Blog Taller de Literatura ACE

23 Marzo 2009

¿PUEDE LA PALABRA DECIR LA VIDA?, de Víctor Valero

Archivado en: Ensayo — Etiquetas: — ACE @ 17:11

Al atardecer estuve recorriendo las calles sinuosas y angostas de un desconocido barrio de la ciudad. Me impresionaron algunas escenas que normalmente suelen pasar desapercibidas, aunque cuando uno está predispuesto puede encontrar en ellas un goce inesperado. Se componían de balcones, macetas y flores, fachadas desangeladas, espacios de vida recortados por el encuadre de las ventanas, reflejos de la débil luz del sol y el sol mismo antes de ocultarse dispuesto en el fondo del pasillo de cielo dibujado por dos edificios paralelos. Pude percibir algunos olores al mismo tiempo que transcurrían las imágenes, y oír el susurro de cosas inanimadas.
Ahora llega el momento de querer expresar todo eso que he vivido… y comienzan las dificultades. Para empezar, esto que ya he dicho no me sirve para nada, no refleja en absoluto lo que en realidad ocurrió mientras yo tuve aquella experiencia. No encuentro palabras que refieran a las cosas mismas que yo vi y oí. Sólo en mi memoria puedo seguir recreándome en esos momentos, y no sé por cuanto tiempo. Por más que formule esa vivencia de modos cada vez distintos no logro atraparla con el lenguaje. Podría decirse que estoy experimentando la insuficiencia de la palabra para hablar de la vida; en realidad pienso en esa crisis del lenguaje vivida y tan ejemplarmente expresada por algunos literatos, sobre todo centroeuropeos, a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Claudio Magris, en quien me inspiro para desarrollar las ideas que siguen, da cuenta de este hecho en El anillo de Clarisse, donde recorre e interpreta magistralmente algunas de las obras más destacadas en ese sentido de estos autores -entre otros, de Robert Musil:

 

“El signo no es sólo insuficiente, sino también engañoso, es un truco para domesticar, adormecer y apresar en “alguna operación ingeniosa” “algo que está por encima de la razón, algo salvaje y destructivo” [...] Como para Nietzsche, también para Musil el signo convencional y petrificado por la clasificación conceptual ha fosilizado naturaleza y vida, las ha embalsamado en el mecanismo de la institución social. [...] Törless habla de la “segunda vida de las cosas, secreta y huidiza”, de “una vida que no se expresa con las palabras y que sin embargo es su vida”. [...] El sexto sentido de Törless está atrofiado, sirve sólo para hacerle entender que la realidad habla y que él no puede captarla; estas “palabras” no son epifanías de las cosas, sino mandatos o indicaciones: transmiten oscuros mensajes impersonales del fluir vital, no ya nítidos perfiles del objeto. Cuando Törless intenta esclarecer por sí mismo la turbia ebullición de su sensualidad, descubre que “las palabras no lo expresaban, porque no es tan terrible como parece en las palabras; es algo mudo… un apretón de la garganta, un pensamiento apenas perceptible, y sólo si uno insiste en quererlo decir con palabras se exterioriza así; pero entonces es totalmente distinto, como en una inmensa ampliación, donde no sólo se ve más claro, sino que se ven también cosas que no están ahí…”

 

Parecería que estos escritores son capaces de sentir nítidamente el acto de perversión que se comete cuando se acude a las palabras para intentar expresar la experiencia vivida. Las palabras de que se dispone evocan cada una de ellas la particular imagen -o imágenes- a la que están vinculadas. Al usar un vocablo concreto estamos trayendo a nuestra mente al mismo tiempo un concepto o una imagen que nunca puede identificarse de modo exacto con la vivencia -o parte de ella- que queremos expresar, y por lo tanto, invariablemente, nos vemos en la tesitura de ajustar ésta a la imagen evocada por nuestra palabra. Toda palabra a la que recurro añade, incorpora elementos extraños, recorta, moldea y modela la experiencia original. En este proceso de adaptación en el que ajustamos lo vivido a la expresión -al concepto- se lleva a cabo la perversión del significado auténtico del fenómeno experimentado, reconduciéndolo, forzándolo y adaptándolo a las imágenes de que disponemos. La crisis de la palabra nacería de la desgarradora consciencia de este falseamiento de la propia experiencia que se ha tenido del mundo cuando se lo intenta decir. Una vez dicha tal o cual experiencia necesariamente se habrá cometido un acto de perversión con respecto a ella, no hay salida: lo auténtico se presenta como irreductible -a ninguna representación o idea previas-, como indecible.

