Al atardecer estuve recorriendo las calles sinuosas y angostas de un desconocido barrio de la ciudad. Me impresionaron algunas escenas que normalmente suelen pasar desapercibidas, aunque cuando uno está predispuesto puede encontrar en ellas un goce inesperado. Se componían de balcones, macetas y flores, fachadas desangeladas, espacios de vida recortados por el encuadre de las ventanas, reflejos de la débil luz del sol y el sol mismo antes de ocultarse dispuesto en el fondo del pasillo de cielo dibujado por dos edificios paralelos. Pude percibir algunos olores al mismo tiempo que transcurrían las imágenes, y oír el susurro de cosas inanimadas.
Ahora llega el momento de querer expresar todo eso que he vivido… y comienzan las dificultades. Para empezar, esto que ya he dicho no me sirve para nada, no refleja en absoluto lo que en realidad ocurrió mientras yo tuve aquella experiencia. No encuentro palabras que refieran a las cosas mismas que yo vi y oí. Sólo en mi memoria puedo seguir recreándome en esos momentos, y no sé por cuanto tiempo. Por más que formule esa vivencia de modos cada vez distintos no logro atraparla con el lenguaje. Podría decirse que estoy experimentando la insuficiencia de la palabra para hablar de la vida; en realidad pienso en esa crisis del lenguaje vivida y tan ejemplarmente expresada por algunos literatos, sobre todo centroeuropeos, a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Claudio Magris, en quien me inspiro para desarrollar las ideas que siguen, da cuenta de este hecho en El anillo de Clarisse, donde recorre e interpreta magistralmente algunas de las obras más destacadas en ese sentido de estos autores -entre otros, de Robert Musil:
“El signo no es sólo insuficiente, sino también engañoso, es un truco para domesticar, adormecer y apresar en “alguna operación ingeniosa” “algo que está por encima de la razón, algo salvaje y destructivo” [...] Como para Nietzsche, también para Musil el signo convencional y petrificado por la clasificación conceptual ha fosilizado naturaleza y vida, las ha embalsamado en el mecanismo de la institución social. [...] Törless habla de la “segunda vida de las cosas, secreta y huidiza”, de “una vida que no se expresa con las palabras y que sin embargo es su vida”. [...] El sexto sentido de Törless está atrofiado, sirve sólo para hacerle entender que la realidad habla y que él no puede captarla; estas “palabras” no son epifanías de las cosas, sino mandatos o indicaciones: transmiten oscuros mensajes impersonales del fluir vital, no ya nítidos perfiles del objeto. Cuando Törless intenta esclarecer por sí mismo la turbia ebullición de su sensualidad, descubre que “las palabras no lo expresaban, porque no es tan terrible como parece en las palabras; es algo mudo… un apretón de la garganta, un pensamiento apenas perceptible, y sólo si uno insiste en quererlo decir con palabras se exterioriza así; pero entonces es totalmente distinto, como en una inmensa ampliación, donde no sólo se ve más claro, sino que se ven también cosas que no están ahí…”
Parecería que estos escritores son capaces de sentir nítidamente el acto de perversión que se comete cuando se acude a las palabras para intentar expresar la experiencia vivida. Las palabras de que se dispone evocan cada una de ellas la particular imagen -o imágenes- a la que están vinculadas. Al usar un vocablo concreto estamos trayendo a nuestra mente al mismo tiempo un concepto o una imagen que nunca puede identificarse de modo exacto con la vivencia -o parte de ella- que queremos expresar, y por lo tanto, invariablemente, nos vemos en la tesitura de ajustar ésta a la imagen evocada por nuestra palabra. Toda palabra a la que recurro añade, incorpora elementos extraños, recorta, moldea y modela la experiencia original. En este proceso de adaptación en el que ajustamos lo vivido a la expresión -al concepto- se lleva a cabo la perversión del significado auténtico del fenómeno experimentado, reconduciéndolo, forzándolo y adaptándolo a las imágenes de que disponemos. La crisis de la palabra nacería de la desgarradora consciencia de este falseamiento de la propia experiencia que se ha tenido del mundo cuando se lo intenta decir. Una vez dicha tal o cual experiencia necesariamente se habrá cometido un acto de perversión con respecto a ella, no hay salida: lo auténtico se presenta como irreductible -a ninguna representación o idea previas-, como indecible.
