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Almodóvar menciona la situación precaria de los escritores jubilados

por Redacción ACE

Pedro Almodóvar: «El dolor exige discreción»

Por: Luis Martínez

(Entrevista publicada por el periódico El Mundo el 4 de abril con motivo de la promoción de su última película, Julieta, en la que se hace eco la «cruel» situación de los escritores españoles jubilados, es definitiva, de la plataforma: «Seguir creando»)

Pedro Almodóvar se reinventa, de nuevo, en Julieta, su película número veinte. De repente, el cineasta manchego sorprende con un calculado, intenso y deslumbrante estudio sobre la pérdida. Y todo ello, tan perfectamente contenido que se diría a años luz de sí mismo. «La regla era no llorar ante la cámara», dice tras confesar que la película tiene «mucho» de su propio sufrimiento y que ya sólo entiende la vida si hace cine.
Pedro Almodóvar ya no es exactamente él. No es el mismo. Nadie lo es después de veinte, películas y él, menos. Más delgado, más enérgico y, todo sea dicho, más doctor honoris causa que nunca. Justo antes de empezar la entrevista, queda confirmado. A Cuenca y Harvard, se une ahora Oxford. «Me hace ilusión», dice escueto y acto seguido recuerda que fue precisamente en junio de 2009 en la ceremonia de la universidad de Massachusetts donde conoció a Joan Didion, la periodista y escritora americana que hizo de la pérdida de su marido y su hija un monumento al dolor. «Su aspecto era fragilísimo», dice. Quizá ahí empezó a pensar Julieta, una adaptación muy libre de una serie de relatos de otra autora, Alice Munro. Pero sobre el mismo asunto. La película estaba originalmente pensada en inglés. «Cuando localizábamos en Canadá nos dimos cuenta de que el escenario era demasiado desolador». Lo que queda, y que se estrena el viernes, es una película tan monumental como discreta; tan contenida como dolorosa. Tan lejos de Almodóvar que sólo puede ser de Almodóvar.
El domingo 3, cuando se supo que Almodóvar y El Deseo figuran en lista de los Papeles de Panamá, EL MUNDO contactó con la productora. «No vamos a hacer declaraciones sobre la filtración. Lo único que tenemos que decir es que tanto la productora El Deseo como Pedro y Agustín Almodóvar a título individual están al corriente de todas sus obligaciones tributarias», explicaron entonces.
¿Por qué esa voluntad explícita de borrar cualquier atisbo de Almodóvar en la película número veinte de Almodóvar?
Me alegro de que se note. Hay un momento, sobre todo cuando eres también el guionista de tu propia obra, en el que la película se manifiesta y -sin que entre dentro de lo paranormal- te demanda su propia fisonomía. Hay que hacerle caso a esa voz. En cuanto acabé el guión, me di cuenta de que la propia película exigía contención.
Y lo decidió hacer a la vigésima. ¿Nace ahora un nuevo Almodóvar?
Digamos que es un nuevo camino; una nueva deriva contra mucha gente. El equipo con el que trabajas es mucho más Almodóvar que yo mismo. Y creo que hasta muchos de los espectadores son más Almodóvar que yo. Por eso es tan difícil ensayar algo nuevo.
Pedro Almodóvar no se ve muy almodovariano…
En absoluto. La idea que yo tengo de mí mismo es mucho más flexible que la que tiene de mí la gente.
Bien, pero ¿cómo llega un director a la conclusión de que para contar una historia lo mejor es, por así decirlo, anularse?
Muy sencillo. Esta historia trata del dolor y en seguida vi claro que para acercarse a éste la única manera es la discreción. El dolor exige discreción. A las actrices les tenía prohibido llorar. Ellas tenían que llorar y muchísimo, pero en las elipsis. Y las elipsis aquí son mucho más grandes que la propia narración. Lo más expresivo puede ser la falta de expresión, o expresividad. La regla era tratar de dominar las lágrimas. Y si aparecían que no implicaran ninguno de los músculos faciales. Que la cara fuera una máscara.
No me imagino nada más antialmodovariano.
¿Quién decide lo que es almodovariano? ¿Tendré que ser yo? De todas formas, todo lo que hablamos es muy agradecido para los actores: en vez de dar rienda suelta al llanto, contenerlo. Esa lucha es muy fotogénica.
¿Y el humor? ¿Dónde está el humor de Almodóvar?
Está, pero no está. En los ensayos siempre surgió un modo humorístico de desarrollar muchas de las escenas. Pero hay un momento de depuración en el que todo eso se borra. Digamos que el humor sirve para conocer mejor a los personajes, para vivirlos de otro modo. Y todo eso, consciente o inconscientemente, se incorpora al propio personaje.
¿Cuánto pesa llamarse Almodóvar?