 

Dando un paso más, por otra parte, se podría decir que la crisis se extiende más allá de las vivencias subjetivas, esas que aluden, por ejemplo, al canto de los pájaros mientras se respira el aire fresco del amanecer o a la luz del sol de poniente difuminándose sobre los balcones de una fachada de otro siglo. Por eso, se siente uno incapaz, asimismo, de hablar de cosas tan aparentemente definidas y diferenciadas como un puente de piedra o un ciprés porque sospecha que al designarlas y pretender atribuirles propiedades las fija como algo estable indefinidamente, como habiendo encontrado la forma definitiva y propia de la cosa referida. Sería bueno seguir la sugerencia que hace Magris a propósito de Balthesser -personaje creado por Richard von Schaukal-, quien “contrapone a la rigidez leñosa de los conceptos la ductilidad y elasticidad de las cosas, que él quiere salvar de ser encasilladas en definiciones”. Aquellos escritores saben que las cosas mudan, que lo que los objetos les sugieren se transforma ininterrumpidamente. Basta que pase el tiempo, haya cambios en nosotros -quizá en algunas de nuestras identidades- y el mundo concreto de las cosas habrá cambiado. Pero tampoco tiene que, necesariamente, pasar mucho tiempo pues en un mismo momento -casi instantáneamente- se puede ver, ahora una cosa, y al instante otra muy diferente. Son conscientes de los mil rostros que ocultan los objetos, de la connatural multiplicidad de versiones potenciales que cada uno de ellos posee en estado latente y que podrían ser captadas por nuestros ojos al mirar una misma cosa sucesivas veces, y por eso no quieren encerrar nada en una simple imagen contingente, una de tantas como podrían ocurrírsenos aquí y ahora, pues se estaría cometiendo la estupidez de reducir y fijar en una idea toda la riqueza latente de ese objeto indeterminado dejándolo atrapado y asfixiado -ahogado- en la imagen. Magris, siguiendo el pensamiento del personaje de Franz Blei, Heliogábalo, lo expresa con agudeza y elocuencia ejemplares:

 

“La vida no es denkbar, no es pensable, es irreductible a las categorías del pensamiento y a cualquier sistema filosófico, no puede ser reificada en ninguna clasificación intelectual que la convierta en objeto de reflexión. [...] Ningún universal ha de aprisionar el puro transcurso vital, ningún sentido recóndito tiene derecho a subordinar y reprimir lo inmediato, ningún valor ha de dominar al presente y sus potencialidades abiertas en todas direcciones. Heliogábalo rehúsa hasta el recuerdo, que impone a la experiencia del instante un significado unilateral, inadecuado al salvaje desenfreno de su pulso; no quiere sacrificar la flor al fruto e inventa continuamente nuevos dioses, porque cada instante tiene su dios, es decir su calidad de absoluto. Heliogábalo rechaza la “tiranía” del pensamiento, debida a que éste se sitúa por encima de la inmediatez y la pierde; niega el “valor” y el “sentido más profundo” que quieren imponerse al devenir, desecha cualquier opinión acerca de la vida. Esta es siempre “el fin de la vida”, que no dura lo suficiente para que haya tiempo de meditar acerca de ella. No existe reflexión, pues falta su objeto: como sabía Lord Chandos -personaje de Hofmannsthal-, cuando el pensamiento se detiene en un momento de la existencia éste ya ha volado, y el momento no es jamás aquel momento, sino siempre otro. Para Heliogábalo lo que depasa el instante es una abstracción, pues no existe jamás en realidad; las contradicciones y antítesis se inutilizan por sí solas, puesto que apelan a principios que van más allá del presente y en consecuencia no existen; la vida es sinnlos, carente de un sentido o una esencia que no se resuelven en la mera existencia, fugitiva e impredicable.”

 

Aún cabe hacer un último comentario sobre otra posible causa de la crisis de la palabra tal como la viven estos autores. En este caso nos desplazamos al terreno de la comunicación con el otro, donde se empieza a tener en cuenta a un posible destinatario de aquello que se quiere narrar, pues hasta ahora nos habíamos centrado en cómo el propio individuo sufría la insuficiencia de lo que decía acerca del mundo siendo él mismo a un tiempo emisor y receptor, sin haberse dado el momento de comunicárselo a nadie.

 

