejado una huella de siete centímetros en su parte más ancha y una separación de tres y medio en los puntos de mayor profundidad.
Empiezo a sentirme mal.
- ¿Qué le ocurre?
- Tres centímetros y medio de separación en los puntos de mayor penetración… Fíjese bien en las huellas: cuatro incisivos, dos caninos, cuatro premolares y seis molares.
- ¿Está intentando decirme que se trata de una mordedura humana?
- No hay ninguna duda.
Examino el fragmento que extraje de la boca del 725/80, lo saco del bote y a simple vista me doy cuenta de que pertenece a una parte de tejido intestinal del 728/80. Solicito comparativa a laboratorio donde me confirman tal expectativa.

* * *

Bucarest, 13 de Octubre de 1980.

Al fin he logrado hablar con el Director. Le explico que por mi trabajo me mantengo al corriente de las extrañas intervenciones de trasplante que se están efectuando en el hospital y trato de hacerle ver que los organismos de los cuales extraen las vísceras trasplantables no están totalmente muertos, así como mi más absoluta convicción de que el cuerpo 725/80 ha salido de su nicho, ha buscado un cuerpo indefenso -el de una joven paciente en post-operatorio- y se ha alimentado literalmente de él.
El director me mira como si estuviese ante un loco; lamenta mis insinuaciones sobre los trasplantes y manifiesta que mi tesis es completamente absurda. Ni siquiera reconoce que el suero del doctor Varanescu para la conservación de tejidos esté siendo utilizado.
- Además… Si todo esto fuera cierto, ¿no encuentra extraño que un cuerpo humano sometido a la permanente extracción de sus vísceras no intente escapar de aquí, si realmente dispone de esa capacidad locomotriz que usted le atribuye?
- No sé… Quizás responde a una conducta primaria. Buscar alimento y volver al nido. El nicho, en este caso.
- En mi opinión creo que necesita usted unas vacaciones. Lamentablemente, las necesidades del servicio me impiden dárselas. Su trabajo en la morgue le está perjudicando psicológicamente. Es normal, no todo el mundo está preparado para algo tan duro… Creo que voy a cambiarle de departamento. Será lo mejor.

* * *

No fue lo mejor, pero quizás sí lo más lógico.
De no haber hecho intento alguno por investigar estos sucesos, seguramente habría seguido trabajando en pediatría, junto a mi amiga y habría podido ser feliz incluso.
Mi primer error fue seguir haciendo investigaciones por libre y el segundo confiarle a ella el resultado de las mismas. Debía haber accedido a considerar el hecho con la misma indiferencia de algunos otros compañeros que estaban en el secreto.
Me comporté de un modo humanamente estúpido al creerme mejor que ellos, como quizás lo hizo el propio doctor Varanescu al comprobar que el fruto de sus investigaciones no estaba siendo utilizado de un modo deontológicamente aceptable.
La consecuencia es que hoy, pasado más de un mes, he sido nuevamente destinado al depósito, pero esta vez en calidad de cliente. Del dedo gordo de mi pie izquierdo cuelga una etiqueta con el número 792/80.
Cada tres o cuatro días vienen los celadores, me llevan a quirófano y una vez allí empiezan a extraer una nueva víscera. El suero del doctor Varanescu actúa a través del sistema nervioso. Por esta razón no separan los órganos del sujeto hasta que van a ser utilizados y por esta razón también, el cerebro sigue vivo, sintiendo cada una de las incisiones, pensando y recordando.
Cuando en el transcurso de la extracción el cuerpo atado a la mesa de operaciones se convulsiona, ellos aseguran que se trata sólo de movimientos reflejos, fruto de la inervación del sistema periférico sobre algunos músculos.
Aunque ya no me es posible discutirlo con mis colegas, me gustaría hacerles ver su error. Es cierto que el cerebro no recibe sangre, pero imagino que el propio suero sustituye esta necesidad.
Si no fuese así, ¿por qué estaría yo pensando en todo esto? Seguramente ellos dirían que son pensamientos maquinales e inconexos, igual que mis movimientos, los que me incitarían a salir del nicho y buscar carne fresca cada cierto tiempo, si no fuera porque esta vez han tomado la precaución de atarme de pies y manos.
Por cierto, he comprendido que el 725/80 jamás volvió por su propio pie, sino que fue repuesto a la fuerza en su nicho. Aquél espectáculo se comenta con frecuencia entre el restringido personal que accede hasta mí.
Eso no significa que esté sufriendo. A veces sí y a veces no, como en la vida misma. Tengo hambre y sed. Deseos que espero ver saciados algún día.
La joven compañera que me sustituye, piensa exactamente como yo. Por eso suele hablarme cuando estamos a solas. Lo hace con su mejor intención, para consolarme, yo lo se, pero… a pesar de ello, al ver su delicada yugular a través de la escasa apertura de mis párpados, siento un incontenible deseo de que se decida a dar el paso y suelte los correajes que me mantienen inmóvil.
Se que, más tarde o más temprano, acabará haciéndolo.
Bucarest, 15 de Noviembre de 1980.

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