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Los que abrazan el mundo | Sobre «Las reliquias del sueño», de Manuel Ruiz Amezcua

por Redacción ACE

© MANUEL QUIROGA CLÉRIGO

Reseñamos que Manuel Ruiz Amezcua (Jódar, Jaén 1952) es Licenciado en Filología Hispánica y Filología Románica por la Universidad de Granada. Durante 35 años ha sido Profesor de Lengua Castellana y Literatura. Fue asesor cultural para la Embajada de España en Brasil y desde 1974, en que publicó su primer poemario, Humana raíz, editó interesantes libros, que siguen recibiendo el reconocimiento de renombrados críticos. En 2014 Galaxia Gutenberg dio a la imprenta su antología poética  Del lado de la vida (1974-2014) prologada por Antonio Muñoz Molina. Han aparecido otras antologías, referencias y estudios sobre su obra que, en su mayor parte, se encuentra depositada en la Biblioteca Nacional de España.

Manuel Ruiz Amezcua. Las reeliquias del sueño. Huerga y Fierro editores. Madrid, 2019

Ahora nos deleita con otro, Las reliquias de un sueño, donde sus inspirados versos nos permiten re-conocer a un poeta profundo y a un ser humano y vitalista. Si Fanny Rubio se ha referido a “Una poesía la de Ruiz Amezcua que está al nivel de la alta calidad de la mejor poesía moderna”, en este libro los aconteceres oníricos y la clara intuición de que la vida viene a ser parte de nuestros sueños nos confirma, casi definitivamente, que el quehacer de este creador de alto calado. Abren estas páginas unos versos dedicados “A Maribel”: “Desde aquí miro el mundo/y lo palpo y lo sueño./Y veo nuestra vida/en su círculo eterno”. Estamos, precisamente, en “El sueño de la vida” con alguna insinuación quevediana al valor de la realidad al comprobar que la existencia puede verse inundada por la irrealidad de lo inventado mientras dormimos. Así nos lleva a ese hermoso poema dedicado a su madre, “En el sueño del mundo y de la noche,/siempre apareces tú”. Y sigue “El sueño de la vida”, “La claridad del miedo”: “Nosotros hemos estado/donde no estuvo nadie”, o sea en el espacio intangible de la vida sólo vivida mientras el sueño nos abraza.

“El sueño de la conciencia” es la segunda parte, vigorosa y repleta de certidumbres. “Fin de partida” con el subtítulo arriba mencionado el poeta recuerda que “Está todo tan lejos/que nadie nos visitará/ni en las islas, ni en su quimera”. Vamos penetrando en su reducido y hasta íntimo espacio, allá donde sus sueños son privativos y, como tales, los analiza, los colecciona, los disecciona: “Para que podamos seguir viviendo,/contadme nuestros sueños”, reclama a fin de hermanarnos en la misma latitud, en las mismas y, a veces, complacientes oscuridades.

En “El sueño de la razón”, (será el que produce monstruos) parece acompañarnos Francisco de Goya con sus oscuras grafías o ciertas músicas capaces de incluirnos en sus temores, como en algunas óperas del criticado Wagner. La cita de Goya abre el capítulo y nos sitúa al pintor  en Burdeos en 1828 con esa predicción de Amezcua: “El tiempo arrasa, la existencia/se acaba, y uno es incapaz/de retener la vida”. En el siguiente poema sigue reinando Goya con “Los fusilamientos”, ese descarnado monumento a la crueldad humana (¿En qué invierno andarán Napoleón Bonaparte y otros criminales de la Historia?) donde todo se convierte en un minuto decididamente monstruoso –mirad esa camisa blanca esperando la muerte que cita el poeta- y también ese verso estremecedor: “Escucha el silencio de los cobardes/entre los gritos de los moribundos”. Luego se nos pasea por el terror del “Bombardeo de Jaén, 1 de abril de 1937”: “Veo pájaros de fuego/donde respira la muerte”, por  Auschwitz (“Esto no debería haber pasado./Sin embargo, pasó./Sigue pasando todavía”. Del tema nos habló Félix Grande en La cabellera de la Shoá aunque ya lo anticipó en unos versos de Blanco Spirituals, “Hoy el periódico traía sangre igual que de costumbre”. Es el enfrentarnos a la realidad después de haberla soñado. Al final de esta parte hay un poema sensacional, único, titulado “La tierra prometida”· pues comienza con un verso terminante, “Mi lengua no es la lengua de esta gente”, de quienes oprimen a los demás, diríamos, de quienes niegan el pan a los necesitan, de quienes arrojan de su hogar a los diferentes y, sigue Amezcua, “Porque no existe Dios, ni se le espera,/y el mundo está vacío/y a nadie la importa si hacemos el mal”. El mal, las reliquias de un sueño, la realidad de los malvados.

La última y cuarta parte, “El sueño de la memoria” acoge una cita espléndida de Adam Zagayevski (“Lleva un vestido andrajoso/y anda pidiendo limosna”) que tal vez recuerda la pobreza de espíritu de determinadas personas, de los políticos ampulosos de grandes discursos y actos deshonestos, de aquellos que abandonan a los demás en los trances de peligro, de los religiosos que se comportan de manera indigna, de los autoritarios, los que utilizan la justicia sólo en su beneficio como se recuerda al hablar de los dictadores y opresores, es el sueño en que la memoria colecciona los instantes del oprobrio, los de jueces prevaricadores, varones que maltratan, munícipes que distorsionan la realidad. En “Ítaca”, que nos recuerda los ilustrados versos de Francisca Aguirre, leemos: “Los cantos de las sirenas/son el canto del misterio/del universo, que hace imposible/la huida de tu pasado”, resumen de infancias difíciles o de futuros expresamente diferentes a como los habíamos concebido. Elvira Daudet en su poema “Todo es aire” escribía “El tiempo en que vivimos no es fácil de entender ni se parece/al futuro soñado…”. Ahí están los peligros del sueño, esa deformación de la realidad como en los espejos de la feria, donde todo parece lo que no es y, desde luego, el futuro se nos muestra con olores y colores diferentes.

Un poema dedicado a Juan de Loxa habla de Granada como “ciudad cainita/que mata a sus poetas,/emboveda sus ríos,/destruye su belleza,/olvida a los mejores/y eleva a los mediocres”.

“La soledad de las víctimas” es un recuento de crueldades y en “Se vende” es la casa de Velintonia, ahora pendiente del negocio inmobiliario, la protagonista. Al final el poeta víctima de la impotencia, de la laxitud de los sueños, dice: “Habrá que cambiar algo,/y que esto siga igual”. Son Las reliquias de un sueño, el suyo, versos para seguir viviendo..

Majadahonda, 27/28 de Octubre de 2019 y un apacible otoño en el jardín.

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