Las nubes habían aparecido empapadas en vino, en el licor agridulce del ocaso, mientras el sol se escondía tras verdinegras tierras de olivo y una estela dorada le seguía en la huida de un escenario abandonado a su suerte. La noche, que se acercaba lenta, lo iría ocupando con pasos callados de animal cansado, ennegreciendo el alto cielo que sirve de tramoya a lo sueños, a las penas y a las ilusiones de los habitantes de aquel pueblo.
Y en esas horas de transición, de delirio de un ocaso que proyecta sobre la vida su color cálido, su anaranjado tono somnoliento sobre casa blancas de cercos grises; a sus puertas se sientan las mujeres cargadas de ocio por la hora, por la edad, a compartir tiempos lejanos. Recuerdan vivencias que quedaron en la memoria en pequeños retazos de imágenes deslavazadas, restauradas, precisamente, por estas charlas al atardecer; hasta el punto de no saber cuáles son imágenes del recuerdo y cuáles de una imaginación excitada ante los relatos de rememoraciones ajenas.
Pero estas mujeres, en el semicírculo formado con sus sillas a cada puerta, parecen formar una única memoria sobre la que recostar una densa existencia recompuesta cada tarde. Rebuscan lejanos detalles que afloran a unos labios o a otros para continuar entre todas desmadejando la historia de una vida común en estas mismas calles.
Y a estas misma calles hoy, como todos los días, se asoma La Madre. Aparta el grueso visillo oscuro que cubre su puerta y deja, mientras sale con paso lento e inseguro, hendirse levemente en la oscuridad de su casa la moribunda luz del día.
Sus manos, cuyas venas producen un relieve de montes en su piel oscura, se confunden con el respaldo de la silla sobre cuya anea se sienta -¡Despacio, Madre!-, agarrándose primero con ambas manos como si montara animal indócil al que es preciso calmar para que no huya al abrupto contacto con el hombre.
Ya sentada comienza a destilar en sus ojos el suave jugo de su llanto que brota lento para cruzar su rostro por el camino bien conocido de los surcos de su piel; camino creado por lágrimas de tanto tiempo. Recorren las lágrimas su piel dejando una estela húmeda como los recuerdos dejan, por los cauces de la memoria, un reguero de imágenes de un dolor antiguo, y siempre renovado, que aprieta cada tarde la redonda figura de sus ojos hasta liquidar el dolor de cada día.
Al llegar al abismo del final de su rostro aguardan las lágrimas aún un instante, como si necesitaran un último recuerdo doloroso, antes de caer en un salto rápido e imperceptible a humedecer los pliegues oscuros de su regazo. Siguen otras lágrimas como estrellas fugaces del cansado cosmos de sus ojos mientras en el tapiz de su memoria se dibujan y desdibujan rápidamente imágenes del pasado.
Sus finos labios aparecen descoloridos, casi borrados, apretados fuertemente por el silencio de su dolor que los muestra pálidos en la oscuridad de la piel que los encierra. Su nariz diminuta apenas se adivina en su lugar entre el dédalo de arrugas de la edad, y el pelo recogido simula una pequeña luna blanca aderezada de manchas grises, como mares de la propia luna que ya se vislumbra entre miles de palpitaciones luminosas de una noche que se hermana, confundiéndose, con el eterno vestido negro de La Madre, con sus botines negros, con su piel negra por los años, y hasta con el alma negra del dolor.
Y, sin embargo, ninguno de los habitantes del pueblo, ni siquiera las mujeres que rememoran sus vidas a la última luz del día, cuando quizá sólo pasado les queda por compartir; poseen en el caudal de su memoria imagen alguna de aquella guerra, tal vez confundidos entre tantas otras. Aun así todos conocían la historia de los propios labios resecos de La Madre. Ella dibuja lentamente en el aire las imágenes de su relato para todo aquél que quiera escucharla sin prisa, pues La Madre narra despacio, con cuidado, recorriendo el árbol gigantesco de sus recuerdos desde profundas y muy lejanas raíces, perdiéndose por ramas grandes y chicas, siempre desandadas para recorrer otras y alcanzar así el punto más alto de su dolor. La Madre ahonda delicadamente en los corazones de sus hijos y de todos los que existieron cerca de ellos y cuenta cada detalle a sus oyentes que pueden ver crecer en su imaginación un universo de personajes lejanos que, sin embargo, parecen tocar con la punta de los dedos.