Exagerando un poco, se podría decir que la epifanía experimentada es, esencialmente, un puñado de emociones, las cuales significarían el foco inagotable desde donde se nutren los mecanismos implicados en la generación de las frases que voy articulando para expresar lo vivido. Todo lo que digo es un intento de extraer literalmente las emociones sentidas y mostrárselas al otro en toda su desnudez e intensidad. En eso consiste mi verdadera intención comunicativa, en hacerle comprender exactamente lo mismo que yo experimenté, para lo cual no sólo necesitaré situarle en el escenario del fenómeno ofreciéndole representaciones -con toda la precisión que me sea posible- de lo que allí estaba ocurriendo sino también, y sobre todo, hacerle comprender exactamente lo que yo sentí, las emociones que dieron sentido a mi vivencia y por las cuales ésta cobró importancia para mí. He aquí el obstáculo insuperable. Lo que yo he sentido y quisiera comunicar es sencillamente imposible porque, justamente, mi deseo es en último término que el otro sienta lo mismo que yo y ninguna otra cosa. No me quiero conformar con que viva alguna clase de sucedáneo. Pero esto no puede ser. ¿Cómo hago yo para poner en palabras la experiencia de haberme despertado, después de un breve sueño, bajo la sombra fresca de los eucaliptos a la orilla de mi secreta laguna en tierra de Cáceres? ¿Cómo hablar de los olores húmedos que destilaban las hierbas y eucaliptos de la laguna entremezclados con los que procedían de los secos campos circundantes? Podríamos pensar que para que el otro pudiera sentir todo eso está la posibilidad de que ya antes haya tenido una experiencia parecida para que, desde ahí, pueda evocar lo que sintió él en su momento; sin embargo, eso siempre será, inevitablemente, otra cosa distinta. Aunque recordase algo que le evocase lo más parecido a mi propia experiencia, eso podría estar infinitamente lejos de lo que significó para mí esta última. Así pues, lo único que podré hacer será transmitirle mi entusiasmo y contagiarle mi sentimiento intentando llevar al límite mis capacidades expresivas -dicho en un sentido amplio, no sólo verbal-. Lo que no significa que haya logrado comunicarle con plenitud mi vivencia, traspasarle la epifanía que se me reveló: nada más lejos de la realidad. Como mucho, habré conseguido emocionarle, al lograr hacer que se recree con las representaciones que he despertado en su imaginación y al dejarse contagiar por mi excitación mientras intentaba expresarle todo aquello. De ningún modo habrá sido posible franquear la engañosa e insalvable pared de vidrio transparente que se encuentra entre nosotros. Entendido en un sentido pleno, no ha habido comunicación, sí ilusión de que la ha habido. Lo más auténtico de mi vivencia, la experiencia misma, ha quedado ineluctablemente apresada en mi interior. Aquello fue sólo para mí, algo que será absolutamente intransferible.

 

Quizá un planteamiento tan radical como este último en lo tocante a la comunicación de vivencias subjetivas no nos deje opciones de considerar algún otro enfoque que nos permita ver el problema de un modo no tan pesimista. Sin embargo, si podemos intuir alguna grieta por donde penetra la luz en relación al planteamiento referido a la insatisfacción provocada por la incapacidad del lenguaje para expresar lo que hemos vivido, dejando a un lado, ahora, a un posible destinatario. Nos interesa, nuevamente, retomar el caso del que escribe para sí mismo y que no ve justa ni fielmente representado el momento vivido. Magris nos muestra el ejemplo de Robert Musil como escritor que, en un sentido notable aunque de manera intermitente, logra revertir su relación con el lenguaje adoptando en ocasiones una posición de confianza con respecto a éste, sentimiento que alcanza una vez dejadas atrás -hasta cierto punto- las experiencias plasmadas en sus obras de juventud, es decir una vez empezada su inacabada e inacabable El hombre sin atributos:

 

“A menudo Musil afirma que lo inexpresable no adquiere su significado más que de los intentos anteriores de expresarlo. La palabra no es ya “devaluación” de lo vivido, sino su evocación, y adquiere la capacidad irónica de “aludir a lo que no puede ser transmitido”, como dice Beda Alleman. Si las palabras son simios que brincan entre las ramas, por otra parte también saben penetrar en el fondo oscuro de la vida, en ese abismo vacío, en esa pura negación que es el fundamento, el primum de la existencia que no permite mediación. [...]Ese fondo de la vida no es mediable; sus contradicciones son insolubles y permanentes. La poesía puede aludir a ellas, puede permitir el acceso a esa profundidad y hacer centellear su esplendor lóbrego, sin aventurarse en su interior. Moosbrugger y Clarisse, los dos “casos límite” del hombre, representan el intento extremo de enfrentarse directamente con esa maraña de oscuridad, el esfuerzo fetichista por llevar el lenguaje al plano mismo de la inmediatez, por hacerlo coincidir con lo inarticulado”.

 

