Crítica | Los libros premiados con el Adonais 2017

© MANUEL QUIROGA CLÉRIGO

Frente al desprecio que demuestran ciertas editoriales, medios de comunicación, intelectuales y ciudadanos en general la poesía tiene larga vida. Eso lo demuestran los poetas que siguen escribiendo sus versos, a veces con insólitas musas o raros referentes.

Así que es bueno que jóvenes de 20 ó 30 años y pensionistas del 0,25% aproximadamente sigan ocupados en esta labor que, al final, es de todos y para todos.

Es de agradecer, pues, el que Ediciones Rialp cuyo negocio editorial no se verá, seguramente, muy beneficiado por mantener siga publicando contra viento y marea la Colección Adonáis, que ya alcanza su volumen número 660, y el Premio que lleva este nombre y este año ha sido concedido a tres jóvenes de variada procedencia geográfica y cultural como son la madrileña, criada y residente en León, Alba Flores Robla, que fue galardonada con el Premio y los dos accésit concedidos, sin orden de prioridad al bilbaíno, residente en Madrid, Álvaro Petit Zarzalejos  y a Pablo Fidalgo Lareo, nacido en Vigo, que reside y trabaja en la ciudad pessoana por excelencia, Lisboa.

Una nueva generación, una nueva lectura, una lucha de los poetas de todas las edades contra el desánimo, la dejadez cultural de críticos, periodistas y otros escritores y la enorme y calculada avaricia del mundo editorial.

 

ALBA FLORES ROBLA: “HAY QUE PENSAR EN EL FUTURO”.
Sobre Digan adiós a la muchacha, Premio Adonais 2017.

 

Ediciones Rialp publica “Digan adiós a la muchacha”, libro original de Alba Flores Robla galardonado con el Premio Adonáis 2017. Los Adonáis siguen siendo un acontecimiento y una manera elegante de entrar en el difícil mundo de los autores de poesía que, si bien no serán nunca retribuidos como merecen, desde el momento en que son galardonados penetran en una nómina de creadores bien considerados por la sociedad.

Total, para empezar, que quienes escriben poesía vienen a convertirse en biógrafos de sí mismos y, al tiempo, en testigos de su entorno y de la existencia propia y de los demás. Los jóvenes inventan el presente, los mayores anuncian el pasado. Así sucede. Por ejemplo esta creadora, graduada en Filología Inglesa y profesora en Bembibre, nació en Madrid en 1992 aunque reside en León. ¿A qué se debe que las mujeres y los varones que escriben versos son capaces de reescribir la historia y, al tiempo, inventar la belleza donde sólo existe una puesta de sol o una mariposa escalando la ventana?. Los últimos versos de este libro dicen: “Ya creciste,/pero no sufras./¿acaso no crecen también los árboles/y no lloran?/. Ahí estamos”.

Alba Flores Robla se encuentra entre los fundadores de #PLATAFORMA (León 2016). Autoeditó el poemario “Tu hueco supraesternal” y Ediciones en Huida de Sevilla publicó “Autorregalo”. Este galardón de Adonáis viene a confirmar su trayectoria de cierta intensidad como creadora y el poder anímico de la autora para acometer cuestiones que, de muchas maneras, afectan a ser humano. De su reflexión hace una poesía lúcida, libre, armónica, vivencial.”En verano,/las hormigas trepan por mis piernas/como si fueran árboles./Hay arañas en mi pelo”. La autora se pasea por el poema como si penetrara en un oficio particularmente grato, aunque gratuito, donde son posibles todos los recuerdos, todos los deseos, todas las eternidades. Por ejemplo, este poemario se inicia con un emotivo poema titulado “El nogal”, resumen de la infancia, del sentir colectivo, de la historia personal que se revive a cada paso.”Mientras el nogal se partía/me hubiera gustado tenerte a mi lado”. Confesiones, delicadezas, intimidades. Es el inicio de una posible pasión de final inusitado, unas motivaciones corroídas por el tiempo, una concisa lamentación que, seguramente, nadie más comprende, una historia particular para ser degustada bajo las arcadas de la melancolía. Estos versos y los siguientes, por supuesto, van a suponer un acercamiento al sentido de la desposesión, de las leyendas propias parceladas por el paso del tiempo. “Mientras tú no estabas ahí/y las cosas pasaban rápidamente,/yo pensaba lentamente en toda la gente/que, a la sombra del árbol,/se había quedado alguna ver dormida”. El sueño eterno o la sensación de lejanía, la desaparición forzada de la infancia, de ese mundo efímero que suele acompañarnos hasta todos los finales y nos puede conducir a las dudas más completas pero, eso sí, dejando en nuestro interior plasmados, no adocenados, los recuerdos de, en este caso, aquel cobijo de todos que no escapa a la memoria. Luego vuelven otras dimensiones, como las de “Casas viejas con almas viejas”: “Hemos cerrado la casa”, Lean, lean. Recurrimos al ámbito imperecedero de la familia, a la diafanidad de lo común. Los dos poemas de “Diciembre” vienen a resumir una pasión de afecto o de cercanía y pone de manifiesto alguna pasión compartida: “Cuando hacía calor/nos quedábamos bajo el manzano,/las piernas estiradas en las sillas de plástico,/el aire quieto”. Ese detenimiento, ese sosiego, ese aspirar a la “vida retirada”, dan a los versos un rigor, una disciplina, una plenitud capaces de repetirse hasta las sociedad de una manera rítmica, sosegada, como si la poesía fuera capaz de flotar en el aire y a la vez permanecer al lado de los ríos, los frutales, los desvanes iluminando, incluso, todas las apetencias.