Conocían a los dos hijos de La Madre, tan distintos; el pequeño con su cabello crespo y oscuro como sus ojos siempre abiertos de par en par, acechantes en su carita redonda, morena, junto a la nariz sucia y a los labios gruesos de quien podía haber sido un gran amante. Y el mayor, de cabello largo y lacio, de largo rostro acabado en aquel gracioso mentón que tanta admiración levantara, tan pequeño como una avellana bajo sus finos labios rosados. Sus ojos tal vez nacieron oscuros como los de su hermano pero acabaron aclarándose por las lágrimas derramadas que contenían al sol un instante en sus pupilas. Así eran los hijos de La Madre, así los conocieron de sus labios todos los habitantes del pueblo maravillados por lo dispar de la belleza de los dos hermanos.
Sabían como el mayor, el de los ojos claros, escribía versos en cualquier papel que encontrara con su caligrafía garabateada, y sabían cómo aquellos versos dibujaban, abrazándola, la figura de una muchacha, también conocida de labios de La Madre, que comenzaba a nacer a las formas de mujer entre las que acabó perdiéndose como por un laberinto sin salida. Era recordada por La Madre descollando entra la flor de juventud de las compañeras de juego, envuelta en tela blanca de primavera, con sus largos cabellos, habitados por el sol, acariciando sus hombros delicados. Y aquel cuerpo infantil era cuidado como propio por una madre ya opulenta que alguna vez, confesaba, fue quizá tan hermosa como su hija. Quizás, decía, y lloraba sin lágrimas sintiéndose extraña en su nuevo cuerpo de mujer casada que nunca aceptó como suyo. Pero su hija acabó perdida en sus propias formas de mujer soñada, acabó perdiéndose en la locura que, ella sabía, su mirada hiriente producía en los hombres. Pero todo eso fue después, cuando se marchó del pueblo con un destino incierto; mucho después de que también los hijos de La Madre se marcharan.
Con quince años el mayor, con doce el pequeño; aquel que apandillara a todos los jóvenes del pueblo para iniciar la búsqueda de un tesoro que, la leyenda aseguraba, escondieron en los montes un puñado de ladrones antes de ser asesinados por decenas de soldados que los persiguieron sin tregua durante semanas, durmiendo sobre caballos que se perseguía unos a otros cargados de sueños de jinete. Los alcanzaron cuando el sol pujante desgarraba las formas oscuras de un noche ya moribunda y de la misma forma los soldados los mataron, desgarrándoles la vida, sin darles siquiera tiempo de ver llegar la muerte, aunque la hubieran sentido siempre cabalgando a su lado como fiel amante. Los soldados dejaron aquellos cadáveres insepultos y las almas que un tiempo habitaron aquellos cuerpos que comenzaban a fundirse con la tierra, vagan ahora por los montes protegiendo un tesoro imposible de apresar con inmateriales manos; por ello se oyen sus gemidos en la noche, sus gritos de desconsuelo por no poder poseer un tesoro del que tampoco son capaces de separarse.
Aquel joven de cabello rizado rastreó aquellas tierras llenándolas de ojos oscuros, testigos de su búsqueda, hasta que se cansó de perseguir un tesoro tan fantasma como quienes se suponían sus protectores. Pero se lanzó a una nueva aventura sólo por el placer de correr tras de algo, por perseguir una ilusión cuya persecución es, a veces, la propia felicidad.