Dando un paso más, por otra parte, se podría decir que la crisis se extiende más allá de las vivencias subjetivas, esas que aluden, por ejemplo, al canto de los pájaros mientras se respira el aire fresco del amanecer o a la luz del sol de poniente difuminándose sobre los balcones de una fachada de otro siglo. Por eso, se siente uno incapaz, asimismo, de hablar de cosas tan aparentemente definidas y diferenciadas como un puente de piedra o un ciprés porque sospecha que al designarlas y pretender atribuirles propiedades las fija como algo estable indefinidamente, como habiendo encontrado la forma definitiva y propia de la cosa referida. Sería bueno seguir la sugerencia que hace Magris a propósito de Balthesser -personaje creado por Richard von Schaukal-, quien “contrapone a la rigidez leñosa de los conceptos la ductilidad y elasticidad de las cosas, que él quiere salvar de ser encasilladas en definiciones”. Aquellos escritores saben que las cosas mudan, que lo que los objetos les sugieren se transforma ininterrumpidamente. Basta que pase el tiempo, haya cambios en nosotros -quizá en algunas de nuestras identidades- y el mundo concreto de las cosas habrá cambiado. Pero tampoco tiene que, necesariamente, pasar mucho tiempo pues en un mismo momento -casi instantáneamente- se puede ver, ahora una cosa, y al instante otra muy diferente. Son conscientes de los mil rostros que ocultan los objetos, de la connatural multiplicidad de versiones potenciales que cada uno de ellos posee en estado latente y que podrían ser captadas por nuestros ojos al mirar una misma cosa sucesivas veces, y por eso no quieren encerrar nada en una simple imagen contingente, una de tantas como podrían ocurrírsenos aquí y ahora, pues se estaría cometiendo la estupidez de reducir y fijar en una idea toda la riqueza latente de ese objeto indeterminado dejándolo atrapado y asfixiado -ahogado- en la imagen. Magris, siguiendo el pensamiento del personaje de Franz Blei, Heliogábalo, lo expresa con agudeza y elocuencia ejemplares:
“La vida no es denkbar, no es pensable, es irreductible a las categorías del pensamiento y a cualquier sistema filosófico, no puede ser reificada en ninguna clasificación intelectual que la convierta en objeto de reflexión. [...] Ningún universal ha de aprisionar el puro transcurso vital, ningún sentido recóndito tiene derecho a subordinar y reprimir lo inmediato, ningún valor ha de dominar al presente y sus potencialidades abiertas en todas direcciones. Heliogábalo rehúsa hasta el recuerdo, que impone a la experiencia del instante un significado unilateral, inadecuado al salvaje desenfreno de su pulso; no quiere sacrificar la flor al fruto e inventa continuamente nuevos dioses, porque cada instante tiene su dios, es decir su calidad de absoluto. Heliogábalo rechaza la “tiranía” del pensamiento, debida a que éste se sitúa por encima de la inmediatez y la pierde; niega el “valor” y el “sentido más profundo” que quieren imponerse al devenir, desecha cualquier opinión acerca de la vida. Esta es siempre “el fin de la vida”, que no dura lo suficiente para que haya tiempo de meditar acerca de ella. No existe reflexión, pues falta su objeto: como sabía Lord Chandos -personaje de Hofmannsthal-, cuando el pensamiento se detiene en un momento de la existencia éste ya ha volado, y el momento no es jamás aquel momento, sino siempre otro. Para Heliogábalo lo que depasa el instante es una abstracción, pues no existe jamás en realidad; las contradicciones y antítesis se inutilizan por sí solas, puesto que apelan a principios que van más allá del presente y en consecuencia no existen; la vida es sinnlos, carente de un sentido o una esencia que no se resuelven en la mera existencia, fugitiva e impredicable.”