Quizá, por lo tanto, aún podamos salvar en alguna medida la insuficiencia del lenguaje en ese nivel en donde uno se dice las cosas vividas para sí. Un posible planteamiento para enfrentar este problema podría ser el que sigue. Al hablar de nuestras experiencias, atamos a cada una de las palabras que empleamos algún aspecto de lo percibido, y las teñimos además de la emotividad que despertó en nosotros aquello. Con las palabras de que dispongo sí es posible fijar lo vivido -para después evocarlo- sencillamente porque puedo asignarle a éstas una nueva dimensión o valor que antes no poseían. La palabra quedaría ahora impregnada de un afecto y sentido nuevos, pasando a formar parte de ese “tejido inconmensurable de connotación” (George Steiner) que posee el lenguaje de cada uno de modo exclusivo e intransferible. Este sería un modo de eludir el acto de perversión a que antes me refería pues ya no estaríamos permitiendo que las palabras impusiesen aquello que nos evocaban hasta entonces, forzándonos a adaptar la experiencia a esta evocación, y haciéndola, así, perder su esencia misma en el proceso. Ahora, en el mismo momento de convocar la palabra, seríamos nosotros quienes le impusiésemos a ella un nuevo sentido que vendría, no a sumarse a los que ya contenía, sino a trastornarlos de golpe, influyendo en ellos quizá radicalmente hasta el punto de transformarlos en algo muy distinto para adecuarse al recién llegado (sentido). El objetivo se habrá cumplido si lo que digo o escribo puede despertar en mí las imágenes y las emociones relativas al fenómeno que experimenté en su momento. Para mí, las palabras habrán adquirido nuevas connotaciones que reflejarán con exactitud las cosas referidas sencillamente porque habré volcado en ellas todo lo que viví; así, bastará con que pronuncie las palabras “mágicas” para que vuelva a revivir el momento referido. A partir de ahora, las palabras empleadas han quedado impregnadas de nuevos afectos y sentidos, y, precisamente, por el sólo hecho de haberlas usado para expresar aquello que pretendíamos.

