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Sobre «Los corazones recios», de Antonio Daganzo

por Redacción ACE

© MANUEL QUIROGA CLÉRIGO

“Cae tu amor por mi cuello, / resbala lentamente y pasa / con su reconcentrado olor a margaritas”, escribe Ángela Reyes. El amor, los afectos, la pasión es algo que los poetas llevan a sus versos continuamente. Antonio Daganzo (Madrid 1976) resucita esa tendencia en Los corazones recios: “Que salte el corazón / como recién nacida agua / por tu cuerpo, / como veloz bravura / resbalando”. Penetra en los espacios de la razón, los escenarios de lo cotidiano donde el hombre goza de la experiencia de vivir fervorosamente. En 32 poemas repletos de ritmo nos pasea por lo humano,  las ensoñaciones: “De recios corazones la vida se enardece. // Y por amor tan sólo / -y por amor tan alto- / vibra este aliento aún”. La existencia se transforma en leyenda  permitiéndonos ser eternos.

El poeta afianza su experiencia: “Más allá del misterio / nada somos”. Habla de habitar el mundo recordando su apartamiento de la Galicia familiar (“soy gallego, vuelvo siempre, vivo”),  recorriendo Madrid enternecido (“castillo al fin de sangre / que no admite fantasmas”), ensalzando a Chaikovski (“Todavía tus lágrimas me sufren, / y bogo por sus charcos / de memoria, de pecho vulnerado, de desvelo”), poniendo en lugar destacado a “El director de orquesta” (“La de acabar el aire: / ésa es tu gloria”), dedicando al compositor burgalés Antonio José los tres poemas de “Suite ingenua (Romance/Balada/Danza)”: “Verdad del alma sola”, “Turbada la inocencia, / pero sabia sin vísperas”, “Mas no eres del dolor, / pues nunca puede serlo quien lo atraviesa en paz, / quien lo fecunda”. Recordando esa carta “De Francis para Isaac”: “Ahora susurro entre fugaces alas, / amigo Isaac, / Albéniz de mis dones, / la música imposible de mi vida, / la que tú fecundaste en los pianos / y nacerá del aire”.

“Lo asombroso es que la verdad existe”, anotaba François Mauriac. En ella basa Daganzo su inspiración: “Asomarse al futuro como juego prohibido / y no lograr reconocerse” (“La petite Châtelaine (Sobre el busto de Camille Claudel)”). Según Tomás Segovia, “La verdad pura sólo puede darse en poesía”. Confluyen el amor, el arte, la poesía como convivencia y el razonamiento ante lo cotidiano. Deliciosos los versos de “El beso de Brancusi” (“la sola boca es alma / de un beso sin otoño”), de “Función de títeres” (“Emblema del honor es el teatro, / cual brindis a las almas”) o “Danza del tiempo (Sobre el cuadro de Nicolas Poussin)”: ”Tañe la lira el padre Tiempo”.

En el cine también existen corazones recios como en la pintura, la música.  “Antoine Doinel (Recordando a Truffaut)” sugiere una “biografía a golpes como brújulas”, y la poesía hecha paisaje penetra en los versos dedicados a Castelao, “Castro de Baroña”: ”Los aguerridos celtas sucumben hacia el alba, / por propia voluntad”.

Renueva sentimientos en “Panorama del ardor”: “Los corazones recios han aprendido a amar”; motivo para los enamoramientos, según Javier Marías, conectando con los amantes antes que con el cosmos, como en “resistir / pese a las muertes cotidianas de los besos”. “Perdurando / en el peso de las horas prometidas, / los corazones recios han aprendido a arder / para tocar futuro”.

“In puris naturalibus” trae la precocidad del roce: “Que tu región exacta, / tu desnudo feliz y fabuloso, / continúe sus curvas / allí donde los valles se perdieron”. `Hay que leer “Música y tacto”, penetrando en esos corredores de las melodías (“¿Quién pensó en el silencio?”), pasando a  “Bailar la noche” (“Cuando calla la inercia y se ilumina / ya no duerme lo oscuro”), o esa “Pantomima”, y el sueño de “París, Saint-Chapelle”, dedicado a Pablo Méndez: “Amaneció en París, / y una capilla frágil / la luz santificó para los fuertes”. La calma aterriza en “Mañana en Valdivia”; y los aires chilenos, en “Palta Reina” (“Manjar que ya mordido / me pide que lo acabe de negrura / seguro de volver; segura reina, / melódico estribillo de cocina”). Visitamos los mundos entrevistos: “La casa tiene dios / es una selva”.

“Templo abierto” (“Como una madre a quien llamara padre”),  “Los normandos en Palermo”, donde se recrean a “aquellos agudos medievales”, y “Peñón de Ifach” (“Solo soy carne humana, / relámpago mortal…”) son bellos poemas magnificados por la memoria. La “Pequeña historia de la palabra y la música” alerta de la versatilidad del pentagrama “porque no sólo el llanto le abre cauce a la vida”. Surge una reveladora dedicatoria “Para Sofía García-Atance, que me supo letraherido y me comprometió para la causa”, concluyendo, en “El esplendor probado”, con el “Destino de la escritura”. Escribe en “La verdad de la nieve”, que “jamás la espera fue tan luminosa”. La aventura permite conocer mundos abiertos a seres confiados en sí mismos. Vuelve la libertad vegetal. (“Con la energía fácil del geranio / y el perfume indeleble de los besos”). Y versos para Francisco Caro cierran el libro: “La sangre sabia” (“Fue necesario amar, / ampararse en el aire”) retratando la amistad, creando espacios abiertos a esas realidades. “Ateridas las horas del reloj, / colocaban las cosas en su sitio”, escribe Ángela Reyes.

Antonio Daganzo escribió Carrión, novela galardonada con el Premio “Miguel Delibes”  2018, y libros de versos como Que en limpidez se encuentre, Mientras viva el doliente, Llamarse por encima de la noche, y el ensayo musical Clásicos a contratiempo. Su poemario Juventud todavía obtuvo gran acogida, siendo Premio de la Crítica de Madrid (2015).


ANTONIO DAGANZO
LOS CORAZONES RECIOS
64 páginas.

Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, nº 752.
Madrid, 2019.

 

 

 

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