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Todo permanece, nada cambia | Sobre la fundación de ACE

por Redacción ACE

Recuperamos el presente artículo, en el que el autor, uno de los fundadores de ACE, nos recuerda  el sentido de la Asociación Colegial de Escritores, las razones de su fundación en 1976, y su vigencia hoy.

© RAMÓN HERNÁNDEZ

Aunque no recogida en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, la necesidad de asociarse y la libertad del hombre para ello nos remite a la antigüedad de los emporoi griegos y los collegia romanos, las guildas germánicas y los gremios españoles, estos últimos de compleja estructura y origen religioso, semejantes a las cofradías y con escasa o nula significación económica. No obstante, todos ellos tienen de común el ser el entramado natural de la ciudadanía productiva; por ende, de la democracia, uno de cuyos pilares es el sindicato. Entidad ésta en un principio destinada a servir los intereses del mundo obrero –denominación indeseable en nuestra opinión, y hoy, afortunadamente, llamada a ser un elemento fundamental para que la sociedad, en su conjunto, no sea un reflejo de aquellas que propiciaron las asociaciones de beneficios mutuos, cuyos miembros eran los esclavos y libertos de la Antigua Roma. Esclavitud y libertad que, aún enmascarados con el carnaval de las palabras sustitutivas, todavía perduran en todas las sociedades de hombres y mujeres y en cualquier profesión.

Así las cosas, el escritor, híbrido por antonomasia entre el forzado de la pluma y el espíritu del idealista poeta, ha venido ganándose el pan y, a veces, la inmortalidad, atado al duro banco de su creación literaria, recibiendo el parco y coyuntural salario del editor –cuando lo hay-, pluriempleándose en los más antagónicos quehaceres y viéndose burlado por los que, endémicamente, le han privado casi siempre de sus “derechos” de autor. Se ha dicho, por ello, que “escribir es llorar”, al margen de la vanitas vanitatis casi siempre insatisfecha y, lo que es peor, la secular persecución de los poderes públicos, y las oligarquías que han visto en el escritor a uno de los enemigos a batir. Razones todas ellas por las que, En España, un grupo de escritores encabezados por Angel María de Lera fundaron en 1976, legalizándose en 1977, la Asociación Colegial de Escritores, después de haber dado a luz la Mutualidad de Escritores –hoy integradas en la Seguridad Social-. Unos pocos colegas, arrastrados por la indomable fe y voluntad de Lera, dieron vida a la ACE con el único bagaje de su inquebrantable deseo de ser; iniciando su singladura por un proceloso mar lleno de arrecifes, de hostilidad, insolidaridad e indiferencia. Unos, viendo en aquel proyecto, no la institución lógica en todo colectivo de trabajadores, se atrincheraron en el sofisma y la barricada burocrática. Otros, paradójicamente, eran escritores que creían poblar los tronos del Olimpo, despreciando a los “colegiados” e imputándoles medianía, escaso valor y condición de rebaño, afirmando, además, que el genio carece de iguales y le es ajena la condición reivindicativa cuando, solo en las alturas, el genio sobrevuela el mar de la general medianía proclive a la unión. Todos se equivocaban y la realidad –el tiempo sobre todo- vino a confirmar que ese cuerpo social integrado en nuestra Asociación, no era ni enemigo ni gregario y que en él, cabían también los genios. Apoyos e indiferencias que han dado lugar a una Asociación Colegial consolidada y, al mismo tiempo, en nada auto satisfecha respecto a sus logros, sean éstos de carácter material o moral. Respecto a los primeros, no puede haber reposo en tratar de elevar al máximo la condición del escritor como ciudadano y como uno de los aportes básicos a la sociedad, pues su labor, sea ésta científica o literaria, trasciende siempre los estrechos cánones de la oferta y la demanda, convirtiéndose en parte del patrimonio cultural del país, generador a su vez de una riqueza multipolar y permanente, compendiada en la leyenda de su diagrama: Scripta manent, lo escrito permanece. Y en cuanto a logros morales la ACE, fiel a su línea fundacional, ha mantenido una encomiable vocación de difusora de la Cultura, llevando a muchos ámbitos de la nación el mensaje de sus miembros, su testimonio escrito o hablado, el ejemplo de muchos de ellos que, con su vida y su obra, confirmaron y confirman a diario que aquellos principios alumbrados en la Antigüedad por la Hélade, tales como la ética y la estética, íntimamente ensamblados, continúan siendo pilares indispensables en el edificio del Humanismo y de la Ciencia que el ser humano estará siempre obligado a construir.

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