DE TIMIDECES Y AMISTADES VERDADERAS, de Víctor Valero

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Sorprendido por un frío mortal propio de París en estas fechas pero que, hasta entonces, no había hecho aún su temida aparición, arrancó la noche camino a la Gare du Nord, donde habíamos quedado con el primo de mis dos acompañantes para tomar una cerveza antes de asistir a la fiesta a la que estábamos invitados. Se trataba de un joven actor que comienza ya a representar algún que otro papel interesante, como el de protagonista en un drama de Thomas Bernhard, cuyo estreno se haría la semana siguiente: “Almuerzo en casa de Ludwig Wittgenstein”, y donde él tendría la complicada tarea de interpretar al torturado filósofo austriaco. De hecho, ese día yo pude asistir al estreno, que se representó en el teatro más pequeño de París y, con seguridad, del mundo entero, o quizá no, pero mi experiencia fue desde luego como la de entrar, a través de una diminuta abertura, al interior de una viejísima, oscura y singular caja de zapatos, en cuyo extremo opuesto, apenas unos pocos centímetros del agujero de entrada, se haría revivir al mismísimo Wittgenstein. Y, ciertamente, eso fue lo que ocurrió, pues la ovación final me confirmó que los poquísimos espectadores -no obstante el aforo completo- que allí estaban congregados fueron también conscientes de la altura dramática que se había alcanzado en aquella misteriosamente acogedora ratonera, usurpada por y readaptada para los humanos. Por supuesto, su magnífica representación se vio favorecida por el ambiente tan irreal de este extraño y diminuto lugar pero, también, qué duda cabe, por el inquietante parecido fisonómico que guardaban ambos, representado y representante.
El día que nos conocimos no pude conversar apenas con él, no tanto por mi torpe dominio de la lengua nativa como por sus esquivos ojos que nunca me miraban pero que hablaban traicioneramente de la timidez de su portador. Ya eso lo pude percibir en los primeros minutos cuando mi compañero le hizo saber, excitado por la coincidencia, que esa misma semana acababa yo de leer un jugoso libro autobiográfico del mismo autor de la obra en la que él participaba, Thomas Bernhard, titulado “El sobrino de Wittgenstein”, donde aquel cuenta la fascinante relación que mantuvo hasta su muerte con Paul Wittgenstein, sobrino del filósofo. La reacción del tipo se redujo a un rápido y nervioso asentimiento de cabeza, y sin abrir siquiera la boca, articuló un sonido interno del tipo “hum”, y al punto giró la cabeza para dar a entender a su primo que ya podía pasar a otra cosa. Esto no me lo tomé yo como un feo gesto personal pues, como pude confirmar más tarde, no se trataba más que de la incontenible hostilidad propia de los mejores tímidos en sus primeros minutos junto al extraño con el que se sienten obligados a conversar como por una especie de deber subjetivo de cortesía, o, sencillamente, porque así lo exige implícitamente la norma social. Por eso, poco después pude ser testigo de sus encomiables esfuerzos por establecer los primeros contactos con el otro tímido, que era yo mismo. Por mi parte, no me fue especialmente difícil disimular la tensión embadurnándola y enmascarándola con una fina capa de rígida y estúpida simpatía, dado que yo soy de esos que ya han pasado de fase y se encuentran en un nivel superior al haber abandonado la categoría del “tímido-hostil” para encontrar su sitio en la del “tímido-tontito” (Véase nota aclaratoria sobre ambas categorías al final del texto). Después de que los dos tímidos sufriéramos el tiempo más que suficiente, intentando mantener el tipo en nuestra insípida y fatigosa conversación, terminamos las cervezas en la brasserie al pie de donde se celebraba la fiesta y decidimos subir ya al lugar en que nos esperaba, como es costumbre en esta ciudad, el inminente proceso de embriaguez que habrían de provocarnos los diferentes buenos y malos vinos traídos aquella noche por cada uno de los invitados.
Fuimos recibidos en una amplia entrada, de techos altos, en la que se encontraban unas quince personas en perfecto estado de embriaguez, y algunos más que probablemente también lo estaban a pesar de que no dieran apenas señales de ello, pues, en estas fiestas francesas, a veces hay ocultos maestros del disimulo en el arte del beber y estar bebido en mayor medida de lo que podría pensarse. Ya era más allá de medianoche y a estos sitios no se viene a perder el tiempo. La fiesta había comenzado hacía unas dos horas y las botellas de buen vino empezaban a escasear… Para ser honestos, diré que no hay dios que sepa distinguir aquí entre vinos buenos y malos pues, en Paris, la variedad de vinos, distribuida en comercios dispuestos cada 100 metros, es elevadísima, de modo que habría que darse con dedicación plena a la exploración de todo ese ingente material para llegar siquiera a elaborar una grosera tabla clasificatoria.
La sala principal, que comunicaba inmediatamente con la entrada a la casa, se había acondicionado para que hiciera las veces de lo que sería el corazón de cualquier discoteca: la pista de baile. De esto no hablaré, pues es la misma cosa que ya todos conocemos, y la imagen que pueda yo ofrecer no será mejor que la que cada uno tenga ya en su cabeza, por propia experiencia. De hecho, en realidad, creo que no hay mucho más que contar de la fiesta en sí, pues ahora que lo pienso mejor no hay grandes cosas que la distingan de cualquier otra a la que hayamos asistido en Madrid, siempre que hubiera 60 personas, o más, y suficiente alcohol: gente muy borracha, siempre algún gamba, siempre algún discreto, también algún timidillo atravesado por el conflicto de un querer y no poder hablar, más tontito que hostil, y que destila por todos sus poros una tensión disimulada con mayor o menor éxito, cuando, al pasar a su lado, le miramos un instante con una sonrisa simpática.
