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Ayer fue sombra

por Redacción ACE

Ayer fue sombra huye de esa imagen de la niñez como paraíso, como patria feliz de la inocencia, la verdad y la belleza. Nos muestra, por el contrario, la dura infancia de los niños que habitaron la posguerra española, niños hambrientos y escuálidos, a los que les robaron la “dulzura de los años irreparables” que decía Jorge Guillén, y el derecho a la ociosidad, a ser perezosos, divertidos,  absurdamente felices y despreocupados. La dictadura destrozó para siempre la infancia de los hijos de los vencidos, e incluso la de sus propios hijos… Crecieron en un mundo de miedos y verdades a medias, de infamias y mentiras. Aquellos niños y niñas que vivieron el franquismo sufrieron la pésima educación nacionalcatólica, basada en la falta total de rigor científico o histórico, de espíritu crítico y de libertad. Formar ciudadanos afines al régimen y extirpar la semilla de la educación laica e igualitaria que habían sembrado las escuelas durante la República, fue el principal objetivo del régimen franquista. Aquella infancia se formó con el “arriba España”, “las montañas nevadas”, “el enemigo infiel”, “la pertinaz sequía”, “el ademán impasible”; siempre con el brazo en alto y dispuesta a “llevar flores a María” o a cantar el “cara al sol”. Con una enorme valentía y una perfecta factura poética Miguel Ángel Yusta se enfrenta al fantasma de ese recuerdo que forma parte de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos, porque olvidar es borrar las huellas y quedarse más huérfano aún, perdido en un limbo que ignora el pasado y no sabe hacia dónde caminar. Desde los versos del poeta, los niños de la posguerra nos miran deseosos de ser escuchados, de ser tenidos en cuenta, de que nadie pase página sin haberla leído antes”. (Marisa Peña, fragmento del prólogo)