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Velintonia desprotegida: visita a la «Casa de la Poesía»

por ACESCRITORES
© ALEJANDRO SANZ (*)

«Pero esta casa aún existe.»
Vicente Aleixandre

Desde hacía treinta y nueve años ningún ministro de Cultura había visitado la casa del poeta y premio Nobel Vicente Aleixandre, en la antigua calle de Velintonia, 3. El último en hacerlo fue Javier Solana, el 3 de diciembre de 1982. Fue su primer acto institucional nada más jurar su cargo. El poeta, sorprendido y emocionado, consideró ese gesto gubernamental «valiente y generoso». El ministro de entonces quiso simbolizar en Vicente Aleixandre «todo lo que representa la cultura española» y añadió que iban a «hacer el esfuerzo de poner esta como un bien al alcance de todos». Ha pasado mucho tiempo desde entonces y Velintonia, que es símbolo histórico e indiscutible de lo mejor de nuestra cultura, sigue sin ser «un bien al alcance de todos», sigue sin ser lo que siempre fue: la Casa de la Poesía.

El ministro de Cultura y Deporte muestra la obra completa de Vicente Aleixandre

El pasado 5 de febrero, José Manuel Rodríguez Uribes atendió generosamente la invitación que el 20 de enero le hizo nuestra Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre y visitó Velintonia, acompañado de distintos altos cargos públicos, los diputados en la Asamblea de Madrid, Diego Cruz Torrijos (el más activo y antiguo defensor político de la causa velintoniana) y Juan Miguel Hernández León; la directora general del Libro y Fomento de la Lectura, María José Gálvez Salvador; y el secretario general de Cultura, Javier García Fernández. Con esta histórica visita, Rodríguez Uribes quiso reiterar, públicamente e in situ, el interés del Ministerio de Cultura y Deporte en la necesaria salvaguardia de la casa del Nobel y reafirmarse en su compromiso de trabajar para alcanzar el fin que reclama persistentemente la AAVA desde hace veintiséis años con el apoyo de decenas de importantes poetas, escritores, artistas, músicos, intelectuales, asociaciones culturales, fundaciones, etc.

 

Resulta sorprendente que en todo este largo tiempo ninguna administración pública haya trabajado con verdadera voluntad y responsabilidad en proteger un bien patrimonial que forma parte del legado de uno de nuestros más grandes poetas y que simboliza, a su vez, una época única en la historia de la literatura española. Y resulta más sorprendente porque la aplicación de la vigente ley de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid (3/2013) garantizaría, sin ninguna duda, su más que obligada protección como BIC en orden a su valor como «sitio histórico», algo que desde hace décadas vienen negando, incomprensiblemente, los distintos gobiernos de la Comunidad de Madrid, responsables de esta competencia. Sería el primer paso para evitar su destrucción y poder convertirla, en el futuro, en la anhelada Casa de la Poesía. Solo hay que atenerse a lo que reza el Art. 3 (e) de la citada ley: «lugar vinculado a acontecimientos del pasado que tengan una especial relevancia histórica». Velintonia, sin profundizar en algunos importantes hechos históricos concretos que allí sucedieron y que son de sobra conocidos por nuestra intelectualidad, no solo fue la casa de un premio Nobel, sino la de casi toda la poesía en lengua española del siglo xx, desde la mítica e incomparable generación del 27 hasta la de los novísimos. ¿Cabe mayor «relevancia histórica»? ¿Y cabe mayor ignorancia?

«Las casas en las que los escritores han vivido y trabajado son puntos esenciales en la vida cultural de un país.»

Es lamentable que los responsables de velar por la protección de nuestro patrimonio histórico y cultural en el Gobierno de la Comunidad de Madrid tengan un concepto tan pobre y limitado de lo que representa la casa de Vicente Aleixandre. No podemos olvidar, en este sentido, lo que sobre Velintonia declaró en 2017 en el programa Hoy empieza todo, de RNE, la anterior directora general de Patrimonio Cultural de la Comunidad de Madrid, Paloma Sobrini. Unas declaraciones que en cualquier otro país de Europa habrían sido motivo fulminante de destitución, por absurdas, estrafalarias e irresponsables: «Lo que nosotros entendemos que tiene valor, indudablemente tiene valor […], el legado es lo que tiene valor […], porque eso es lo que tiene valor, no la casa, no los ladrillos, no esas paredes […]». Es sorprendente e intolerable que una directora general de Patrimonio Cultural no sepa, con profundidad, lo que es un legado, qué forma parte de él, en lo material y en lo inmaterial. Antonio Javier González Rueda (doctor en Artes y Humanidades por la Universidad de Cádiz) lo describe muy certeramente en su reciente libro Patrimonio literario y gestión cultural (2020): «el legado literario de un autor o autora está constituido por todos aquellos elementos materiales e inmateriales que dicho autor deja, de forma voluntaria o involuntaria, a las generaciones futuras y puede incluir su archivo literario, su biblioteca privada, la bibliografía generada, su propiedad intelectual, los espacios físicos y objetos relacionados con su memoria, su contexto social y literario, sus últimas voluntades, su ética personal e imagen proyectada y la generación de una escuela literaria». Es decir, Velintonia forma parte indisoluble del legado de Vicente Aleixandre, ya que fue su más importante «espacio» de vida y creación desde mayo de 1927 en que llega al chalé, hasta diciembre de 1984 en que fallece, exceptuando el periodo de la guerra civil en que se ve forzado a trasladarse, con su familia, a casa de sus tíos en la calle del Españoleto, 16. Velintonia no es, por lo tanto, un conjunto muerto de paredes y ladrillos, como afirmó la que ahora es, incomprensiblemente, directora general de Arquitectura y Conservación del Patrimonio del Ayuntamiento de nuestra capital. Tanto monta, monta tanto.