Bueno, también en ese tipo de fiestas te puedes cruzar -como a mí me ocurrió- con alguna pesada, por supuesto muy bebida, que se interesa por ti, y que te viene una y otra vez a decirte no se qué -porque no hay dios que la entienda en ese estado y en francés-, y te coge de la manita para sacarte a bailar, y tú le das un par de vueltas sobre su desajustado eje de rotación y le dices: “ala, ya, bonita”, pero, incombustible, ella insiste, y te vuelve a decir no sé qué en francés, o que “I want to kiss you”, así, en inglés, o que “I love you”, o que “quiero dormir contigo esta noche” (traduciendo ya al español), y que, de repente, te besa en los labios, y se te echa toda encima, y tú que la apartas entre sorprendido y divertido, sin poder evitar reírte de la situación, y entonces te coge de la mano otra vez, y te saca al balconcito (para que así sus compañeras de arquitectura -porque ella es arquitecta- no la vean, pues ellas saben que tiene su novio, que la espera en Nantes -a tres horas de Paris-, donde viven juntos), y entonces, allí, en el balconcito, se te pega mucho al oído y te susurra todo lo de antes, que “I want to kiss you”, que “está noche quiero dormir contigo”. Y, ahora, con su cuerpo frente al tuyo, se te empieza a arrimar mucho, demasiado, hasta que ambos cuerpos están muy apretados, y entonces un escalofrío de debilidad te atraviesa la médula, una debilidad que ya venías vislumbrando pero que no te querías reconocer, porque la francesita estaba borracha, bonita pero borracha, y tú te decías: “no, no, esto no son formas”, pero ahora la tienes ahí, apretada fuerte contra tu cuerpo, y no puedes evitar que el riego comience a fluir con ímpetu por ahí abajo, y te es imposible ya escapar al simple esquema estímulo-respuesta, y se te dispara el resorte, haciendo que el general tome el mando de la situación, enfilando imparable hacia arriba y ejecutando, con previsible éxito, su particular golpe de estado; mientras al mismo tiempo, corriendo en paralelo a este proceso, allí encima, entre vuestras cabezas, ella se lanza con implacable decisión hacia tus labios, permaneciendo tu voluntad ahora inoperativa, por causa de los demasiados recursos que se están movilizando por ahí abajo, y entonces te besa… Te está besando, y tú también a ella… Tú también la estás besando, porque quieres besarla, porque ahora sí quieres besarla ¿no, cabrón?
En su boca se pueden apreciar la suma de diferentes alcoholes, de diferentes vinos buenos y malos, y en el furor del beso se siente la explosión de todos ellos, y, al instante, empiezan a sucederse explosiones una detrás de otra, en uno y en otro cuerpo, porque tú también estás embriagado, embriagado de los mismos alcoholes y pulsiones; pero entonces, de repente, ella te espeta: “seulement bisous, rien plus”, y tú le preguntas perplejo: “¿pero cómo que nada más? ¿sólo besitos?”, “Sí -te contesta convencida-, porque tengo novio y no puedo hacer nada más; quiero dormir contigo pero no vamos a hacer nada, sólo besitos y caricias, como dos buenos amigos, d´accord?”, y entonces tú, que también eres muy mimoso, que te gustan tanto y consideras tan autosuficientes y satisfactorios por sí mismos los besitos y las caricias, le dices que sí, que le acariciarás sus preciosos cabellos, que le besarás sus ardorosos labios, y que, después, dormiréis abrazaditos, prometiéndola que no va a pasar nada más, casi como entre dos íntimos y buenos amigos, o sea, entre quienes solamente puede, y debe, haber amor, pero nunca deseo… He aquí el repentino e inesperado comienzo de una verdadera amistad, de una amistad pura.
Y así, después de unas cuantas promesas de amor virtuoso, arrastrados por el entusiasmo del momento, abandonamos sin tiempo que perder el humo y el griterío de la fiesta, con el alba pisándonos los talones, para tomar la línea cuatro de metro hacia Denfert-Rochereau, donde se hallaba mi apartamento. En el trayecto, como un completo adelanto de lo que habría de ocurrir una vez alcanzáramos la cama, no dejamos de abrazamos y de regalarnos caricias y besitos, y, a veces, ella, toda tierna, me repetía “tu me plais beaucoup, tu me plais beaucoup”, y yo, que apenas hablaba, le dirigía una mirada con ojillos maliciosos, y le sonreía.
Por fin, llegamos al apartamento, y ella no tardó ni un segundo en desnudarse, pero al punto, con la misma celeridad, se ocultó toda entera bajo las sábanas como en señal de arrepentimiento, como quien buscara sustraerse por última vez, con un ademán vano y postrimero, al que ya era su destino. Temeroso yo mismo de la fatalidad que se barruntaba, con desconfianza perruna me acurruqué en el otro extremo de la cama, escondiéndome también entre las sábanas. Pero, a los pocos minutos, ¡ay! sobrevino la tragedia. Nosotros, los amigos que aspirábamos a la más alta pureza, sufrimos una feroz metamorfosis, y, repentinamente, se apoderó de nuestras almas el desenfreno más salvaje que hubiera podido imaginarse.