Aún cabe hacer un último comentario sobre otra posible causa de la crisis de la palabra tal como la viven estos autores. En este caso nos desplazamos al terreno de la comunicación con el otro, donde se empieza a tener en cuenta a un posible destinatario de aquello que se quiere narrar, pues hasta ahora nos habíamos centrado en cómo el propio individuo sufría la insuficiencia de lo que decía acerca del mundo siendo él mismo a un tiempo emisor y receptor, sin haberse dado el momento de comunicárselo a nadie.
Exagerando un poco, se podría decir que la epifanía experimentada es, esencialmente, un puñado de emociones, las cuales significarían el foco inagotable desde donde se nutren los mecanismos implicados en la generación de las frases que voy articulando para expresar lo vivido. Todo lo que digo es un intento de extraer literalmente las emociones sentidas y mostrárselas al otro en toda su desnudez e intensidad. En eso consiste mi verdadera intención comunicativa, en hacerle comprender exactamente lo mismo que yo experimenté, para lo cual no sólo necesitaré situarle en el escenario del fenómeno ofreciéndole representaciones -con toda la precisión que me sea posible- de lo que allí estaba ocurriendo sino también, y sobre todo, hacerle comprender exactamente lo que yo sentí, las emociones que dieron sentido a mi vivencia y por las cuales ésta cobró importancia para mí. He aquí el obstáculo insuperable. Lo que yo he sentido y quisiera comunicar es sencillamente imposible porque, justamente, mi deseo es en último término que el otro sienta lo mismo que yo y ninguna otra cosa. No me quiero conformar con que viva alguna clase de sucedáneo. Pero esto no puede ser. ¿Cómo hago yo para poner en palabras la experiencia de haberme despertado, después de un breve sueño, bajo la sombra fresca de los eucaliptos a la orilla de mi secreta laguna en tierra de Cáceres? ¿Cómo hablar de los olores húmedos que destilaban las hierbas y eucaliptos de la laguna entremezclados con los que procedían de los secos campos circundantes? Podríamos pensar que para que el otro pudiera sentir todo eso está la posibilidad de que ya antes haya tenido una experiencia parecida para que, desde ahí, pueda evocar lo que sintió él en su momento; sin embargo, eso siempre será, inevitablemente, otra cosa distinta. Aunque recordase algo que le evocase lo más parecido a mi propia experiencia, eso podría estar infinitamente lejos de lo que significó para mí esta última. Así pues, lo único que podré hacer será transmitirle mi entusiasmo y contagiarle mi sentimiento intentando llevar al límite mis capacidades expresivas -dicho en un sentido amplio, no sólo verbal-. Lo que no significa que haya logrado comunicarle con plenitud mi vivencia, traspasarle la epifanía que se me reveló: nada más lejos de la realidad. Como mucho, habré conseguido emocionarle, al lograr hacer que se recree con las representaciones que he despertado en su imaginación y al dejarse contagiar por mi excitación mientras intentaba expresarle todo aquello. De ningún modo habrá sido posible franquear la engañosa e insalvable pared de vidrio transparente que se encuentra entre nosotros. Entendido en un sentido pleno, no ha habido comunicación, sí ilusión de que la ha habido. Lo más auténtico de mi vivencia, la experiencia misma, ha quedado ineluctablemente apresada en mi interior. Aquello fue sólo para mí, algo que será absolutamente intransferible.