El libro se hace ancho, detenido, no apresurado. “De niña tenía un árbol”, he aquí la vida natural, sin ataduras, la propiedad de los misericordiosos. Leamos “Cosas prestigiosas” para planear por encima de las nubes viviendo la realidad más inesperada. O el misterio de “Marzo”: “Estoy tan triste/podría contarte tantas historias…”. El jurado del premio dice que estos versos representan “con compleja sencillez y precisas dosis de ironía y de sorpresa, con gran poder evocativo y plasticidad visual, la despedida de la adolescencia”. Pues en “Salitre” la autora escribe: “Hay que pensar en el futuro/aprender chino/viajar/cerrar acuerdos/decir mentiras/olvidar qué importantes parecían las cosas importantes/evolucionar/mantenerse firme/no llorar nunca hacia fuera”. No son músicas celestiales sino melodías perfectas para penetrar en el mundo de los adultos y perderse por los laberintos de la sociedad, tal vez del amor. “No me preguntéis a quien amo porque sólo os podré decir un nombre”, aclara Alba Flores Robla. ¡Ay, el amor!.“Mirando su cuerpo desnudo/recuerdo el origen del mundo”, escribe Félix Grande dando una dimensión al espacio incontenible del amor, de la pasión, de esa cercanía que precisan los amantes para no dejar de serlo. Y es que el amor como gran incertidumbre forma parte del mundo visceral del ser humano y, a veces, en cada verso, en cada reflexión surge la pasión o la angustia por no tenerlo o por estar a punto de perder eso que, nos creemos, es tan importante. Claro que también existe el trabajo, el paseo solitario, la vida. Poema emblemático de este libro es, sería, “Adiós, joven”, que reproducimos completo: “Te irás./Eso seguro./la gente cuchicheará tu nombre./Dirán es joven, la crisis,/qué remedio,/conocerá a alguien,/ya no volverá./Tu padre construirá él solo la casa del pueblo,/los vecinos querrán saber:/el verano pasado no viniste,/y, en navidad, quizás, tal vez”. Pero nada se desmorona, todo va creciendo, haciéndose intenso, transformándose. Y la poesía seguirá hablando de ello, con esa voz propia, muy similar a la mujeres cercanas que también hacen suyos todos los dolores, todas las pasiones, me acuerdo de María Luisa Mora Alameda, de María Antonia Ricas, de Verónica Aranda, de Clara Janés, de Luzmaría Jiménez Faro. Y así seguiremos regresando a la niñez sin perder de vista el horizonte.

Majadahonda, 7 de marzo de 2018.

 

ÁLVARO PETIT ZARZALEJOS: “PESADAMENTE AVANZAN LAS PALABRAS”
Que aún me duelas .  Accésit del Premio Adonais 2017

 

El amor es más que palabras. Los poetas, incluso, lo magnifican, lo engrandecen, lo hacen suyo. Y más todavía cuando ese amor se convierte en pasado. También existe algo más que el amor y esa suele ser la eterna divagación de los seres humanos, de los poetas en ejercicio. Álvaro Petit Zarzalejos (Bilbao 1991) vive en Madrid y es un interesante poeta que ha buceado en varias empresas literarias. “Que aún me duelas” ha sido seleccionado como merecedor a un accésit del Premio Adonáis de Poesía 2017 y en el amor se hace ausencia y dolor, recuerdo y esperanza. Si sus versos se acercan a los de Pedro Salinas, Luis Cernuda o García Lorca, también forman parte de un todo único capaz de suscitar la emoción que ese sentimiento se adueña del ser humano. Ya en su “Oración inicial” dedicada a Antonio Machado habla de ese dolor: “A ti vuelvo, a tus versos,/anhelando, herido y desdichado”. Lo que sucede es que pocas veces el poeta es capaz de sincerarse, de dialogar con esa amada oculta, lejana, misteriosa o difícil. Cuando lo hace, podemos leer: “Será esperanza que tú aún me duelas,/después de tanto tiempo. Será que/aún permaneces-pura inmanencia-/clamando sordamente en lo absoluto”. Estamos en la primera parte del libro, “Pura tradición de ruinas”, donde cierta angustia existencial y, también, ese mensaje de soledad que azota al amante apartado del objeto de su amor produce una reflexión sorda, vital: “Querer/escribir un buen poema/sobre ti,/sin saber,/sin poder…”. ¿Y qué decir cuando leemos: “Pesadamente avanzan las palabras,/innominadas sus dicciones,/aún en su sentido desmayadas”?. Es la poesía. “La “No comprada gracia de la vida” es la segunda parte donde, y también el amor, otros recuerdos se convierten en motivo existencial para permanecer en el espacio lúdico de cierta soledad amenazada: “Yo quería ser todo un hombre culto,/de amplias referencias, con nombres propios/que mencionar en las conversaciones/de bar: un gentleman del espíritu”. Es como ensayar una carrera hacia los grandes diálogos, los que son capaces de hacer inteligibles los deseos y las ambiciones del ser humano, a la ordenada vitalidad que únicamente parece no existir cuando se nos escapa. Así es como Álvaro Petit escribe en el poema dedicado a María Rodríguez Lefler: “Hay cierto valor en una sonrisa,/cierto imperio. Es como batirse en duelo/con la existencia, como un jergón blando,/igual que una barbacana enlabiada,/o una osadía, signo de almas libres”. Lo cierto es que en ese permanente estado de contemplación que es la poesía el mundo se hace amplio, inmenso, y el poeta por todos los medios líricos de transformarlo, de acomodarlo a sus propias sensaciones, re reinventale. “Desde ahora, ceso en el recuerdo./Sabedlo. Recordadlo. Y, tan pronto/me veáis en alguna terraza/pensando, asaltadme sin remilgos/y recordadme esos pocos versos./Ceso ya en el recuerdo. Sabedlo”. Es el valor simbólico del verso.