Inmediatamente después de consumada aquella locura, y recobrada ya la lucidez, tomamos dolorosa conciencia de lo que acababa de ocurrir. ¡Oh, Dios mío, qué espanto! ¡Qué atrocidad! ¿Pero cómo habíamos podido rebasar nuestros límites de esa manera, acabar así con la pureza que nos unía y que daba sentido a nuestra relación? ¿Qué clase de amigos iríamos a ser a partir de ahora? Muy a nuestro pesar habíamos traicionado la prometida inocencia de nuestra reciente y virtuosa amistad para trocarla, de modo ilícito, por la bastarda impureza que habría de brotar necesariamente del arrebato entre los amantes. No supimos ser todo lo firmes y valientes que el pacto de “seulement bisous” exigía y ahora lo pagaríamos caro. Toda nuestra vileza había fulminado de un solo golpe y para siempre las condiciones de posibilidad de una amistad verdadera.
Nota aclaratoria: distinción entre las categorías “tímido-tontito” y “tímido-hostil”.
Lo característico del tímido-tontito es esa sospechosa simpatía rayana en lo ridículo y esas muecas forzadas aparentado una normalidad que no existe, mientras que por detrás de la fachada se agolpan y revuelven una anarquía de tensiones e impulsos de difícil contención que representan la verdadera realidad de lo que en ese cuerpo está ocurriendo, y que, irremediablemente, a pesar de los penosos esfuerzos desplegados en su contra, por momentos la situación se hace tan insostenible que algunos de ellos, y siempre a traición, escapando al acosado y debilitado control de su pseudo-dueño, en forma de espasmos, aspavientos, sudores y tragamientos de saliva, comienzan a delatarle lastimosamente, dejando entrever las miserias y fantasmas que éste pretendía ocultar no sólo a su interlocutor sino también a sí mismo.
Por su parte, el tímido-hostil tampoco está el pobre hombre libre de menores sufrimientos aunque, obviamente, los vive de un modo algo distinto ya que éste no tiene la más mínima intención de caer bien o de mostrar simpatía alguna, y cuando un extraño se planta ante él -sea cual sea la situación- con el inocente ánimo de conversar sobre cualquier cosa, aquel bloquea la temible intrusión con su implacable escudo de hostilidad, provocando la perplejidad de su ignorante y fracasado interlocutor, y despertando instantáneamente una animadversión tal que hará imposible cualquier intento posterior, por parte del tímido, de enmendar lo sucedido.
Invariablemente, en estas situaciones el tímido se siente verdaderamente mal de tan inseguro y tan incapacitado como se ve frente a aquel extraño, lo que le hace echar mano de todo su arsenal defensivo para lograr salvarse pero acarreando con ello indeseables consecuencias para sí mismo, pues será percibido irresistiblemente como un desafío y un ataque frontal por el que ya podemos llamar legítimamente el ofendido: el fracasado interlocutor no considera -y con razón- haber hecho nada malo que justifique el trato del todo fuera de lugar al que se le está sometiendo.
La forma en cómo esa hostilidad se despliega tiene, al principio, algo de subrepticio, para después ir progresivamente haciéndose cada vez más evidente. Ese gesto de indiferencia, casi de desprecio, que me dedicó el actor a los pocos minutos de conocernos podría servir como primer ejemplo, aunque es importante hacer notar aquí que no estamos ante un perfecto tímido-hostil, ni mucho menos, sino ante alguien que ya viene mostrando estupendos progresos en el empinado trayecto hacía la siguiente meta: la de llegar a ser un admirable tímido-tontito. No obstante, justamente por ahí va la cosa para poder empezar a entender la referida y escurridiza hostilidad. A partir de cierto momento, todo ademán, el más mínimo gesto que se haga, cualquier movimiento teóricamente neutral, como encenderse un cigarrillo, o abrocharse un botón de la chaqueta, cualquier expresión del rostro, como una leve sonrisa, un asentimiento o una apenas perceptible reacción facial a un comentario, todo esto, aún ejecutado con el mayor de los disimulos, vendrá bañado como por un aire altamente sospechoso que, a medida que se sucedan los minutos, hará que la víctima (el interlocutor) comience a sentirse inquieta, a no sentirse bien sin saber todavía exactamente porqué: ese aire, por paradójico que parezca, al principio se percibe siempre como algo borroso y diluido en el ambiente, como si en aquel espacio donde se desarrolla la escena se respirase una atmosfera enrarecida o extrañamente pesada. Pero al punto… en efecto, algo huele mal y el foco de los hedores no tarda en ser identificado. Aquel sujeto enfrente de él no le inspira ninguna confianza: esa forma de mirar, el modo en cómo escucha y reacciona a sus comentarios, cómo fuma, cómo se mueve, la clase de cosas que dice -que son, por lo demás, escasas- y, en fin, ese mueca forzada que le ha dirigido cuando el -de antemano- fracasado interlocutor se ha atrevido a hacerle una pregunta trivial, y su respectiva respuesta cortante. Ahora sí puede ver nítidamente lo que ocurre. Todo en él empieza a parecer desagradable, profundamente desagradable, se hace incómodo permanecer muy cerca, su presencia destila desprecio: no sólo lo imparte, sino que solicita asimismo ser despreciado. Se siente uno impelido irresistiblemente a la antipatía y a la hostilidad para con él, pues no es otra cosa lo que se está recibiendo de su parte. E incluso, por momentos, tanto rechazo que uno genera como reacción defensiva, tanto envilecimiento para responder con suficiente capacidad a ese ser hostil que nos agrede insidiosamente, hace que uno se vea a sí mismo vil y sucio, y acabe por sentirse asqueado de todo eso y sólo desee salir huyendo de allí a la menor oportunidad. Tal es el efecto que puede provocar este tipo de tímidos. En cuanto se sepa que se tiene a uno delante lo mejor es esfumarse lo antes posible, de lo contrario nos podremos ver enredados, a las primeras de cambio, y para nuestra sorpresa, en su despreciable juego.

