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Ucrania: La batalla por la verdad

por ACESCRITORES

© Pepa Roma

Las escenas que nos llegan de Ucrania nos recuerdan tanto a las heridas que creíamos cerradas para siempre en Europa, y especialmente en España, que todos estamos en shock.

Es difícil no estremecerse ante esas sirenas antiaéreas en las que podemos sentir y recordar el pavor de la población civil, tan presente en el relato de nuestros padres y abuelos; no sentirse conmovidos por esas familias con niños, adolescentes en el inicio de la vida, enfermos y ancianos buscando refugio en los subterráneos; las largas colas de los que lo han dejado todo atrás para buscar refugio en otra parte. Las mismas imágenes de destrucción de las ciudades por donde avanzan las tropas de Putin nos recuerdan demasiado a esas carcasas de piedras negras y edificios calcinados dejados por los bombardeos nazis en España y que nos acompañaron durante décadas en los pueblos que habían estado en primera línea de frente.

La invasión de Ucrania nos afecta en cuanto es un ataque a la democracia, un sistema de valores y de vida por la que lucharon y murieron nuestros padres y que hoy compartimos todos los europeos.

Por no hablar de una literatura, un cine, fotografías con la recuperación del pasado y una cultura en general en la que permanece muy viva la memoria de la Guerra Civil española. Esa memoria colectiva con la que todavía estamos digiriendo y tratando de exorcizar un pasado marcado por la guerra. Una guerra precursora de la II Guerra Mundial, que nunca imaginamos que veríamos de nuevo en suelo europeo.

Para aquellos que en nuestra infancia escuchamos cuentos no de hadas y princesas, si no de los que murieron bajo un obús de Hitler o Mussolini, es difícil no sentirse implicado. Más aún cuando vemos a un pueblo vecino luchando heroicamente por los mismos ideales y aspiraciones democráticas por las que luchamos hace 80 años en toda Europa.

La invasión de Ucrania nos afecta en cuanto es un ataque a la democracia, un sistema de valores y de vida por la que lucharon y murieron nuestros padres y que hoy compartimos todos los europeos. Atenta contra la libertad de decidir de los europeos, ahora también de Suecia y Finlandia, amenazadas por Rusia si buscan el paraguas de la OTAN. La llamada de Putin a los militares de Ucrania a dar un golpe de Estado nos da cuenta del tipo de régimen que pretende imponer a imagen del suyo propio en Ucrania. Igual que ha hecho ya en Bielorrusia con un dictador obediente.

¿Qué cabe hacer ahora frente a un matón que se ha crecido y se cree con derecho a todo? Alguien que puede alentar las veleidades dictatoriales en muchos otros países del mundo con democracias frágiles o servir de ejemplo a China en Taiwan.

Pero sobre todo es el despertar de un sueño. Ese sueño que se abre con la caída del Muro de Berlín y la apertura de Europa del Este con la llegada de Gorbachov al Kremlin, al filo de los 90.

Los que trabajamos de enviados especiales para distintos medios de comunicación a escenarios de cambio o conflicto, por un tiempo vimos como en el mismo impulso caían dictaduras a un lado y a otro del planeta como fichas de dominó empujadas la una por la otra. Filipinas, Corea del Sur, Sudáfrica, Chile, Argentina, las Repúblicas Bálticas, por citar sólo algunos escenarios que me tocó cubrir como periodista, pasaban de la dictadura a las primeras elecciones democráticas en muy poco tiempo. Esas transiciones en cadena junto con un clima de distensión y acuerdos de desarme entre las potencias nos hicieron creer a muchos en el triunfo de una aspiración universal a la democracia que venía expresándose de múltiples maneras en los cinco continentes.

Un espejismo que empezó a desvanecerse cuando comprobamos que muchas de esas mismas democracias no lograban reducir las desigualdades, al tiempo que otras dictaduras brotaban o se endurecían en otras partes, como en Nicaragua o Myanmar. Curiosamente más de una, como la Siria de Hafed el Assad o en África Central, con el apoyo de Putin. Buscando ganar posiciones desde su llegada al poder hace 22 años en el tablero internacional.

Demasiadas cosas de lo que vemos en Ucrania nos recuerdan a ese 1936 en España o a ese 39 en el que Hitler invade Checoslovaquia, exactamente con los mismos argumentos que ahora esgrime Putin: acudir en defensa de los compatriotas germanos en ese país, junto con razones históricas que se remontaban a un pasado imperial.