Y resulta penoso también que los responsables más directos de la protección de Velintonia en la Consejería de Cultura y Turismo (hasta hace poco Marta Rivera de la Cruz) y en la Dirección General de Patrimonio Cultural (Elena Hernando Gonzalo) obvien, incluso, la legislación, normativa y recomendaciones de ámbito internacional referidas a la protección de dicho patrimonio y, lo que es muy importante, el «espíritu de las palabras» que subyace en estas. A modo breve de ejemplo:

«Convención para la protección de los bienes culturales en caso de conflicto armado y reglamento para la aplicación de la convención» (La Haya, 14 de mayo de 1954). En donde se afirma que «los daños ocasionados a los bienes culturales pertenecientes a cualquier pueblo constituyen un menoscabo al patrimonio cultural de toda la humanidad, puesto que cada pueblo aporta su contribución a la cultura mundial».

El ministro Uribe, en un momento de la visita. Al fondo a la izquierda, Alejandro Sanz

«Carta de Burra, ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios)» (19 de agosto de 1979; revisiones del 23 de febrero de 1981 y del 23 de abril de 1988). En donde se determina «lugar» como «sitio, área, edificio u otra obra»; y donde se define también «valor cultural» como «valor estético, histórico, científico o social para las generaciones pasadas, presentes o futuras».

«Declaración de la UNESCO relativa a la destrucción intencional del patrimonio cultural» (17 de octubre de 2003). En donde «la comunidad internacional reconoce la importancia de la protección del patrimonio cultural y reafirma su voluntad de combatir cualquier forma de destrucción intencional de dicho patrimonio, para que este pueda ser transmitido a las generaciones venideras»; y en donde se insta a los Estados «a adoptar todas las medidas necesarias para prevenir, evitar, hacer cesar y reprimir los actos de destrucción intencional del patrimonio cultural, donde quiera que este se encuentre».

El 15 de diciembre de 2006, el poeta y premio Nobel irlandés Seamus Heaney (uno de los más firmes defensores de Velintonia) me escribía, en la primera de sus cartas, lo siguiente:

Las casas en las que los escritores han vivido y trabajado son puntos esenciales en la vida cultural de un país. Cuando W. B. Yeats, nuestro poeta irlandés más importante, reflexionó acerca del significado de sus propios logros y los de sus contemporáneos, pensó en una casa: la casa de Lady Gregory, en el oeste de Irlanda, un lugar en el que él y sus coetáneos se reunían a menudo y hallaban la inspiración los unos en los otros. Y los versos en los que Yeats instruye a las futuras generaciones para que rindan homenaje visitando esa casa son algunos de los más famosos de su obra:

Aquí, viajero, erudito, poeta, ocupa tu lugar…
Dedica, los ojos vueltos hacia la tierra…
Un breve recuerdo a esa laureada cabeza.

Es por lo tanto imperativo que la casa de Vicente Aleixandre sea preservada como símbolo del compromiso de España con su gran herencia cultural y como lugar en el que la posteridad pueda seguir dedicando «un breve recuerdo a esa laureada cabeza».

Por lo tanto, si en Velintonia nuestro poeta Vicente Aleixandre vivió y trabajó, recibió a casi toda la poesía española del siglo xx, sufrió su exilio interior durante la larga dictadura franquista, fue maestro alentador de jóvenes poetas, celebró la amistad y el amor, conoció el dolor, la soledad y la muerte… ¿por qué no puede ser imperativamente «preservada para que la posteridad pueda seguir dedicando «un breve recuerdo a esa laureada cabeza»», para que podamos seguir honrando su memoria y la de quienes con él compartieron íntimamente vida y poesía con la más hermosa y brillante plenitud?

(*) Alejandro Sanz es Presidente de la ASOCIACIÓN DE AMIGOS DE VICENTE ALEIXANDRE 

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