LA MÍSTICA DEL ARTE, de José Javier Chavero

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A mi el arte me pone, y no lo digo en un sentido metafórico o intelectual. Desde pequeña sentí una atracción singular hacia las historias plasmadas sobre el lienzo o la roca. Las veladas ojeando las láminas de la Enciclopedia de Historia del Arte Salvat eran muy especiales, sentada en el regazo de mi padre, en el cobijo de su calor y de su olor, le escuchaba comentar las imágenes con voz grave y tranquila, respondiendo sonriente a cada una de las escenas que mi caprichoso dedo índice señalaba. Los cuadros religiosos, a pesar de sus recatadas túnicas, lograban transmitirme una tensión interior, un deseo de los protagonistas por alcanzar lo inalcanzable, por ir más allá de ellos mismos. Los mitológicos por el contrario, voluptuosos en sus formas, mostraban dioses muy humanos, de carnes temblorosas y pasiones airadas a punto de consumarse.

Ese pasatiempo infantil se convirtió en algo más profundo cuando el viaje de fin de curso eligió Roma como destino. Si bien tuve que separarme del tumultuoso devaneo hormonal de mis compañeros para poder disfrutar de la ciudad, la soledad me proporcionó la ocasión de respirar historia por los cuatro costados, de disfrutar de un banquete para los ojos. Sin saber dónde mirar primero, ni que lugar elegir para quedarme un poco más, mariposeaba azarosa por entre cuadros y estatuas, claustros y ruinas, parques y calles bulliciosas que ignoraban la modestia de un arco románico situado pocos metros más arriba. En esa excitación feliz me encontraba cuando empezó a llover, una de esas típicas tormentas de junio que mezclan calor y humedad a partes iguales, haciéndote exudar vapor de agua. El refugio más cercano era la iglesia de San Pietro in Vincoli. Allí, alojada en un ala poco visible, se podían contemplar los restos del megalómano sueño del Papa Julio II, un sepulcro de enormes dimensiones pensado para presidir San Pedro y que termino arrinconado e inacabado, presidiendo el lateral de una iglesia de segunda categoría. Lo más curioso es que la iglesia era conocida no por ser depositaría de los restos del pontífice sino por albergar una de las obras maestras del arte del renacimiento.

El Moisés de Miguel Ángel se me fue apareciendo de perfil, mostrando unos músculos en tensión que parecían sancionar con testosterona las admoniciones apocalípticas del cura en la misa. Me aproximé con precaución, rodeándolo; cuando por fin pude ver su terrible mirada no pude evitar dar un paso hacia atrás. Empapada y sofocada por esa lluvia veraniega me senté para contemplarlo mejor, coloqué el bolso a mi lado y sujeté mi pequeño paraguas entre las piernas para así apoyar la barbilla. Su mirada variaba de la comprensión a la ira según inclinase mis caderas hacia delante o hacia atrás. Volví a repetir el movimiento varias veces y el paraguas hacía de tope de mi balanceo; luego sentí una sensación extraña que recorrió con un escalofrío todo mi cuerpo y me acerqué lentamente hasta las pupilas horadadas del profeta, haciendo que mi pelvis arquease el paraguas hasta casi romperlo; luego el movimiento se fue haciendo progresiva y uniformemente acelerado, casi convulsivo; entonces eché la cabeza hacia atrás y la linterna de la cúpula lanzó un rayo de sol cálido, tamizado por las pinturas de la bóveda donde se representaba el ascenso de la virgen a los cielos, entonces el cura dijo Amen, yo exhale un gritito que salía desde el fondo de mi alma y me desmayé.

Aparte de un pequeño revuelo y una visita al hospital, tres puntos en la cabeza serían desde entonces los testigos mudos de mi primera experiencia mística. Así que me volví profundamente devota, y no había día ni fiesta de guardar que no acudiese a una iglesia (siempre con mi paraguas, incluso en verano) a admirar la dorada profusión barroca y el minimalismo repetido de unos fórmulas sagradas elevadas al universo. He de confesar que a veces, asistí hasta a tres y cuatro misas en un solo día, lo cual me hacía terminar exhausta, así que decidí autorregularme y no seguir la misa, más que una vez al día.

Sin embargo, el austero formato de la religión católica, su estricto control social y la tradición inmovilista de sus ritos me constreñía, y me hizo decantarme por las iglesias evangélicas, donde nadie tiene complejos en cantar y agitar sus cuerpos al ritmo de la música.

Las voces de los fieles evangélicos reverberaban en la iglesia como un eco místico, y cuando alzaba las manos podía, con las yemas de los dedos, captar la vibración y hacerla descender por todo mi cuerpo. No puedo negar que fueron los años más felices de mi vida, incluso terminaron por acolchar mi asiento en la iglesia, debido a que mis continuas y aparatosas caídas solían interrumpir el servicio para acabar en urgencias. Finalmente, y a pesar de mi aureola de santidad, las recriminaciones más o menos veladas del cura y de otros fieles, acabaron por persuadirme para abandonar la iglesia; aunque de fondo se encontraba un profundo desacuerdo sobre lo divino. Es verdad que la vida es un valle de lágrimas, porque yo misma he llorado más de una vez durante mis éxtasis, pero no lograba entender por qué la gente no sentía lo mismo que yo, y adornaba de gravedad y contrición el episodio feliz del encuentro con el creador. Así que no encontrando comprensión ni amparo en ninguna iglesia, me dediqué a visitar todos los eventos religiosos que pude encontrar.

Un día de Semana Santa, en un pequeño pueblo de Cádiz un cristo crucificado fue la última imagen que vi. Se movía hacia mi con paso firme, al ritmo de unos tambores estruendosos y de unas cornetas estridentes que lograban apartar cualquier pensamiento que no fuese su mirada de vidrio, intemporal y sufriente de pasión. Ni siquiera mi fiel paraguas pudo ayudarme y caí golpeándome la cabeza contra un bolardo. El suelo acolchado con flores se empapó rápidamente en un rojo intenso, poniendo alfombra roja al misterio, mi cuerpo yaciente en cruz era un espejo femenino del señor, mi último suspiro sonó a Saeta Tal vez por todo eso y por mis pasados éxtasis ya no soy carne, ahora yo misma soy arte, soy una fría estatua con nombre de Santa.

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