Las invasiones y derrocamiento de regímenes, unas por Estados Unidos y la OTAN, como Irak o Libia, donde vimos el rostro más sangriento y destructor de la guerra, o el avance de los regímenes autoritarios amigos de Moscú nos parecían condenables y hasta motivo de multitudinarias manifestaciones pacifistas en Europa, pero en el fondo tan lejanos que no parecía pudieran llegar o afectar nunca a los ciudadanos que tenemos el privilegio de vivir en este continente. Incluso cuando en 2008 Rusia invade Georgia, en 2014 se anexiona Crimea, cuando agita el Donbas con militantes rusos armados, manteniendo a Ucrania en un estado de jaque continuo; cuando vemos ya la represión acelerada de las libertades en Bielorrusia tras el fraude electoral que consolida a Lukashenko en el poder con ayuda de Rusia, la Unión Europea se limitó a unas cuantas sanciones económicas y condenas verbales con las que creímos lavarnos la cara.

¿Qué cabe hacer ahora frente a un matón que se ha crecido y se cree con derecho a todo? Alguien que puede alentar las veleidades dictatoriales en muchos otros países del mundo con democracias frágiles o servir de ejemplo a China en Taiwan.

Demasiadas cosas de lo que vemos en Ucrania nos recuerdan a ese 1936 en España o a ese 39 en el que Hitler invade Checoslovaquia, exactamente con los mismos argumentos que ahora esgrime Putin: acudir en defensa de los compatriotas germanos en ese país, junto con razones históricas que se remontaban a un pasado imperial.

La buena noticia es que no estamos en el 36 ni tampoco en el 39. Y que Putin no es Hitler.

El dominio militar se crece con la impunidad. El dictador domina por la fuerza y el miedo, pero también con la complicidad de otros, sea una clique, la connivencia de la propia sociedad o de alguien que mira hacia otro lado. No habría existido Hitler sin que una parte de los alemanes miraran a otro lado, sin unos países europeos que pensaron que la invasión de Checoslovaquia no iba con ellos, dejando al país como carnaza para la fiera, confiados de que así quedaría saciada. Hasta que la guerra entró en sus casas.

Pero las aspiraciones zaristas del ex funcionario de la KGB no están respaldadas por un carisma de caudillo capaz de arrastrar masas. Quienes han tenido ocasión de conocerle le describen como un hombre solitario y temido, que ha perdido toda capacidad de comunicarse con nadie. Un dictador sin ese primer círculo de confianza, donde hasta los generales tienen miedo de él.

La escenificación propagandística de Hitler le dieron un control casi total de la información, algo que Putin no ha logrado a pesar de la feroz represión de toda disidencia y voz discordante, venga de la prensa, intelectuales, o pacíficos ciudadanos, como estamos viendo en las manifestaciones de estos días contra la guerra, con más de 3000 detenidos por la policía. Una represión que ha convertido a Rusia junto con China en una de las dos principales cárceles para periodistas, intelectuales, escritores, defensores de los derechos humanos y hasta pacíficos manifestantes. Una represión que no se ha detenido ante nada, la tortura y el asesinato incluido. Un intento de control que llega hasta lo delirante, incluyendo el uso del lenguaje, con la amenaza de detener y ajusticiar a todo aquel que utilice las palabras “invasión” o “guerra” en lugar de “acción militar especial” para referirse a la invasión rusa de Ucrania.

No habría existido Hitler sin que una parte de los alemanes miraran a otro lado, sin unos países europeos que pensaron que la invasión de Checoslovaquia no iba con ellos, dejando al país como carnaza para la fiera, confiados de que así quedaría saciada. Hasta que la guerra entró en sus casas.

Las víctimas de la libertad de expresión en Rusia y adláteres de Putin, como la Bielorrusia de Lukashenko o las zonas de la Ucrania ocupadas por Rusia, como Crimea y el Donbas, son muchas, como venimos denunciando desde hace tiempo desde las asociaciones de escritores y periodistas europeos.

En 2006 llegó el primer gran motivo de alarma con el asesinato de la periodista rusa Anna Politovskaya. En 2017 le tocaba al ucraniano Stanislav Aseyev ser detenido y torturado por las milicias rusas por sus reportajes sobre el Donbas.  En 2018 un tribunal de Moscú condenaba a 12 años de cárcel al ucraniano Román Sushenko. Vladyslav Yesypenko, periodista de Radio Free Europe era detenido en 2021, torturado y encarcelado por informar sobre la Crimea ocupada. Roman Protasevich era a su vez objeto de un secuestro aéreo sin precedentes en Bielorrusia. Su delito: denunciar el fraude electoral en las elecciones de 2020 por Lukashenko con el apoyo de Rusia. No hace ni dos meses en Kazajistán, las protestas contra las subidas de precios se saldaba  con la detención de decenas de periodistas que cubrían la información y el cierre de páginas web y medios online.

En un infausto 2021, marcado por un incremento de la represión, son precisamente China y Bielorrusia los países que, junto con Myanmar, figuran en el primer puesto del ranking de periodistas y escritores encarcelados, según el último informe de Reporteros sin Fronteras.