Majadahonda, 4 de abril de 2018.

 

PABLO FIDALGO LAREO  O AMAR A LA INFANCIA INFINITA
Crónica de las aves de paso. Accésit Premio Adonais 2017

 

Desde el Atlántico ibérico al Estrecho de Mesina, desde Lisboa a Palermo, pasando por el amor, el sufrimiento, la amistad, la vida en los trenes o la agridulce sensación del poeta viajero el viguense, Pablo Fidalgo Lareo, derrama certidumbres en un libro repleto de intuiciones, paisajes, miradas y crítica a una Europa en decadencia.  Su libro es “Crónica de las aves de paso” y Ediciones Rialp lo incluye en la colección de poesía por excelencia tras concedérsele un accésit en  2017. “Lo único que amo del Atlántico son los pájaros/que se pueden ir en cualquier momento a Sicilia, al Mediterráneo,/y allí comenzar el viaje interior”, comienza susurrando el escritor y activista cultural nacido en 1984. ¡Qué inmenso recorrido por ese Mare Nostrum que ahora, vergonzosamente, niega la llegada a los desheredados de otros continentes, de otras patrias!. Así que, desde la silla de bronce aledaña a la del Pessoa que (casi) mira a su río Tejo, el poeta escribe sus versos de pájaros y deseos: Nos lleva a la Italia del romanticismo y los rincones de brillantes amaneceres: “Mientras mi madre me decía que estaba/perdiéndome la mejor parte de mi vida/¿no se la estaría perdiendo ella?”. El  poeta viaja y repara en los que llegan, los que vienen en busca de un futuro que se les niega. En el centro estás las aves de paso, que acompañaran al viajero. Espléndido el poema titulado “Sciacca”: “Un país se ama de abajo a arriba,/de las afueras a las iglesias, y de arriba abajo./Esté donde esté, haga lo que haga,/estoy a oscuras contigo en una habitación/en mitad de la noche, escuchando música,/pasando mucho frío”. Es una manera de amar el mundo que se va conociendo, incluido los seres que aparecen en él. Configura una poesía humanista, capaz de amar un entorno y sellar ciertas dosis de amistad, cariño y afecto conforme el poeta recorre el mundo: “Palermo” y “Lucca”, la isla y el continente, se funden en la misma idea de magnitud universal. Así declara: “El amor es hacer formar parte a alguien/de un paisaje en el que nunca pensó”. En “Albada” recuerda “Los amantes nunca creyeron en nada,/hicieron de las palabras sus dioses”. Y, enseguida, llegan quienes no son bienvenidos: “Todos llegan aquí buscando cosas muertas/y tú has llegado buscando la vida./Algunos días los desconocidos/despiertan en el puerto pensando/que les debo dar una explicación”. Dos poemas dedicados a Salvatore Quasimodo y a Josif Brodsky habla de libertad, de infancia, de vivencias, de ese universo de la lírica capaz de transformar cualquier pensamiento; ahí está también el viento, el mar, la belleza y, otra vez, Sicilia con una no nombrada Capri y el espectáculo de laderas y miradas capaces de transformar cualquier cercanía o permitirnos contemplar a esas aves de paso que tal vez vengan de o vayan a Malta o repitan recorrido por un continente frío y distorsionado. La historia de Abubakar enternece, tal vez demasiado, porque habla de inocencia, de dolor. Los diarios de Vittoria y de Capo Vaticano son parte de la biografía del poeta. ¿Y qué decir de “Mediterráneos?”: Todos aquí desean escapar./Yo, sin  embargo, prefiero quedarme/y con estos gestos hacer el mar más habitable”.”Fin” remata un espléndido poemario: “Ahora terminamos frente al mar/como si fuera un milagro”. Es, justamente, el milagro de la poesía.

Majadahonda, 8 de Mayo de 2018.

Manuel Quiroga Clérigo | quirogaclerigom@gmail.com