Existe esa presión. Nunca siento ese peso ni al escribir ni al rodar. En esos momentos, soy libre. Ahora, en cuanto acabas la película, empieza la presión de qué es exactamente lo que la gente espera de mí. Y siempre llego a la conclusión de que nunca esperan lo que he acabado de hacer.
¿Por qué el dolor?¿Hay algo personal en la elección del tema?
Sí, en parte es un reflejo de lo que viví durante todo el proceso de creación de la película. Fue un momento, sin duda, dramático…
¿Puede ser más explícito?
No, ya que he estado contenido en la película, quiero estarlo también en las entrevistas. Aunque sí, hay algo personal que tiene que ver con esa austeridad… Entonces había mucho dolor físico en mi vida. La propia película era una salvación o una condena. Yo no tenía la seguridad de… No podía estar de pie más de dos horas… Pero sabía que lo único que podía hacer era rodar a pesar de todo.
Me pierdo. ¿La película es entonces una suerte de terapia?
No. Lo que quiero decir es que yo ya sólo me siento director de cine. Sólo soy un director y mi vida se sustenta en eso. Y sin eso, mi vida carece de sentido.
¿Esta película hubiera sido diferente en los 80?
En los 80, el mundo entraba por las ventanas. Aquí, el personaje se encuentra con gente, pero no hace caso. Aquí se recluye en casa porque ésa es la imagen que yo tengo de mí mismo: sentado en una mesa y escribiendo.
¿Ha perdido contacto con la realidad?
Seguro.
¿Y cómo le afecta?
Me he vuelto sobre mí mismo. Y esto nada tiene que ver con la vanidad. No hay demasiadas cosas en mi vida de las que me sienta especialmente orgulloso. Para mí lo real es la literatura, ya no está al otro lado de esa puerta. Y de la realidad de mis sobrinos, por ejemplo, ni hablo. Hay un montón de generaciones que ya no dicen tío ni colega… No es que no sepa cómo hablan, es que no sé de qué.
¿Por qué de nuevo la maternidad?
Es un tema inagotable. Es algo tan misterioso, y más para un hombre, que es imposible renunciar a entenderla. La maternidad es el gran tema para un hombre.
La película habla también del perdón, de la necesidad de compresión del otro, de cómo curar heridas muy dolorosas… Para estar alejada de la realidad, todo suena muy políticamente actual…
Cierto. Yo he hecho películas como Pepi, Luci, Bom… que querían de forma explícita negar la realidad. Quería negarle a Franco todo, incluso su sombra. No quería reconocerlo ni como fantasma. Aunque sea una persona muy preocupada por la memoria histórica, en ese momento era mi modo de vengarme. Pero, sin quererlo, habla de su realidad. La realidad tiene sus propios mecanismos para filtrarse en la ficción.
Hablemos de política pues. ¿Cómo es de necesaria la comprensión entre generaciones, entre la madre y la hija en la película, y entre lo viejo y lo nuevo en el Parlamento y en la calle?
Los viejos políticos ahora mismo son un lastre. Puedo dar nombres. Los antiguos presidentes, todos, son un lastre para sus propios partidos. Deberían de ser mucho más discretos y reconocer que es la hora de los otros.
¿Y qué le parece lo que está pasando ahora mismo en el Parlamento?
Lo mejor es que no estamos en el mismo lugar que en noviembre pasado. Estamos sin gobierno y sufriendo, porque la realidad ni se toma vacaciones ni se pone en funciones, pero ya no hablamos de bipartidismo. Tenemos nuevas voces y eso tiene que estar presente en el nuevo gobierno.
Las nuevas voces se confunden entre sí…
Sí, se han encontrado en un escenario nuevo y a veces da la impresión de que están borrachas. Es una experiencia fortísima. Me encantaría que el nuevo gobierno fuera tan multicolor como el resultado y eso, además, demostraría que son grandes políticos.
Hace poco habló de lo poco que a los políticos les interesa la cultura…
Sí, y en esta crítica incluyo a todos los gobiernos y a todos los ministros de Cultura. Sólo salvaría a Carmen Alborch. Mi queridísimo Semprún no sabía ni dónde se andaba. Y habla una persona de izquierdas que siempre ha votado a izquierdas. Pero ni siquiera desde la izquierda ha habido nunca una voluntad política de sustentar y reconocer la cultura como algo esencial en la vida de los ciudadanos.

¿Y por qué no reacciona el mundo de la cultura?
Estamos como acomplejados. Ahora no es que suframos ninguneo, ahora se cree que la cultura es un problema. Pienso en el cine, pero también en un escritor que debe retirarse para cobrar la pensión y no volver a escribir en su vida… Me parece tan cruel y tan profundamente estúpido.

¿Y qué le parece la nueva Ley del Cine?
No se debe propiciar el éxito; se debe propiciar el riesgo. El modelo para las nuevas generaciones no puede ser el televisivo, que es el que se impone. No puede ser que las televisiones decidan qué cine se hace. Vivimos la peor situación para la cinematografía.

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