Nuevos escritores y activistas de la cultura y la información nacional e internacional aparecen para relatarnos la vida de las gentes en escenarios donde no se atreve a entrar nadie más, como el actor Sean Penn, quien se quedó en la región de Dombas grabando un documental para “contar al mundo lo que ocurre de verdad” en Ucrania.

Vemos que, como en toda guerra, el paso previo a las armas es el del control de la información.

¿Qué cabe hacer ahora que la amenaza a las libertades ya no es sólo un asunto interno de Rusia y sus satélites?

Es una guerra muy perversa en la que internet juega tanto a favor de la información como de la desinformación.

Putin dedicado en persona a alimentar un bombardeo de información falsa con el que confundir a los ciudadanos y militares de Ucrania para que se entreguen, como que el presidente Zelensky ha huido, o que el gobierno democráticamente elegido por no menos del 70 por ciento de los ucranianos es un títere de Occidente, formado por un atajo de “drogadictos” y “nazis”. Convirtiéndose a la vista del mundo en la versión más grotesca de su admirado Stalin.

Una ofensiva de mentiras que el presidente Volodomyr Zelensky se ha dedicado a desmontar día a día apareciendo en Kiev para negarlo y mantener la moral alta de los que defienden Ucrania. Un ejemplo que ha prendido la mecha entre los propios medios rusos como Novaya Gazeta, cuyo director, el Nobel de la Paz Dmtry Muratov, anunció que publicaría su próxima edición en ruso y ucraniano. “Sentimos tanta tristeza como vergüenza” dijó Muratov: “Sólo un movimiento de rusos contra la guerra puede salvar la vida en este planeta”. Una oposición a la guerra a la que se han sumado 600 científicos y divulgadores rusos, entre los que se encuentra otro Nobel, el físico Konstantín Novosiólov, y otros miembros de la Academia Rusa de Ciencias con la publicación de una carta abierta.

No es extraño que las únicas imágenes de la guerra procedan del lado ucraniano, siendo sólo escuetos comunicados militares lo que nos llega de la parte rusa, donde el bloqueo informativo es total.

Ucrania se ha construido a sí misma desde su independencia de la URSS en 1991 gracias a las elecciones democráticas continuadas o a la conocida Revolución de la Plaza Maidan donde, tras abrir fuego contra los manifestantes que protestaban contra las elecciones fraudulentas de 2014, el anterior presidente Yanukóvich se vio obligado a huir. Pero sobre todo a una impresionante desclasificación de documentos de la era de Stalin y y su pasado histórico con la que se ha recuperado el peso que tuvieron intelectuales, estudiosos y escritores antes de ser aniquilados por Stalin en los años 30. Hoy es el país con menos secretos bajo la alfombra. También gracias a una gran literatura que se nutre de todas esas experiencias.

Esa transparencia y coraje mostrados por el presidente Volodomyr Zelensky en la defensa de Ucrania lo ha convertido en un ejemplo a seguir.

Ante el descredito del militarismo tras la invasión de Irak, escaparate de las mentiras de Occidente y tumba de hombres en las arenas del desierto, hay que celebrar como a los verdaderos combatientes de hoy a esos corresponsables que se han quedado en Ucrania para darnos cuenta de primera mano de lo que allí pasa.

Nuevos escritores y activistas de la cultura y la información nacional e internacional aparecen para relatarnos la vida de las gentes en escenarios donde no se atreve a entrar nadie más, como el actor Sean Penn, quien se quedó en la región de Dombas grabando un documental para “contar al mundo lo que ocurre de verdad” en Ucrania.

La guerra de la información es tal vez la más importante que se libra, aquella de la que depende la motivación de los soldados para defender su país, o la oposición a la invasión rusa desde la propia Rusia. Pero no más que la guerra cibernética, con la que los ataques rusos a la red de comunicaciones de Ucrania la dejó con los servidores de internet inutilizados, bloqueando miles de ordenadores y cuentas en bancos, o atacando la comunicación entre los mandos militares y organismos oficiales. También aquí surgían los voluntarios de ayudar a Ucrania a blindarse contra los ataques rusos, como el grupo internacional Anonymus. Pekín es el primer socio comercial de Moscú desde 2010 y el que ayudó a mitigar las sanciones impuestas a Rusia tras la anexión de Crimea. Y no parece que las anunciadas ahora estén sirviendo para hacer desistir a Rusia de su guerra sin cuartel.

Es una guerra que nos emplaza a todos, a las familias de acogida de niños desplazados, a periodistas y escritores, convirtiéndonos en correa de transmisión de nuestros colegas ucranianos; a los lectores. Es momento de leer a los escritores de Ucrania y de otros antiguos países del Este que vienen dando testimonio de ese difícil y largo camino a la libertad.

Si no queremos lamentarnos en el futuro, la Unión Europea debe abrir hoy las puertas a Ucrania. Ucrania somos todos.

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