Sí, aquellos muchachos fueron, como asegura La Madre, lo mejor de los vástagos del pueblo. El pequeño por su constante alegría, por sus fantasías contagiosas que acababan por anegar las almas de todos hasta obligarlos a participar en el mundo nebuloso de su ilusión. El mayor era, en cambio, el único que sabía leer y escribir. Aprendió sólo, nadie sabe de qué forma, en aquellos viejos libros que su padre dejara en el mismo arcón en el que los encontrara muchos años antes, cuando aún era navegante por otras aguas o tal vez, como algunos maldijeron, filibustero de mares fríos.
Pasando con cuidado las láminas de luna de pálidas hojas leía aquellos libros a todo el que se lo pedía -aunque muchos sospechaban que tan sólo inventaba- en las horas en que el tiempo se queda colgado entre el día y la noche y uno no sabe qué hacer. Escribía también rimas a todas las jóvenes que guardaban como un tesoro aquellos papeles emborronados que no entendía, pero que disfrutaban oyéndole recitar, con el céfiro apacible de su voz, los versos al retazo de cielo de tu mirada, al ritmo alegre del alud de tu risa; pero ningunos tan hermosos como los que escribía a su amada secreta cuya identidad, sólo conocida por él y La Madre, ocultaba bajo un mar de encendidas palabras de amor.
Pero todo eso fue antes de que el pueblo se inundara con el eco espeso de una nueva guerra, antes de que al pueblo llegara un puñado de soldados, malvestidos con el frío de jirones de sus ropas, para cargar en una vieja carreta a todo el que podía sujetar un arma. Quedaron, envueltos en el aire húmedo de sus llantos, las mujeres, los niños que casi no alcanzaban a agarrarse a las faldas de sus madres, y los viejos que ni siquiera servían para ser matados en una nueva guerra que apenas duraba unos meses se acababa para volver a empezar, aunque dijeran que era otra, la misma guerra una y otra vez.
Ahora todos conocían la historia casi tan bien como la propia Madre, incluso el joven pintor había acertado a retratar a los dos muchachos gracias a la increíble evocación de aquella mujer que parecía haber vaciado cada estancia de su memoria para contener todos los recuerdos referentes a sus dos hijos. Ella cree verlos volver cuando mira esos lienzos de colores cálidos que aprieta fuertemente contra su pecho, como a cada uno de sus hijos cuando regresaban de sus ilusiones para asirse a la realidad de una madre capaz de interpretar los balbuceos de su dolor. Sin embargo, todos sabían cómo marcharon en aquella carreta aserrada por el viento, tirada por una extraña osamenta recubierta con una oscura manta deshilachada que resultó ser la piel de un viejo caballo, también veterano de tantas guerras, lleno de moscas y de cansancio. Así marcharon y no volvieron como no volvieron ninguno de los que subieron a esa u otra carreta, abandonando los esbozados futuros de sus vidas a los pies de quienes lloraban su partida, como un equipaje olvidado.
Desde entonces quedó La Madre llorando en silencio en los ocasos de cada día, cumpliendo así el rito del dolor con suaves lágrimas que caen una tras otra acariciando con cariño su rostro de oscura luna derramada.
Y mientras, se acaba el tiempo de charlar al atardecer; la noche ha terminado por rellenar cada hueco del pueblo y las mujeres se retiran con la memoria revivida, con un fuego de recuerdo ardiendo en sus cabezas, y entran en sus casas arrastrando sus sillas de anea.
A La Madre, en cambio, se la ve con los ojos cerrados, con una lágrima solitaria recorriendo su piel antigua; una última lágrima de despedida que surge bajo sus párpados caídos y baja lentamente en obligados meandros hasta caer en su regazo como ella misma, La Madre, en el regazo de la muerte.
Las ancianas la vieron dejar caer un brazo, la vieron reclinar la cabeza sobre un hombro, y vieron como la vida que aún le quedaba se alejaba en aquella postrera lágrima del dolor de una pérdida.
Y todos comprendieron que estaba muerte, La Madre.