Quizá un planteamiento tan radical como este último en lo tocante a la comunicación de vivencias subjetivas no nos deje opciones de considerar algún otro enfoque que nos permita ver el problema de un modo no tan pesimista. Sin embargo, si podemos intuir alguna grieta por donde penetra la luz en relación al planteamiento referido a la insatisfacción provocada por la incapacidad del lenguaje para expresar lo que hemos vivido, dejando a un lado, ahora, a un posible destinatario. Nos interesa, nuevamente, retomar el caso del que escribe para sí mismo y que no ve justa ni fielmente representado el momento vivido. Magris nos muestra el ejemplo de Robert Musil como escritor que, en un sentido notable aunque de manera intermitente, logra revertir su relación con el lenguaje adoptando en ocasiones una posición de confianza con respecto a éste, sentimiento que alcanza una vez dejadas atrás -hasta cierto punto- las experiencias plasmadas en sus obras de juventud, es decir una vez empezada su inacabada e inacabable El hombre sin atributos:
“A menudo Musil afirma que lo inexpresable no adquiere su significado más que de los intentos anteriores de expresarlo. La palabra no es ya “devaluación” de lo vivido, sino su evocación, y adquiere la capacidad irónica de “aludir a lo que no puede ser transmitido”, como dice Beda Alleman. Si las palabras son simios que brincan entre las ramas, por otra parte también saben penetrar en el fondo oscuro de la vida, en ese abismo vacío, en esa pura negación que es el fundamento, el primum de la existencia que no permite mediación. [...]Ese fondo de la vida no es mediable; sus contradicciones son insolubles y permanentes. La poesía puede aludir a ellas, puede permitir el acceso a esa profundidad y hacer centellear su esplendor lóbrego, sin aventurarse en su interior. Moosbrugger y Clarisse, los dos “casos límite” del hombre, representan el intento extremo de enfrentarse directamente con esa maraña de oscuridad, el esfuerzo fetichista por llevar el lenguaje al plano mismo de la inmediatez, por hacerlo coincidir con lo inarticulado”.
Quizá, por lo tanto, aún podamos salvar en alguna medida la insuficiencia del lenguaje en ese nivel en donde uno se dice las cosas vividas para sí. Un posible planteamiento para enfrentar este problema podría ser el que sigue. Al hablar de nuestras experiencias, atamos a cada una de las palabras que empleamos algún aspecto de lo percibido, y las teñimos además de la emotividad que despertó en nosotros aquello. Con las palabras de que dispongo sí es posible fijar lo vivido -para después evocarlo- sencillamente porque puedo asignarle a éstas una nueva dimensión o valor que antes no poseían. La palabra quedaría ahora impregnada de un afecto y sentido nuevos, pasando a formar parte de ese “tejido inconmensurable de connotación” (George Steiner) que posee el lenguaje de cada uno de modo exclusivo e intransferible. Este sería un modo de eludir el acto de perversión a que antes me refería pues ya no estaríamos permitiendo que las palabras impusiesen aquello que nos evocaban hasta entonces, forzándonos a adaptar la experiencia a esta evocación, y haciéndola, así, perder su esencia misma en el proceso. Ahora, en el mismo momento de convocar la palabra, seríamos nosotros quienes le impusiésemos a ella un nuevo sentido que vendría, no a sumarse a los que ya contenía, sino a trastornarlos de golpe, influyendo en ellos quizá radicalmente hasta el punto de transformarlos en algo muy distinto para adecuarse al recién llegado (sentido). El objetivo se habrá cumplido si lo que digo o escribo puede despertar en mí las imágenes y las emociones relativas al fenómeno que experimenté en su momento. Para mí, las palabras habrán adquirido nuevas connotaciones que reflejarán con exactitud las cosas referidas sencillamente porque habré volcado en ellas todo lo que viví; así, bastará con que pronuncie las palabras “mágicas” para que vuelva a revivir el momento referido. A partir de ahora, las palabras empleadas han quedado impregnadas de nuevos afectos y sentidos, y, precisamente, por el sólo hecho de haberlas usado para expresar aquello que pretendíamos.